América Latina

La convulsión democrática en la era neoliberal

El reto democrático y la gran incógnita es saber qué sucederá si no se reestructura el modelo económico actual y los votantes agotan sus expectativas de cambio con los políticos diferentes.

Con la reciente victoria de Marine Le Pen en las elecciones europeas se fortalece la constante democrática de los recientes años, referente al triunfo de políticos que han aprovechado la coyuntura internacional del hartazgo social hacia políticos tradicionales que no dan resultados a variadas demandas.

Desde la época de Platón se ha cuestionado si el sistema democrático es benéfico para las naciones, en particular porque al favorecer la igualdad de todos los seres humanos se corre el riesgo de ser gobernados por personas que no están preparadas para el cargo, idea que ha resurgido en los círculos de pensamiento con motivo de los escenarios recientes que, a través del otorgamiento de la confianza de los ciudadanos hacia candidatos con posturas, muchas veces extremistas, personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, AMLO y, hasta el cómico Volodimir Zelenski, en Ucrania, presiden el cargo más importante de sus países; fenómenos que no son casos aislados y que continuarán presentes en otras latitudes en próximas elecciones porque, aunque existen otros factores, tienen como trasfondo un común denominador poco analizado (la crisis del sistema económico-financiero internacional).

Como es de todos conocido, en los años finales de la Guerra Fría y con apoyo del Consenso de Washington, se formularon reformas con la observancia y promoción de organismos multilaterales como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), para dar origen al neoliberalismo; modelo económico que prometió importantes niveles de crecimiento económico, con notables beneficios en materia de desarrollo social y por lo tanto un mejor futuro para las personas; resultados que, a tres décadas de su implementación, son cuestionados por los perdedores de la globalización quienes han visto una reducción en su calidad de vida, principalmente en los sectores de clase media, que se acrecentaron con  las recesiones de 2008 y 2012.

En un mundo donde sólo el 1% de la población es cosmopolita, no es de extrañar que para el ciudadano promedio la poca regulación de los flujos migratorios, el libre comercio, las integraciones económicas y demás fenómenos derivados de la globalización resulten ser factores más perjudiciales que benéficos, entorno que se convierte en caldo de cultivo para el surgimiento de grupos extremistas que, con ideas xenófobas, racistas, supremacistas, entre otras, aseguran que con medidas nacionalistas, proteccionistas y conservadoras las naciones recuperarán su grandeza y, por consiguiente, ésta se reflejará en el mejoramiento de las condiciones de vida de sus habitantes. Esto da origen a políticos que hacen uso de esas falsas interpretaciones para posicionarse en puestos de elección popular mediante discursos supuestamente populistas que resultan ser demagógicos, toda vez que hacen uso del rechazo social a la descomposición política, los actos de corrupción gubernamental y la plutocracia, como estandartes de la necesidad de un cambio urgente que sólo ellos pueden alcanzar por ser diferentes a la clase política tradicional.

Paradójicamente, los ciudadanos de los países impulsores de neoliberalismos fueron los primeros en alertar sobre los cambios que se avecinaban. En el caso particular del Reino Unido, el repudio hacia la continuidad de una integración económica quedó de manifiesto en el referéndum (Brexit) que se celebró en junio de 2016, cuyo trasfondo ha sido motivado por la disminución de la calidad de vida de miles de británicos ya que tan sólo en materia salarial, la remuneración de los jóvenes actuales es similar a la que percibían los de su edad en 1992. Es más, un británico millennial ganará, de los veinte a los 30 años, 8.000 libras menos que la generación X. Tal vulnerabilidad de bienestar permitió el fortalecimiento de grupos racistas y supremacistas, quienes en conjunto con los ciudadanos nostálgicos que añoran las épocas pasadas, consideran que la clase trabajadora se ve amenazada ante el fenómeno de la inmigración porque desequilibra el mercado de trabajo y se manifiesta en la tasa de desempleo, razón por la que buscan endurecer las políticas antiinmigrantes.

En el caso de Estados Unidos de América, mientras los demócratas proclamaban que la economía iba bien y que aún son el mejor país del mundo, la sociedad empezó a escuchar al entonces candidato republicano, Donald Trump, quien les decía lo que perciben desde su realidad, es decir, que han sido relegados a los márgenes de la economía y globalización como consecuencia del comercio internacional y la inmigración, rezago económico que se manifiesta desde hace años con reportes que señalan que solo el 0.25% de los hogares estadounidenses ha ascendido en la escala de ingresos, cuando de 1970 al 2000 la tendencia era que aumentara. Incluso el Pew Research Center menciona que los estadounidenses de clase media conforman el 49.9% de la población nacional, por debajo del 61% de 1971, por lo que para las actuales generaciones la probabilidad de tener más ingresos que sus padres se ha ido reduciendo continuamente: una persona de 36 años tiene prácticamente la mitad de probabilidad de ganar más que sus padres que nacieron en 1940, toda vez que los salarios se han estancado y los costos van en aumento, a pesar de que el PIB nacional creció casi un 80% de ese entonces a la fecha.

Bajo ese contexto, y mientras más del 80% de los hogares estadounidenses ha visto que sus salarios se estancaron o redujeron desde 2009, muchos votantes -incluso pro demócratas- decidieron apoyar al Partido Republicano y su candidato, tendencia que quedó de manifiesto en los condados con menor crecimiento industrial desde 2012; en particular, en aquellos lugares con un salario medio más bajo entre los trabajadores de tiempo completo, así como en los condados donde hay más empleos en riesgo debido a la tecnología o globalización.

La tendencia democrática de esa naturaleza alcanzó a México durante las elecciones de 2018; en un ambiente electoral ejemplar en el que con más del 50% de los votos a favor, Andrés Manuel López Obrador se convirtió en el presidente de la república. El ahora mandatario también hizo uso del hartazgo social ante la inoperancia de los partidos tradicionales, como estandarte de su lucha social por un cambio estructural, haciendo un llamamiento a favor de la Cuarta Transformación para solucionar los problemas de corrupción gubernamental, vinculación político empresarial en altas esferas del poder, violencia exacerbada y, sobre todo, atender el rezago social, en un país que de acuerdo con cifras del CONEVAL, hay 53.4 millones de personas en pobreza y 9.4 millones en pobreza extrema; este último factor resultó ser estratégico para hacerse de simpatizantes, y que su campaña girara en torno a la culpabilización de la plutocracia y el modelo neoliberal como principales responsables.

Asimismo, aunque de manera directa no ha señalado ser un opositor de los acuerdos comerciales internacionales, su visión ante el escenario internacional y aquellos instrumentos del reordenamiento de la agenda global como son el G-20, hasta el momento, no son su prioridad, incluso de manera directa ha dejado de manifiesto que la dinámica mundial gestada hace tres décadas no es compatible con su proyecto de nación.

El triunfo de Jair Bolsonaro tiene matices afines a los ya expuestos. Después del logro económico que Brasil tuvo durante la administración del presidente Lula da Silva, en el que se registraron tasas de crecimiento por encima del 7% del PIB anual, a partir de 2010 en un entorno global de desaceleración económica que se intensificó con la crisis de 2012, el ambiente del empobrecimiento en la nación regresó. Su sucesora, Dilma Rouseff, no sólo tuvo que enfrentarse a un proceso de destitución en su contra por violación a las leyes presupuestarias y de probidad administrativa, así como sospechas por actos de corrupción, sino que su mandato fue marcado por una disminución del crecimiento económico con niveles del -3.5% del PIB en 2015.

En un escenario de desestabilización política, el desarrollo de bienestar mermó en el país sudamericano, el desempleo y la violencia aumentaron y, por consiguiente, el descontento social que exige un cambio urgente comenzó a gestarse.

De acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en 2017 había 54.8 millones de personas en situación de pobreza. Asimismo, el estudio demostró que el contingente que vive por debajo del umbral de la extrema pobreza, con ingresos mensuales equivalentes a solo 140 reales (31.7 euros) subió un 13% en un año. Con ese dato, ya son 15.3 millones de brasileños considerados extremadamente pobres, un 7.4% de toda la población. Pese a que la recesión de 2015 y 2016 terminó y la economía brasileña creció un 1% en 2017, ésta se vio impulsada sólo en la agroindustria –que no contrata muchas personas–.

De manera más reciente, en Ucrania, Volodimir Zelenski, personaje ajeno a la vida política, consiguió el triunfo durante los comicios para elegir mandatario de esa nación, en un contexto en el que sus principales retos serán concluir la guerra que padece el Este con Rusia y contrarrestar la desigualdad social.

Dicha nación fue una de las más afectadas durante la crisis financiera internacional de 2008 pues pasó de un crecimiento anual del 2.3% del PIB en ese año a -14.7% para 2009, tasa de decrecimiento que se han mantenido constante y que, en 2015, registró -9.7% (datos del Banco Mundial). Mientras que el país eslavo es uno de los más pobres y desiguales en Europa con salarios de 300 euros mensuales, unos cuantos se han vuelto millonarios, lo que ha provocado no sólo repudio social, sino que un alto índice de personas han decidido salir al extranjero en busca de mejores oportunidades. Tan sólo en 2018, por concepto de remesas, los trabajadores enviaron casi 13 mil millones de euros, lo que representa el 11% del PIB del país.

Con base en lo expuesto, es posible afirmar que el triunfo de Marine Le Pen era de esperarse ya que el rechazo hacía Emmanuel Macron, quien declaró al nacionalismo como la traición del patriotismo, enarbolando así al globalismo, se intensificó con el surgimiento del movimiento de los chalecos amarillos, quienes se oponen al alza en el precio de los combustibles, los ajustes fiscales y la pérdida del poder adquisitivo, al tiempo de exigir la renuncia del mandatario quien, precisamente, se impuso a ella en las elecciones presidenciales francesas de 2017.

La alarma de la disparidad social actual ya es tema de análisis por expertos como Stiglitz, Krugmann, Wilkinson, Pickett, Milanovic y Atkinson, así como varios economistas del Fondo Monetario Internacional, quienes cuestionan la eficacia de este modelo de globalización en lo que respecta al reparto; incluso, han llegado a plantear que la desigualdad que dicho modelo genera puede dañar la futura creación de riqueza. Del mismo modo, de acuerdo con el Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial 2017, la creciente desigualdad económica y la polarización social son responsables de los cambios políticos recientes, y señala que la situación puede agravarse si no se toman medidas urgentes. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha reconocido sus errores durante los rescates económicos en Grecia y Ucrania, incluso algunos funcionarios de esa misma institución han señalado que las políticas neoliberales suelen contribuir a la desigualdad y, en algunos escenarios, resultan ineficaces.

Como podemos observar, mientras continúen las actuales reglas del sistema financiero internacional, el surgimiento de políticos no tradicionalistas que aprovechen el contexto social del rechazo a la poca capacidad gubernamental de mejorar las condiciones de vida de los electores, irá en aumento. El movimiento 5 estrellas en Italia, el triunfo del PSOE en España, así como el creciente apoyo al partido Alternativa para Alemania con ideas neonazis, son ejemplos claros de ello ya que los ciudadanos de esos países también buscan una solución a un tema que, como hemos visto, no es particular de una ideología o un país, sino consecuencia de un modelo económico que no ha respondido a las expectativas.

Es importante que los votantes tengan claro que, en las condiciones actuales, quien llegue a gobernarlos tendrá poca capacidad de respuesta para atender sus demandas porque, en una interdependencia global, la capacidad de una reestructuración a fondo es reducida. Tan es así que se pronostica una posible recesión en Brasil. La 4T no muestra signos de que el país pueda alcanzar el crecimiento económico que el presidente mexicano prometió en campaña. Con lo que respecta a EUA, de acuerdo con el relator de Naciones Unidas sobre extrema pobreza, Philip Alston, la pobreza en Estados Unidos se ha extendido y profundizado bajo la administración de Donald Trump.

El reto democrático y la gran incógnita es saber qué sucederá si no se reestructura el modelo económico actual y los votantes agotan sus expectativas de cambio con los políticos diferentes. En una era que algunos comienzan a llamar post neoliberal, los alcances logrados por la globalización y la interdependencia financiera parecen difíciles de desarticular.

Foto: La Tinta, 2019

Internacionalista con Mención Honorífica por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuenta con estudios de posgrado por el Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos, y El Colegio de México. Profesor universitario en Relaciones Internacionales en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Cuenta con trayectoria en la Secretaría de Relaciones Exteriores en las áreas de Naciones Unidas, Protección a Mexicanos en el Exterior y Servicio Exterior Mexicano. @_RUBENSRM

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