Totalitarismo y el Partido Revolucionario Institucional

Esa época en la que el PRI no era un partido, sino El Partido. Cuando el 1ero de Septiembre, el día del Informe, era el día del presidente. Obreros, campesinos, organizaciones populares, etc., todos alineados al Partido. Con un culto al presidente, al Partido, y a la Revolución… toda acción era hecha en nombre de LA REVOLUCIÓN.

Muchos de los problemas actuales del país se estuvieron gestando a lo largo de décadas; lapso en el cual la atención del gobierno llegó a ser nula o incluso incentivó el avance de esas problemáticas. Y en este entramado no puede dejarse de lado el papel que jugó el Partido Revolucionario Institucional durante el siglo XX, pues el partido emanado de la Revolución fue el protagonista de la vida política nacional durante casi todo el siglo completo.

Ante el olvido de la gente que lo vivió y el desconocimiento de los que no, es necesario recordar el gran poder que tuvo el PRI en su momento;  la enorme hegemonía y control que el partido ejerció en todos los aspectos políticos, económicos, y sociales del país, que se forjó en dos décadas,  que comenzó su decadencia en los años 70 y que aún hoy en día sigue imperante en algunas entidades del país.

Para entender la situación política nacional contemporánea es menester conocer como el PRI creció más allá de la figura del partido político, más que un partido hegemónico, incluso pudiéndose aseverarse que se convirtió en sinónimo de Estado Mexicano.

La hegemonía de un partido en una democracia no es per se algo desfavorable, pero a diferencia de lo que observa en lugares como Japón con el Partido Liberal Democrático, en México la esfera de influencia del partido se extendió a diversos sectores, y realmente durante medio siglo no tuvo ninguna oposición ni contrapeso, pues todas las opciones habían sido absorbidas por el sistema político o silenciadas. La manera en la que el PRI estableció un dominio total en el país, es un objeto muy interesante de estudio para historiadores y politólogos.

Al terminar la Revolución mexicana, se mantuvieron disputas por el poder entre las diversas facciones triunfantes del conflicto, hasta 1929, cuando de la mano de Plutarco Elías Calles es fundado el Partido Nacional Revolucionario (antecesor del PRI) unificando a las diferentes facciones en una sola organización política. A partir de este punto comienza la expansión del partido y el establecimiento de un régimen corporativista en el que todo estaría alineado a aquel.

Con la bandera de la Revolución el partido pudo darse soporte ideológico -aún en la ambigüedad, pues a la fecha no hay una clara idea de la ideología del partido, y básicamente cualquier acción aunque sea contradictoria con el discurso o con otras acciones de los mismos miembros del partido puede encajar en ser un producto del pensamiento de la Revolución– y con ello afianzar el apoyo de la población (En su mayoría rural), la cual quedaba encantada con el discurso de justicia social revolucionario. Una vez unificadas las facciones revolucionarias, el partido tomo control absoluto de los cargos de elección popular, de las instituciones públicas, y por ende de los 3 poderes de gobierno. El partido tendría dos nuevas transformaciones: primero en marzo de 1938, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas cuando se convirtió en el Partido de la Revolución Mexicana, y posteriormente en 1946, durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho, cuando se relanzó como el Partido Revolucionario Institucional.

El ascenso

Durante un periodo de 15 a 20 años, paralelo a los rebautizos del partido, este fue consolidando su poder a través de la absorción de distintos sectores de la sociedad mexicana. Mediante una fórmula corporativista y sindicalista se fue afianzando el control de estos colectivos. El partido consolidó su dominio a través de sus tres sectores: Campesino -dirigido por la Confederación Nacional Campesina (CNC)-, Obrero –dirigido por la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM)-, y el Popular –dirigido por la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP)-, este último aglomerando trabajadores de diversa índole: artesanos, comerciantes, burócratas, etc, que a su vez reemplazaría al Sector Militar de PRM. Cabe mencionarse que dentro de esta maraña sindical se permitían las manifestaciones y la movilización obrera, pero solo de las organizaciones afiliadas a las Confederaciones del partido, las no alineadas eran reprimidas.

Con este control sindical, con un apego de la emergente clase empresarial mexicana, y con la poderosa bandera de la Revolución, el PRI pudo consolidar su dominio total del país, con el previo control de todos los cargos de elección popular. La habilidad de los presidentes priístas (junto con la de los dirigentes del partido) pudo rebajar el poder militar, descartando las amenazas de un golpe militar y finalmente logrando pacificar al país, que no dejaba de ver revueltas desde la guerra civil que inició Madero.

Empero, aún se debía lidiar con la fuerte oposición conservadora que desde la Guerra Cristera había ganado mucho impulso, ya debiendo enfrentarse con las fuertes candidaturas de José Vasconcelos en 1929, y de Juan Andrew Almazán en 1940 (en ambas elecciones se denunció fraude). En el país crecía una corriente de oposición que rechazaba principalmente el control sindical ya mencionado, así como filiación pro-soviética de la CTM, la educación socialista, las medidas económicas cardenistas, y la persecución hacia los católicos que se vivió no solo en la Guerra Cristera, sino en el estado de Tabasco durante el gobierno de Tomás Garrido Canabal y en la Revolución misma, y que además se veía reflejada en las disposiciones anticlericales de la Constitución que dejaban a la iglesia católica y a sus fieles, prácticamente sin voz ni voto, un factor que a la larga permitiría anular políticamente a la Derecha nacional.

La mayor representación de la oposición conservadora se manifestó con la creación de la Unión Nacional Sinarquista, organización nacionalista de Tercera Posición y por ende detractora tanto del liberalismo como del marxismo. El Sinarquismo mostró la cara más radical de la oposición en aquel momento, al inspirarse en el Falangismo español; sustentándose en el nacionalismo, el catolicismo, el hispanismo, y el sindicalismo, obtuvo simpatía de los profascistas mexicanos, ganando gran cantidad de adeptos. No obstante el control social del PRI logró menguar el papel político del Sinarquismo y este fue perdiendo relevancia con el paso de los años.

Por otro lado la postura hacia los movimientos marxistas era en principio de tolerancia, incluso de amistad –el mayor ejemplo: haber recibido como refugiado al líder revolucionario ruso León Trotski- existiendo un acercamiento notorio del partido por tendencias izquierdistas; diría posteriormente Adolfo López Mateos: “Mi gobierno es, dentro de la Constitución, de extrema izquierda” (reiterando la ambigüedad ideológica imperante en todo lo relacionado al PRI).

No obstante las voces comunistas también ganaban fuerza, sobre todo en el sur del país, y se volvió menester para el partido cambiar su postura al respecto. Los movimientos de extrema izquierda también fueron expulsados del escenario político, y el mismo Partido Comunista Mexicano, estaría proscrito hasta 1978.

El PRI no enfrentaría oposiciones realmente desafiantes, y quizá la más fuerte que tuvo en su tiempo de totalitarismo fue la del Henriquismo. Un movimiento encabezado por el exmilitante Miguel Henríquez Guzmán, que buscaba reivindicar lo que consideraban las causas verdaderas de la Revolución.

Entretanto se permitía la existencia de un auténtico partido de oposición, el Partido Acción Nacional, el cual solo cumplía la función de oposición leal, pues sus integrantes no podían aspirar a cargos políticos importantes, además constantemente debían lidiar con actos represivos dirigidos desde el partido oficial.

Todo lo anterior dio como resultado el absoluto control del país para el PRI. Salvo por escasos diputados y alcaldes, tenían todos los cargos de elección popular, el poder judicial, los sindicatos y otras organizaciones populares debían afiliarse a la CTM, la CNC, o la CNOP, caso contrario serían perseguidos. Los llamados a mayor apertura democrática y mejores condiciones económicas eran reprimidos (los movimientos estudiantil, ferrocarrilero, médico, etc.). Naturalmente con el control de la educación y con el adoctrinamiento del nacionalismo revolucionario, fue posible incluso absorber a la gran población conservadora del país, y anular a la Derecha dejando solo un pequeño margen de maniobra, limitado al Partido Acción Nacional.

Sin Derecha, ni Izquierda, con una hábil diplomacia que le permitió mantenerse fuera de las acusaciones de otros Estados, con un control social máximo, llamar “Dictadura Perfecta” al régimen del PRI, como dice el escritor Mario Vargas Llosa, no es una exageración. Una sorprendente maquinaria política, un profesor de la universidad afirmaba que inclusive ha sido objeto de estudio para gobiernos como el de la República Popular China.

Invito al lector a imaginarse haber vivido en esa época en la que el PRI no era un partido, sino El Partido. Cuando el 1ero de Septiembre, el día del Informe, era el día del presidente. Obreros, campesinos, organizaciones populares, etc., todos alineados al Partido. Con un culto al presidente, al Partido, y a la Revolución… toda acción era hecha en nombre de LA REVOLUCIÓN. No había oposición real pues era ilegal y aunque la hubiera De cualquier forma se podía recurrir al “fraude patriótico”, pues que perdiera el PRI era atentar contra la Revolución y contra México. El PRI es una maravilla política, totalmente dignos de una obra de Orwell. Lograron establecer un régimen totalitario que pasaba ante los ojos del resto del mundo como una democracia funcional.

El desgaste

El totalitarismo del PRI comenzó a dar señales de agotamiento hacia finales de los años 60, cuando el país se contagió de la oleada de movilizaciones sociales que se dieron a nivel mundial; el punto álgido fue el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. El movimiento estudiantil marcó el inicio de un nuevo momento para la política nacional. Desde el 68 las posturas opositoras comenzaron a radicalizarse ante la imposibilidad de conseguir algo por la vía legal.

Surgieron grupos armados como los de Lucio Cabañas o Genaro Vázquez, entre otras guerrillas, tanto rurales como urbanas. En un intento de secuestro por parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre, el empresario regiomontano Eugenio Garza Sada fue asesinado, aumentando el descontento de la clase empresarial mexicana, que ya se había despertado con las medidas económicas del gobierno de Luis Echeverría.

En la parte económica, la torpe administración en los sexenios de Echeverría y López Portillo devino en crisis. En la política y social, desde el 68 el país entró en una etapa conocida como “Guerra Sucia”, caracterizada por la actividad de grupos guerrilleros, represión y desaparición de personas llevadas a cabo por miembros de la policía o grupos paramilitares, y principalmente la matanza del Jueves de Corpus. El problema de la corrupción también mostró un incremento.

El descontento social y la inestabilidad obligaron al partido a ceder parte de su poder. La reforma política de 1977 propuesta por el entonces Secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, facilitó para el gobierno de López Portillo la disminución del descontento social y eliminar la actividad guerrillera (al menos temporalmente). Se creó la figura de los congresistas plurinominales y se permitió la creación de partidos de oposición (incluido el Partido Comunista Mexicano), lo que dio luz a nuevas voces en el escenario político del país.

No obstante esto fue solo una pequeña cesión del vasto poder priista. El partido continuó con su hegemonía, y las prácticas de control social y culto al partido prosiguieron, además los presidentes adoptaban  cada vez más una postura megalómavna.

 

El declive

Pero como los grandes imperios, llegó a su fin. El PRI se fragmentó hacia finales de los 80s, debido a una sección del partido que se había vuelto crítica hacia el mismo, y que eventualmente se separó de este.  Este colectivo se convirtió en un movimiento conocido como el Frente Democrático Nacional, el cual combinado con partidos de izquierda, y encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del expresidente Lázaro Cárdenas), se lanzó a las elecciones federales de 1988 a desafiar al mismo PRI.

Por otro lado el descontento de las clases media y empresarial se sumó a la oposición conservadora, cuando el PAN comenzó a recibir en sus filas a empresarios como Manuel J. Clouthier, que dieron una nueva cara al partido –siendo calificados como “neopanistas”- alejándose de la postura moderada que había tenido desde su fundación, a cambio de una postura más agresiva y crítica al régimen, y que supo explotar el descontento social para convertirse junto con el Frente Democrático en las primeras fuerzas importantes de oposición que enfrentaba el PRI desde sus orígenes.

A 11 años de la reforma política, la elección presidencial resultó en una gran controversia; hubo una caída en el sistema de conteo de votos cunado Cárdenas iba liderando, y tras reanudarse el conteo, Salinas ya iba en primer lugar, al final se le adjudicó la victoria al candidato priísta.

Empero los escándalos de fraude electoral ya eran tema desde principios del sexenio de Miguel de la Madrid; el primero de enero de 1983 los ciudadanos de Piedras Negras (Coahuila) incendiaron el palacio municipal y la oficina de registro electoral local, debido al fraude elaborado por el PRI en las elecciones locales. De igual manera hubo protestas similares, por diversas partes del país. Más tarde, en 1992, las quejas ascenderían a nivel nacional con acusaciones de fraude en las elecciones a gobernador de Michoacán y Guanajuato.

En 1989 el PRI perdió por primera vez una elección a gobernador, en Baja California, triunfando el panista Ernesto Ruffo Appel; de ahí la alternancia seguiría 2 años más tarde en Guanajuato y Chihuahua, y en los años siguientes otros estados pasarían a gobiernos tanto del PAN como del Partido de la Revolución Democrática (sucesor del Frente Democrático Nacional), incluido el Distrito Federal.

El totalitarismo del PRI se extinguía; la apertura económica debilitó a sus tres sectores, la democrática le ha ido quitando estados, y la mayoría en el congreso en 1997, las acusaciones de falta de democracia comenzaron a llegar desde el exterior y el hartazgo social se hacía cada vez mayor.

No obstante que los cambios vinieran de fuera y de dentro del país, se necesitaron 23 años desde la reforma política de 1977 y 32 del movimiento estudiantil para que el PRI perdiera la presidencia. Y hoy, a 30 años de que en Baja California hubiera alternancia, aún prevalecen cinco estados que cumplen 90 años de gobiernos ininterrumpidos del PRI (Hidalgo, Colima, Campeche, Coahuila y el Estado de México) lo que deja claro que a pesar de todos los cambios de este tiempo y de la caída severa en la popularidad del partido, este aún mantiene su control absoluto en algunas zonas del país.

Está claro que ha habido cambios importantes en la política nacional, no apreciables al corto pero sí a largo plazo. El PRI logró mantener por décadas un dominio total en el país, se convirtió en sinónimo de Estado mexicano, y recordar este lapso de la historia nacional es indispensable para comprender las amenazas de un partido al que se le permite tener más poder del que es apropiado para una democracia, máxime hoy que hay tantas voces juveniles llamando a otorgar el poder total al actual partido hegemónico. La historia deja importantes lecciones que nunca está de más repasar.

 

Fotos: PRIhistoria, Polemon

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