Política Interior

La conveniencia de un mandato imperativo

Es un hecho que, aunque la democracia ha sido la forma de gobierno que se ha adoptado como idónea para conducir un Estado con justicia, pero ello no hace menos cierto que esta forma de gobierno ha sido elegida para que, a través del voto, la ciudadanía elija a aquellos individuos que deban tomar las decisiones que ella misma prefiere no tomar.

Desde que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) comenzó su escalada política a nivel nacional, de la mano del entonces candidato a la presidencia de México, Cuauhtémoc Cárdenas, e incluso desde su paso por las arenas políticas de su natal Tabasco, se ha caracterizado por presentarse ante la opinión como un personaje que persigue la igualdad y la eliminación de privilegios políticos. Sin embargo, aunque su paso como Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal no estuvo exento de altibajos causados por los desencuentros que sus políticas, en ocasiones señaladas de improvisadas, provocaron entre su gobierno y amplios sectores nacionales, hoy, después de haber llegado a la presidencia de México, luego de 12 años de campaña, parece que las resistencias a las que se enfrentará como Jefe de Estado harán palidecer a aquellas a las que se enfrentó como Jefe de Gobierno.

Desde que México nació ante el mundo como un Estado independiente, uno de los puntos que han sido característicos en su sistema político ha sido la presencia de un hombre fuerte, capaz de reunir bajo su liderazgo a un amplio abanico de ideologías e intereses. En este orden de ideas, AMLO ha buscado construir esta imagen de sí mismo, desde muy temprano en su carrera política. Bajo la bandera de la lucha social (entendida como la mejor manera de crearse una base) transitó por diferentes grupos políticos hasta que, después de su segunda derrota por la silla presidencial, como abanderado del Partido de la Revolución Democrática, en 2012, creó el Movimiento de Regeneración Nacional como un partido político en donde él sería el único hombre fuerte tras del cual había que cerrar filas.

Aunado al carisma de AMLO, Morena entendió que, si existía una fórmula probada que les permitiera ampliar su base electoral (y con ello conquistar la presidencia), ésta era crear unidad en contra de un mismo enemigo. Así, más allá de presentar a AMLO como un político capaz de reaccionar ante lo inesperado que la presidencia de un Estado con las características de México debe enfrentar, lo presentó como un hombre cercano a sus bases: un hombre que buscaría empoderarlas a costa de aquellos que les habían hecho daño.

Una vez que se llevaron a cabo las elecciones federales en 2018, y como era de esperarse, una vez que AMLO se alzó con la victoria gracias no solo a su amplia base, sino también al voto de castigo que efectuaron millones de mexicanos en contra de los partidos que hasta entonces se habían quedado con la presidencia, los cambios comenzaron. El primero de ellos fue digno de llamar la atención, al haber sido sumamente polémico. Como una de sus promesas de campaña, el ahora presidente constitucional había prometido la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), por lo que, ya electo y aun sin haber tomado posesión del cargo, llevó a cabo una consulta popular por demás irregular a la cual dio carácter vinculante.

Por medio de este ejercicio que simulaba un mecanismo de democracia directa, se preguntaba a la ciudadanía su opinión acerca de la continuación o la cancelación de esta obra. Al haber llevado a cabo este ejercicio participativo en zonas bien delimitadas, en donde estadísticamente Morena contaba con mayor nivel de aceptación (la Ciudad de México o Tabasco), aunado a una campaña maniqueista llevada a cabo por todo el aparato del partido; la cancelación del proyecto aeroportuario se convirtió en un hecho. Con esta primera acción de un ejecutivo que aún no iniciaba funciones de manera oficial, se retrataba la forma imperativa en la que actuaría el nuevo gobierno federal, sin tomar en cuenta opiniones tecnocráticas calificadas.

Uno de los puntos que más se criticaron a esta decisión fue la falta de una verdadera muestra que representara de forma fidedigna la diversidad de posturas y de opiniones de los mexicanos. Lo que al parecer el nuevo partido en el poder no quiso tomar en consideración al llevar a cabo un sondeo con las características vistas, fue que los Estados modernos son extremadamente grandes y diversos, y que una promesa de campaña de esta magnitud no podía dejarse en manos de un sector de la población que, en su mayoría, contaba con una decisión tomada desde la campaña presidencial.

La encuesta llevada a cabo acerca del NAIM fue solo la punta del iceberg. A ésta siguieron diversas promesas acerca de la participación directa de la población en temas sensibles; se llegó incluso a mencionar que la creación de la Guardia Nacional (cuerpo de seguridad conformado por la Policía Militar, Policía Naval y Policía Federal) sería sometida a votación popular. Con acciones como ésta, el nuevo gobierno demostraba que, contrario a las administraciones pasadas en México, y a diferencia de un gran número de democracias modernas, estaba decidido a dotar de carácter vinculante a sus promesas de campaña.

Así, el gobierno mexicano mostraba la forma en la cual entraba en las inestables y peligrosas arenas de un mandato imperativo en donde el ejecutivo no había sido elegido para llevar el rumbo del Estado mexicano gracias a su capacidad superior para administrar el interés nacional, sino que había sido elegido para llevar a cabo el mandato del pueblo. Lo anterior se antoja peligroso ya que, parafraseando a John Dunn, el gobierno del pueblo es poco menos que imposible ya que se caería en el caos.

Es evidente que, tal y como fue el estandarte de la Virgen de Guadalupe para Miguel Hidalgo, la bandera de la lucha social ha sido el estandarte bajo el cual AMLO ha avanzado a través de los años en la vida pública nacional. Sin embargo, es un hecho que, aunque la democracia ha sido la forma de gobierno que se ha adoptado como idónea para conducir un Estado con justicia, pero ello no hace menos cierto que esta forma de gobierno ha sido elegida para que, a través del voto, la ciudadanía elija a aquellos individuos que deban tomar las decisiones que ella misma prefiere no tomar.

Es importante recalcar que la forma de democracia directa, en la manera en la que el Presidente pretende basar las decisiones más controvertidas de su gobierno hará, sin duda, que esta administración sea recordada como una en donde la autoridad colectiva de aquellos que fueron electos para ocupar los asientos del Congreso de la Unión pasó a segundo plano; y la autoridad del Presidente, actuando estrictamente como el pueblo lo ordena, prevaleció. Al final queda analizar que, si es la voluntad del pueblo la que gobierna sin restricción, no hay razón alguna por la cual el mismo individuo que la encarna no pueda permanecer al frente del Estado sin limitaciones temporales.

Foto: El Universal, 2018

Acerca de Enrique Rosales

Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México con opción profesional en Política Exterior de México. Sus líneas de estudio se centran en la historia diplomática mexicana, historia militar del siglo XX, seguridad nacional e internacional y la cooperación internacional en materia militar. Ha participado en diversas ocasiones como ponente en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM) con temas relacionados con la política exterior mexicana. @realistaerp

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