Laboratorio de Literatura Hispanoamericana

La función social de la literatura: una perspectiva de la violencia en México en Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Las literaturas mexicana y latinoamericana de este siglo nos han confirmado que sí existen y que aún hay literatura de gran calidad después del afamado Boom.

La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos

Jonh Berger

Hace un par de semanas, las movilizaciones feministas en el país se hicieron presentes. Diversos medios se encargaron de desvirtuar el motivo primigenio de éstas y se enfocaron principalmente en los daños colaterales. Se originó toda una disputa por el cómo deben o no manifestarse las mujeres. En dicha discusión incluso se minimizó el que las mujeres que habitan el país vivan en un estado de alerta constante y prácticamente vivan a la defensiva. Se llegó al límite de moralizar y descalificar la manera en la que se debía denunciar la violencia y la manera en la que se exigía justicia. Si bien, a raíz del #MeToo en 2017 en Estados Unidos, las mujeres en diferentes latitudes mundiales han luchado de una u otra manera para visibilizar la naturalización de la violencia, los comportamientos machistas y la configuración patriarcal en la que la que se desarrollan, también se han enfrentado entre ellas mismas para reconocerse unas a otras, lo cual ha costado trabajo pero que poco a poco empieza a llevarse a cabo. Pues de esa manera, se busca derrocar todas las imposiciones que les han sido dadas por el mundo que las rodea.

Mientras esto acontecía en el ámbito social, el campo cultural y propiamente el literario, no se quedaban atrás. En el caso latinoamericano destacó que en mayo pasado, Alejandra Costamagna —una de las escritoras más reconocidas en el actual campo literario sudamericano, incluso hispanoamericano— cuestionó el motivo por cual el canon literario —piénsese en los planes de estudio, el mundo académico, la crítica literaria, el mercado editorial— suele omitir a autoras relevantes y ejemplificó que, el Boom dejó fuera a escritoras tales como Elena Garro,  Clarice Lispector, Rosario Castellanos y María Luisa Bombal, así como a Cristina Peri Rossi.[1] Días después, personalidades del actual campo literario hispanoamericano redactaron y firmaron una carta en la que expresaban su inconformidad hacia los organizadores de la bienal Vargas Llosa de este año,[2] asimismo, cuestionaban por qué la presencia femenina en tal evento fue prácticamente nula.

Ambas situaciones generaron un amplio debate en el público en general. En medio de opiniones encontradas, resaltaron las de los detractores, quienes recalcaban que si no se leía a mujeres era por: a) su falta de creatividad literaria; b) el que sus pares masculinos eran mucho mejores y por algo ellos pertenecían al canon; c) si no eran parte del canon era porque su propuesta literaria no era ni sólida ni relevante; d) si es que escribían eran cursis y ellas únicamente escribían para las propias mujeres y e) porque las mujeres en su afán de participar e intervenir en el campo literario, intentaban imponerse al deslegitimar al otro para que fueran tomadas en cuenta.

Ante esto, cabe señalar que como lectores debemos dejar de automatizar prácticas: como la obsoleta creencia de que un hombre escribe mucho mejor que una mujer, por el simple hecho de ser hombre; o que, si una escritora tiene una propuesta interesante, y en su afán de halagarla se diga que escribe como hombre, situación por la que pasó por mucho tiempo la obra de Marta Brunet (vid. Costamagna). Asimismo, como lectores debemos cuestionar al canon literario todo el tiempo, ya que como lo dijeron en sus respectivos momentos Yuri Tyniánov y Pierre Bourdieu: el campo literario aunque parezca autónomo no lo es, por ello es que depende del campo económico, político y social. De modo que, al cuestionar al canon también ponemos en conflicto las tensiones políticas y sociales que imponen quién sí o quién no debe pertenecer a él. Incluso en el mundo de la literatura predomina la política y evidentemente interviene el mercado. En este sentido, por qué Octavio Paz sí pudo promover el silencio a Garro, o por qué nadie dijo nada cuando el canon se olvida de Rosario Castellanos o por qué cuando se habla de poesía latinoamericana los primeros nombres que vienen a nuestra mente son varones y casi nadie habla de la poesía hecha por mujeres como Olga Orozco, sólo por mencionar algunos casos.

Después de estos eventos, me surgen más inquietudes hacia aquellos posicionamientos: ¿acaso las mujeres no escriben? ¿Por qué en los planes de estudio de Letras Hispánicas en las universidades, por ejemplo, suelen estudiarse mucho más las obras escritas por hombres? Y en el caso concreto de las letras mexicanas, ¿por qué el silencio a Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas o Elsa Cross?

Y llegado a este punto, vale la pena señalar que, así como el campo literario ha estado en los últimos años en una álgida batalla de relaciones de poder tanto literarias como editoriales; también ha experimentado un cambio en quienes lideran el movimiento literario latinoamericano actualmente: las mujeres, lo cual visibiliza los espacios que poco a poco han recuperado. En este sentido, también quiero señalar que una de las primicias de la literatura es alimentarse de ciertos eventos para problematizar desde la creación literaria y justamente la literatura latinoamericana del siglo xxi, desde sus diferentes producciones, está cuestionando directa o indirectamente —en mayor o menor grado de ficcionalización de los hechos del mundo fáctico— aspectos históricos pasados e inmediatos de la sociedad que las origina. En el caso mexicano, la producción literaria contemporánea ha abarcado temas que nos competen tanto en lo meramente individual como en lo colectivo. Por ello es que quiero puntualizar la relevancia que ha adquirido una de las escritoras contemporáneas de nuestro campo literario: Fernanda Melchor.

Su obra Temporada de huracanes nos permite destacar varios temas que convergen a la realidad mexicana: el auge y la naturalización de la violencia en nuestro día a día y la violencia de género que padecemos las mujeres que vivimos en este país. ¿Y cómo es que la literatura devela aquello que nos compete como sociedad? A través de su función social. Aunque para muchos, esta función es intrascendente, vale la pena recordar que la literatura más allá de artificios, técnicas y formas: también es contenido. Y éste será el que casi siempre problematice y apele al lector.

Desde hace un par de siglos se ha discutido sobre el papel de la literatura y su aplicación —incluso su uso— en la sociedad, así como su función social. Desde el siglo xix los escritores, y por ende a los intelectuales, fungían como analistas de la sociedad. En el caso del siglo pasado y tras los eventos fundamentales que configuraron la concepción social del mundo, los propios intelectuales se cuestionaron sobre el compromiso social que debía o no adquirir la literatura. Mientras Jean Paul Sartre o Walter Benjamín se cuestionaban el deber —o no— de la literatura en Europa y bajo qué fines se debía crear y sobre todo para qué; en este lado del mundo, nuestros intelectuales también debatían el mismo tema, pero bajo los acontecimientos propios de América Latina. En pleno siglo xxi se sigue estigmatizando a la literatura como un quehacer de ocio y se ha olvidado la misión social que ésta tiene. Esto ha minimizado el impacto y la reflexión que se generan en el lector, pues a través del medio literario es que se pude iniciar la concientización del entorno en el que se encuentra éste. No hay que olvidar que siempre se escribe con una intencionalidad y en el mensaje literario también hay un por qué, un para qué y un para quién.

La literatura creada en América Latina durante estos casi veinte años, no es gratuita, pues corresponde a una necesidad de abordar y problematizar una realidad que le es inherente. Ya sea desde el pasado o desde el presente inmediato; desde la individualidad o desde la colectividad; desde la necesidad de escribir, de callar, de gritar; desde la poesía hasta el microrrelato; desde la crónica o el ensayo: nuestra literatura nos está apelando. Nos cuestiona sobre lo que hemos naturalizado y lo que no tanto en nuestras sociedades como en nuestras prácticas cotidianas.

El escritor, como sujeto político, también propone consciente o inconscientemente un posicionamiento social en su texto, el cual tiende a ser más amplio desde el momento en el que la ficcionalización misma abre un panorama general respecto al ámbito social. Y justamente, partiendo de lo ficcional: “la literatura tiene una gran función respecto a la sociedad; no seguramente en proponer programas políticos o ideológicos, sino en hacer sentir, experimentar esta necesidad aventurera de crear cada vez un mundo nuevo” (Magris y Vargas Llosa, 18).[3] Por lo que, la función social no radica en que después de leer una obra, el lector en cuestión se transforme en una nueva persona, no. Por lo que tampoco debemos caer en el otro extremo y creer que leer literatura no sirve para nada. La funcionalidad social de la literatura radica en que el lector después de haber interactuado con alguna obra en particular, sea capaz de cuestionar y contrastar lo narrado con su realidad inmediata, y en el mejor de los casos, se informe y trate de aportar algo para cambiar esa realidad. De modo que si pensamos en la función social de la literatura también pensamos en un pacto de interdisciplinariedad en el que, será a partir de la literatura que el lector se acerque a otras ramas del conocimiento tales como la filosofía, la sociología, la historia, etcétera. Asimismo, la literatura al narrar determinados acontecimientos o abordar ciertas temáticas siempre lo hará con una intencionalidad y por la necesidad de transmitir un mensaje a su receptor. Si pensamos en la obra de Fernanda Melchor: el planteamiento de la violencia a la que parecen estar acostumbrados los personajes que narra, ya nos da pauta para que nosotros, sus lectores, seamos capaces de reconocer ciertas actitudes que nos rodean diariamente. De modo que, desde ahí comenzaremos a reflexionar acerca del tema y cómo es que nos identificamos o no con lo narrado. De ahí, que el epígrafe de Ibargüengoitia al inicio de la obra, el cual dice: “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”, ya nos da una pauta del cómo debemos leer Temporada de huracanes.

Temporada de huracanes: una violencia estructural ramificada

A lo largo de la obra se observa la desesperanza, la desesperación y una resignación porque ya no hay nada que hacer en La Matosa. A esto, también hay que sumarle una temática constante: la violencia que experimentan todos sus personajes. Por ejemplo, casi al final del texto, se narra la cotidianidad en la que viven los habitantes de La Matosa, misma que podría funcionar como metáfora de la realidad nacional del país:

Dicen que la plaza anda caliente, que ya no tardan en mandar a los marinos a poner orden en la comarca. Dicen que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados, embolsados que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades. Muertos por balaceras y choques de auto y venganzas entre clanes de rancheros; violaciones, suicidios, crímenes pasionales como dicen los periodistas. Como aquel chamaco de doce años que mató a la novia embarazada del padre, por celos, allá en San Pedro Potrillo. O el campesino que mató al hijo aprovechando que andaban de cacería y le dijo a la policía que lo confundió con un tejón, pero ya se sabía desde antes que el viejo quería quedarse con la mujer del hijo y que hasta se entendía a escondidas con ella (Melchor, 216-217. Cursivas mías).

 Los referentes extratextuales como la presencia de marinos en las calles; el uso del cuerpo como reflejo de la violencia efectuada por la delincuencia organizada; los constantes crímenes y la mediatización de éstos: nos señalan eventos puntualidades de la realidad mexicana. Así pues, la violencia cotidiana se efectúa de manera sistemática y estructural con diversas ramificaciones, mismas que se interiorizan en mayor o menor intensidad en los habitantes del mundo fáctico, así como en la interioridad de los personajes de Melchor. En el mismo tenor, la enumeración narrativa evidencia a esos otros actores a los que ataca la violencia: las mujeres y los niños. Víctimas secundarias del fuego cruzado.

Este tipo de violencia se visibiliza de manera más cruda, más real y atroz. Después de justificar que el calor es el que vuelve locos a los habitantes y que ese es el motivo de su actuar, se narra lo siguiente: “los cabrones esos de Matadepita, que violaron y mataron a cuatro meseras, y que el juez soltó porque nunca llegó el testigo que los había señalado a ellos como los asesinos, dicen que le dieron cran por andar de chiva, y esos cabrones andan libres, como si nada…” (Melchor, 217). Quizás, si leyéramos este párrafo o lo escucháramos en alguna conversación nos parecería totalmente verídico: porque en nuestro mundo fáctico estas cosas sí pasan. De modo que empezamos a naturalizar, incluso insensibilizarnos en torno a este tipo de comportamientos. Esta misma situación se refuerza cuando en las primeras páginas se lee algo parecido: “ellos siguieron contando cómo fue que se le metieron a la casa y cómo la golpearon para que estuviera quieta y pudieran cogérsela todos, porque bruja o no, la verdad es que la pinche vieja esa estaba bien buena, bien sabrosa, y se ve que en el fondo le había gustado, por cómo se retorcía y chillaba mientras se la cogían, si todas son unas putas en este pinche pueblo rascuache” (Melchor, 21).  En esta última cita destaca la cosificación que hay sobre las mujeres: ellas son los objetos dadores del placer masculino. Aquí no interesa si hay un convenio consensuado o no, lo que importa es que el cuerpo femenino sea poseído con brutalidad y con fuerza. El cuerpo femenino debe ser ultrajado y conquistado, para que posteriormente sea desechado.

En ambas descripciones se demuestra la violencia a las que se enfrentan las mujeres y con ello, la supremacía de un machismo sumamente arraigado en la concepción de mundo de los personajes de Temporada de huracanes. Estos fragmentos evocan en el lector mexicano, incluso latinoamericano, a noticias de su realidad. Por ello es que en la literatura esas líneas adquieren verosimilitud justamente porque parecen creíbles y no es algo que nos extrañe. Y eso es quizás lo más peligroso: que no nos provoque nada leer algo así. De modo que, el texto de Fernanda Melchor nos apela, nos cuestiona como lectores. ¿Hasta qué grado hemos vuelto natural algo que no debería serlo, algo que no debería pasar?

 Otro ejemplo de la novela y su constante reflexión en torno a la violencia se ejemplifica con Brandon y su obsesión de exterminar a Luismi; y al hacerlo también anhela exterminar a su madre. De modo que este tipo de violencia, aunque trate de invisibilizarse o parecer colateral respecto a la obsesión primaria de Brandon, también nos remite a los comportamientos y pensamientos machistas en los que la sociedad mexicana se desenvuelve, por ejemplo:

Todo lo que tenía que hacer [Brandon] era conseguir un arma, lo cual eran fácil; y matarlo [a Luismi], lo cual tampoco se complicaba; y deshacerse del cuerpo, aunque tal vez podría dejarlo botado en algún canal de riego, y finalmente largarse del pueblo, largarse a donde nadie nunca pudiera volver a encontrarlo, mucho menos la pendeja de su madre; tal vez incluso tendría que matarla a ella también antes de largarse; pegarle un tiro mientras dormía, o algo así, algo rápido y discreto para mandarla a su puto cielo, acabar de una vez por todas con su sufrimiento. Porque la verdad era que su madre no servía para nada: no trabajaba, no ganaba ni un quinto, se la pasaba en la iglesia o aplastada frente a la televisión viendo sus novelas y leyendo sus revistas de chismes de la farándula, y su única aportación al mundo era el dióxido de carbono que exhalaba con cada respiración. Una vida completamente ociosa e inservible. Matarla sería hacerle un favor; un acto compasivo (Melchor, 195. Cursivas mías).

La violencia que postula Brandon expone dos aspectos importantísimos: el exterminio del otro y su negación por no ser como el sujeto predominante. Incluso hay una necesidad de erradicar al que no sea útil o al que represente una carga o un estorbo. Asimismo, el que desee matar a su madre funcionaría como una metáfora de la muerte a las instituciones, particularmente al núcleo familiar. Mismo que ya se encontraba fragmentado, justo como ocurre en las relaciones familiares presentes en la novela: el lazo afectivo se encuentra pervertido por la violencia, la intolerancia y la indiferencia.

Mas no es la única forma de violencia que se aborda a lo largo de la novela, en el capítulo iii se aborda la actitud misógina de la abuela de Yesenia, la que inculca una educación distinta entre sus nietos. Pues a Yesenia, por ser mujer y ser la nieta más grande:

se quedaba en casa a cuidar a las primas más chicas y al pinche chamaco ese que nomás creció para volverse un infeliz cabrón desgraciado que le hacía la vida imposible a Yesenia […] tenía que apechugar a huevo con la responsabilidad de la casa y de las primas y del pinche chamaco cuando la abuela no estaba, y por lo tanto era quien se llevaba siempre la chinga más pesada y la cuerizas de la vieja cuando las cosas salían mal, cuando las cosas no se hacían como la abuela quería, y era también Yesenia la que tenía que responder por las maldades de su primo […] y total que era Yesenia la que tenía que andar siempre pidiendo disculpas por el chamaco, pagando los daños que ocasionaba, poniendo su cara de pendeja y luego encima aguantarse el coraje de ver que la abuela nunca castigaba las cabronadas que el pinche chamaco había hecho en su ausencia: qué va a ser, decía siempre, cuando Yesenia le echaba la letanía de chingaderas que su nieto había hecho durante el día; si nomás es un chamaco, no tiene malicia, son cosas de niños, Lagarta, déjalo ser, pobrecito, su papá era igual de travieso y el chamaco se le parece, son igualitos, decía la abuela, aunque era mentira […] aunque en lo único en lo que se parecían era en lo huevones y en lo lacras, y en lo lambiscones que eran con la abuela, que siempre los dejaba hacer su reverenda voluntad (Melchor, 42. Cursivas mías).

 Aquí, por ejemplo, la novela nos exhibe la repercusión identitaria, y por ende, social que tiene una enseñanza e imposición de roles de género con una carga machista en la infancia. Para Yesenia, la carga de “responsabilidades” que no le corresponden representa un factor determinante para seguir perpetuando una cultura donde se menosprecia a la mujer y se le infunde convertirse en la servidumbre del hombre en todo momento, generando en ella un perfil de sumisión. En el caso del primo se le enseña que, desde pequeño, por ser hombre tiene mayores libertades y privilegios. Él no debe preocuparse por nada, siempre habrá alguna figura femenina que lo atienda y se encargue de cada una de sus necesidades; de modo que se forja una irresponsabilidad en su persona. Además, hay que puntualizar que la que propaga esta concepción misógina y machista en el seno familiar es una imagen femenina: la abuela. Figura de autoridad que hereda los mismos malestares culturales, sociales, políticos e ideológicos patriarcales a las nuevas generaciones favoreciendo la reproducción de un discurso hegemónico, intolerante, represivo y dominante.

Por otra parte, también hay otro tipo de violencia que se denuncia al inicio, el cual es el detonador de la narración en la novela de Melchor: el asesinato de la Bruja, el curandero travestí de La Matosa. El asesinato de este personaje corresponde a un crimen de odio en contra de un miembro de la comunidad lgtbtttiqa; de modo que no sólo se ejerce violencia en contra de las mujeres sino también de aquellas representaciones que aludan al estereotipo femenino. Asimismo, la Bruja representa una transgresión a lo masculino, pues si se ha demostrado que ser hombre representa un privilegio, el que ese hombre simule ser una mujer es una forma de degradar lo establecido. Esto adquiere mayor relevancia en una sociedad con tantos prejuicios como La Matosa. De modo que, el cuestionamiento hacia los roles de género y sus estereotipos entran en conflicto en una sociedad arraigada a una barbarie que simula civilización.

Por tanto, la obra de Fernanda Melchor nos hace cuestionarnos si no será que la sociedad mexicana habrá dejado de ser humana, racional y sensible para dejarse llevar únicamente por la violencia. Violencia que genera más de ella, violencia que parece tan natural, como si siempre hubiera estado ahí y a la que poco a poco nos hemos acostumbrado. Violencia que nos envuelve en un estado sin aparente retorno y del que tampoco parece haber salida. Justamente a este punto quería llegar: si el lector, en el plano individual se identifica con el miedo, la incertidumbre, la violencia y lo lleva a un grado mayor, como lo es el colectivo —y ahora sí, propiamente a la sociedad per se— se encontrará con una sociedad ciega, sorda y muda, una sociedad inhumana, indiferente, petrificada por el miedo y el terror. O quizás desde la identificación colectiva podrá observar que más bien, esa sociedad dejó de ser un territorio exclusivo de los vivos para convertirse en la Comala rulfiana: en un mundo donde los muertos que siguen exigiendo venganza o clamando por justicia. Aquí es donde entra la función social en Temporada de huracanes, pues partiendo de la ficcionalización de diversos acontecimientos y temáticas, si el lector siente la necesidad de hallar soluciones, entonces, el pacto de lectura no sólo habrá funcionado, sino que también, desde el medio literario, el receptor habrá recibido un mensaje. Hará conexiones desde su propia realidad, desde su conocimiento, desde su curiosidad y es ahí cuando la literatura va más allá de una simple lectura.

Reflexiones finales

Las literaturas mexicana y latinoamericana de este siglo nos han confirmado que sí existen y que aún hay literatura de gran calidad después del afamado Boom, motivo por el que no tendríamos de qué preocuparnos: América Latina sigue produciendo literatura con sentido y, sobre todo, sea desde la literatura realista o fantástica, desde la narrativa o hasta la poesía, seguimos siendo un semillero importante en el campo literario mundial. Eso es lo que debe interesarnos y no el despotricar contra nuestra producción por ser lidereada actualmente por mujeres tales como Nona Fernández, Lina Meruane, Alejandra Costamagna, Andrea Maturana, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Selva Almada, Liliana Colanzi, María Fernanda Ampuero, Guadalupe Nettel, y la mismísima Fernanda Melchor, entre muchísimas otras. Y no, no es no quiera reconocer la trayectoria y la producción de escritores como Alejandro Zambra, Félix Bruzzone, Álvaro Bisama, Leonardo Sanhueza o Patricio Pron, entre varios más. Si no que, se debe reconocer que el auge y la renovación de nuestra literatura —la cual nos sigue demostrando por qué ha sido altamente reconocida en otras latitudes mundiales— han sido promovidos principalmente por mujeres, quienes tienen una propuesta literaria muy interesante, la que cancela los argumentos de algunos detractores que aluden a “la necedad de querer voltear a ver a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres”. Lo que no observan es que la obra literaria de cada una de estas autoras se sostiene por sí misma y alzan la voz para ser leídas por mérito propio y no por una imposición supremacista de género. Eso es lo que no se debe confundir, justo como lo ha mencionado Rita Segato: el enemigo natural del feminismo —incluso, entiéndase de las mujeres— no es el hombre, es el sistema patriarcal.

Finalmente, como lectores deberíamos preguntarnos por qué consumimos tanto la literatura que está permeada por la violencia, quizá, solamente reafirmamos el impacto social que tiene la literatura en nosotros, ya que al final, consciente o inconscientemente sí reflexionamos acerca de lo que ocurre en nuestro entorno versus lo que plantea ese mundo posible de la literatura, Y aunque no queramos ver lo que nos rodea día a día, la literatura nos acerca a aquellos demonios que no queremos contemplar para que empecemos a despertar y, en el mejor de los casos, combatirlos o mínimamente aceptarlos. 


[1] Vid. Rocío Montes, “El boom latinoamericano fue totalmente machista”, El País, España, 3 de mayo de 2019. <https://elpais.com/sociedad/2019/05/03/actualidad/1556909365_543868.html>

[2] Vid. “Firman manifiesto contra la bienal Vargas Llosa por la falta de mujeres”, La Jornada, México, 28 de mayo de 2019. <https://www.jornada.com.mx/2019/05/28/cultura/a05n2cul>.

[3] Mario Vargas Llosa y Claudio Magris, La literatura es mi venganza, Anagrama: Barcelona, 2014.

Acerca de Nayeli Reyes

Hispanista, latinoamericanista y editora. Líneas de interés: teoría de la recepción, narratología, onomástica, sociología de la literatura; historia, sociedad y literatura. Campos de estudio: literatura latinoamericana (narrativa); regímenes dictatoriales, postdictadura; memoria, olvido; posmemoria, duelo; política de transición.

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