Epígrafes

Perdones históricos

Las disculpas históricas no cambian en nada el hecho de la explotación presente. Si todo se reduce al valor simbólico de un gesto que se realiza en medio de una infinidad de guerras, intervenciones, golpes de Estado, saqueos, éxodos, limpiezas raciales, supremacismos culturales, etc., cometidos por las mismas sociedades que en siglos anteriores colonizaron al mundo, al final, se corre el riesgo de conformarse con la vanidosa pretensión de superioridad moral de los Condenados de la Tierra por haber obligado a sus saqueadores a reconocer el saqueo.

Las disculpas históricas no cambian en nada el hecho de la explotación presente. Si todo se reduce al valor simbólico de un gesto que se realiza en medio de una infinidad de guerras, intervenciones, golpes de Estado, saqueos, éxodos, limpiezas raciales, supremacismos culturales, etc., cometidos por las mismas sociedades que en siglos anteriores colonizaron al mundo, al final, se corre el riesgo de conformarse con la vanidosa pretensión de superioridad moral de los Condenados de la Tierra por haber obligado a sus saqueadores a reconocer el saqueo.

Esta semana, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, salió a la arena pública a pedir (quizá exigir) una disculpa a España por los abusos y las matanzas cometidas por el imperio durante los tiempos de la colonización. Las respuestas, de aquí y de allá, se generalizaron en dos grandes polos discursivos. Por un lado, en el imaginario colectivo nacional, los posicionamientos articulados a partir de la tensión entre aquellos que soportaron la exigencia del presidente frente a aquellos que aceptaron la tarea de ofrecerle una disculpa a la corona española por las estúpidas e ignorantes exigencias realizadas por López Obrador por un suceso que hoy, en mayor o en menor medida, en diferentes estratos sociales, ya se vive como un hecho que ya no tiene actualidad, y que por lo tanto ya debería ser superado.

Por el otro lado, las reacciones que se suscitaron en la parte española, imbuidas de una efervescencia nacionalista en las que aquel rasgo que más destacó sin duda fue la negación absoluta a realizar un acto de humillación frente a sociedades que, de acuerdo con la propia mitología imperial, son lo que son en el momento presente gracias a que en el proceso colonial se les transmitieron los principios y los valores de la modernidad y de la civilización. La colonización, en resumidas cuentas, sigue siendo para España (y por extensión para el resto de Occidente) el triunfo histórico de la civilización frente a la barbarie; a pesar y al margen de la devastación y las carnicerías que se cometieran en el camino para llegar a constituir las sociedades actuales.

Más allá del hecho mismo que se inscribe en la petición de López Obrador y de la respuesta por parte de la corona española (en la personificación que se desee), las reacciones que se han ido construyendo en las últimas veinticuatro horas, en términos del debate público y de la construcción de imaginarios colectivos compartidos entre los miembros de cada sociedad, son quizás el fenómeno más interesante de la coyunta, no por otra cosa sino por el sólo hecho de que es ahí —y no en el campo de las instituciones del Estado y el andamiaje gubernamental del mismo— en donde se están jugando relaciones y ejercicios de poder y de violencia entre las sociedades centrales y las periféricas.

Y es que, en efecto, si bien es cierto que el contar con un presidente, en América, que se atreva a echar en cara de manera directa, a Europa, los crímenes y el genocidio cometidos durante la colonización es ya, por sí mismo, un elemento simbólico de gran potencia (y más aún cuando el recipiendario es heredero directo del linaje real de los borbones), algo que han demostrado las disculpas y los perdones ofrecidos por diversos gobiernos en los últimos años (los de Alemania frente a los judíos y los de Barack Obama ante los japoneses, por ejemplo; o, en otra clave, el gesto de Bélgica en la remoción de la estatua de Leopoldo II de Kinshasa), es que estos no únicamente es posible ofrecerlos, en el presente, mientras esas mismas sociedades están cometiendo genocidios, gestando golpes de Estado, saqueando recursos y desarrollando guerras en las periferias (sus excolonias que permanecen colonizadas por ellas), sino que, además, resultan no trascender del puro acto simbólico que, al final, se queda en acto protocolario entre gobiernos muchas veces incapaces de trascender hacia las masas.

Esta banalización del perdón y de la disculpa, inserta en la construcción de proyectos políticos de legitimación autorreferenciada de una construcción particular de la memoria, es, en este sentido, un problema por sí mismo: porque desde la mirada de los oprimidos y los Condenados de la Tierra, una interpelación de este tipo siempre apunta al desmoronamiento de la solemnidad, de la autoridad y del poder que ejercen las estructuras estatales. Pedir perdón por parte de un gobierno que representa a un Estado es, siempre, una exigencia popular que busca colectivizar el reconocimiento de la manera en que ese poder —que siempre intenta legitimarse como un poder colectivo, justo, orientado a la protección y el bienestar de su sociedad— también implica la puesta en marcha de diversos mecanismos de opresión, de saqueo, de exclusión, de desapariciones y asesinatos, etcétera. Banalizarlo, por tanto, pone en cuestión esa fortaleza del acto (que, además, tendría que ser ofrecido y no exigido, pues la exigencia mantiene al ultrajado en su posición colonial).

En el terreno popular, pues, es en donde se juegan, en mayor medida, el poder y la violencia del mundo. Y por eso —no es una necedad insistir—, la verdadera trascendencia de la petición de López Obrador y de la respuesta de Felipe VI se halla en las reacciones de los individuos, porque es ahí, en los imaginarios colectivos construidos a ras de piso, en donde se están reproduciendo y viralizando, reafirmando, los sentidos comunes coloniales que justifican, entre otras cosas, relaciones de clase y raciales que se han sucedido en el mundo legitimando genocidios y fundamentalismos supremacistas de todo tipo.

Por eso, también, en gran medida la importancia del suceso se encuentra (o por lo menos en el terreno del deber ser así tendría que darse) en la potencialidad que el reclamo histórico tiene para propiciar, aquí, en América, en la cotidianidad de las personas, el propio cuestionamiento en torno de qué tanto, aún, no representamos y nos sentimos herederos, productos y determinaciones de esa herida colonial que se abrió hace quinientos años. El perdón o la disculpa puede o no darse por parte de España (o de cualquiera, en realidad), pero más allá de eso, el imperativo que nos convoca, en cuanto americanos, en general; y en cuanto mexicanos y mexicanas, en particular; tiene que ver con el reconocimiento de nuestra propia identidad; y que por supuesto no es fácil, pues quinientos años de aniquilamiento de la memoria histórica de nuestra nación, en manos del capitalismo, no son fáciles de salvar. Hay ahí una distancia y una diferencia histórica respecto de quiénes somos (cómo nos pensamos en el presente) y quiénes creemos que fuimos (cómo nos pensamos en el pasado). Es ahí en donde la disculpa no debe quedarse en el plano de lo estrictamente simbólico, pues estos son tiempos en los que la capacidad de la sociedad mexicana para reconocerse como producto de una colonización (más que de un puro y aséptico mestizaje) raya en la nulidad.

Punto y aparte, pero no por ello problema segregado, es el de saber cómo utilizar este perdón histórico como un pretexto para pensar, asimismo, la relación que todos aquellos y todas aquellas que se sienten los auténticos portadores de la civilización en medio de la barbarie indígena de América, sostienen con las poblaciones originarias del continente: esas que desde hace quinientos años no han dejado de gritar ni perdón ni olvido, tanto para el extranjero que trajo su civilización como para aquellos que, a pesar de ser americanos, llevaron a cabo empresas de exterminio, físico y cultural, aún más atroces que las de aquél. ¿Está, López Obrador, pidiendo perdón por todos? ¿Es ese perdón representativo de cada población que ha exigido su propio perdón? ¿Y después del perdón qué sigue? ¿Cuál será el reclamo de América frente aquellos que siguen colonizando al mundo con sus guerras, con sus ideas, con sus ciencias, con sus organismos multilaterales, con sus empresas, con sus perdones?

Foto: La República, Perú, 2019.

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