El flagelo del mundo: el supremacismo cultural de Occidente

Cientos de guerras y conflictos armados se suceden cada día, en diferentes puntos de la geografía global, tanto para mantener el estatus y el modus vivendi de los grandes centros urbanos de Occidente cuanto para exterminar poblaciones que resultan prescindibles para las dinámicas económicas del capitalismo moderno. Y sin embargo, el drama que se construye como narrativa universal del horror frente al acto terrorista no está presente ahí: porque ahí, en esas dinámicas, lo que Occidente enuncia es ese rancio discurso en defensa, protección y promoción de la libertad, la paz, la estabilidad, el orden, los derechos humanos y la felicidad.

El pasado viernes quince de marzo, un lobo solitario (como suele llamar el sentido común estadounidense a este tipo de individuos) perpetró un asesinato en masa que dejó como saldo más de noventa y siete muertes y varias decenas de heridos en una mezquita localizada en Christchurch, Nueva Zelanda. Como ya es costumbre siempre que eventos de esta naturaleza ocurren dentro de las sociedades que conforman el espacio cultural de Occidente —con independencia del lugar geográfico en el que esas poblaciones se ubiquen—, el sentimiento de horror no se hizo esperar y de inmediato se puso en operación esa enorme maquinaria mediática que aprovecha estas coyunturas para conmover al mundo entero y arrastrarlo, por la fuerza de la empatía inducida respecto de las victimas del atentado en cuestión, hacia el imperativo de convertirse a la fiel confesión de los valores occidentales.

Casos como los de Virginia Tech, Virginia (2007); Newton, Connecticut (2012); San Bernardino, California (2015); Orlando, Florida (2016); Las Vegas, Nevada (2017); y, en otras latitudes, Charlie Hebdo, Paris, (2015); o Borough Market, Londres (2017); dan cuenta de ese movimiento en el que Occidente se afirma a sí mismo en una posición de victimización frente a una infinidad de amenazas militares, mediáticas, informáticas, económicas, políticas, culturales, etc., a las cuales, por supuesto, se plantea el objetivo claro de detener mediante su exterminio, antes de que continúen atacando los pilares fundamentales de su civilización. La civilización occidental, frente a la amenaza de la barbarie global, es la fórmula que resume las cruzadas de Occidente alrededor del mundo y su respuesta ante cualquier diferencia social que le represente un abierto o velado cuestionamiento.

El mundo, sin embargo, no se reduce a Occidente y al tipo de civilización que desde ahí se busca, de manera permanente e ininterrumpida, exportar al resto del orbe. Y la realidad de esta vida es que todo el tiempo, en una infinidad de espacios-tiempos de la vida social en el mundo, se están cometiendo actos tan atroces como los representados por los ejemplos clásicos que hoy ofrecen los mass media anglosajones para ejemplificar qué es y de qué va eso del terrorismo, pese a que pasen inadvertidos, ya sea por una deliberada invisibilización por parte de los intereses políticos y los capitales que controlan las líneas de comunicación entre sociedades o por un acto de absoluta interiorización y naturalización, en Occidente, de la violencia que colma a los espacios periféricos del mundo: América, Asia Oriente Próximo y África.

Ejemplos de ello sobran. Decenas de dictaduras militares —soportadas por el apoyo político, los flujos financieros y el comercio de armas occidental— conviven en Estados de esos espacios periféricos sin que las sociedades centrales se escandalicen por los intereses que defienden sus gobiernos en esos países en los que la muerte es el pan de cada día de millones de personas. Miles de comunidades, urbanas y/o rurales, padecen las actividades mercenarias de las grandes corporaciones transnacionales en su disputa por apropiarse de recursos naturales, mano de obra barata, espacios de circulación y acumulación de capital, etcétera. Cientos de guerras y conflictos armados se suceden cada día, en diferentes puntos de la geografía global, tanto para mantener el estatus y el modus vivendi de los grandes centros urbanos de Occidente cuanto para exterminar poblaciones que resultan prescindibles para las dinámicas económicas del capitalismo moderno. Y sin embargo, el drama que se construye como narrativa universal del horror frente al acto terrorista no está presente ahí: porque ahí, en esas dinámicas, lo que Occidente enuncia es ese rancio discurso en defensa, protección y promoción de la libertad, la paz, la estabilidad, el orden, los derechos humanos y la felicidad.

Regresando a los eventos ocurridos en Nueva Zelanda, basta con observar que, en el mismo momento en que el atentado en contra de la población musulmana presente en la mezquita se estaba cometiendo, el Estado de Israel estaba perpetrando un ataque aéreo más sobre poblaciones civiles palestinas, en más de cien puntos de contacto. La prensa internacional, sin embargo, no registró el atentado con la misma cuantía, la misma profundidad y extensión con la que lo hizo para el caso de Nueva Zelanda; y cuando lo hizo, el sesgo ideológico empleado fue el de costumbre: Israel sólo terminó defendiéndose, con su sofisticado armamento militar, de las agresiones cometidas por algunos sectores de la población a la que mantiene bajo un estado permanente de concentración.

¿Qué dice todo esto de Occidente y de su proyecto de civilización exportado como colonialismo y neocolonialismo a las periferias? A estas alturas, no es un secreto que, desde la década de los años setenta del siglo pasado, el discurso de guerra occidental en contra del terrorismo ha buscado, insaciablemente, justificar el exterminio de las especificidades culturales de las sociedades musulmanas por la vía de una pretendida rigurosidad, sistematicidad y veracidad en la manera en que es comprendido el terrorismo en el mundo.

En 1996, Samuel P. Huntington, Consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca hasta 1978, y desde entonces uno de los principales y más influyentes ideólogos y promotores del estilo militarista de democracia estadounidense alrededor del mundo, buscó dar un sustento cientificista más robusto a ese discurso de guerra en contra del terrorismo internacional y, por medio de la fórmula: The clash of civilizations and the remaking of world order, terminó por consolidar ese sentido común que hoy satura a los imaginarios colectivos nacionales cuando se trata de pensar qué es el terrorismo, cómo funciona, cuáles son sus fundamentos, y cómo es posible combatirlo. Y es que, Huntington, en efecto, al sintetizar la idea que Occidente tiene sobre Oriente en la fórmula del choque de civilizaciones, universalizó, en términos sumamente comprensibles para cualquier persona —con independencia de sus niveles de escolarización y politización—, la idea de que el Oriente (esencialmente musulmán) es un peligro, por sí mismo, para los valores occidentales por causa de las diferencias culturales tan profundas que en él se encuentran; en particular, en lo que respecta a «la democracia, los derechos humanos, la libertad, la soberanía de la ley y la separación entre la Iglesia y el Estado».

Desde entonces, hasta ahora —y ocultando siempre que son sus finanzas y sus armas, además del entrenamiento y el adoctrinamiento a su cargo, los elementos con los que Occidente contribuye a formar guerrillas, milicias y ejércitos enteros de musulmanes para balcanizar a oriente y a sus sociedades desde sus entrañas mismas—, ese discurso se ha ido refinando cada vez más, de manera que cada día es mucho más sencillo categorizar a un evento determinado como una expresión terrorista fundamentada en el radical hermetismo y en el sistemático rechazo de Oriente y el Islam hacia Occidente —pese a que, en los hechos, tanto uno como el otro; es decir, Oriente y el Islam, han demostrado ser de las configuraciones geoculturales más abiertas a la diversidad a lo largo y ancho del orbe.

Y lo cierto es que la trayectoria de este fundamentalismo occidental, supremacista en todos los aspectos, no es para sorprenderse. Al finalizar la Guerra Fría, y luego de la sentencia del Fin de la Historia, de Fukuyama, Occidente, en general; y Estados Unidos, en particular; no aceptó la idea de ejercer su hegemonía en un mundo en el que no existía ya enemigo alguno, lo suficientemente totalizador y abstracto, que le funcionara a su discurso como una Otredad a la que hay que combatir y exterminar en todas partes. El narcotráfico, en América; y el terrorismo internacional, en el resto del mundo; son esos dos nuevos enemigos inventados por Occidente para mantener sus dinámicas de balcanización del mundo de conformidad con los azarosos dictados de sus necesidades de acumulación de capital.

Por eso, en el caso del atentado en contra de la mezquita de Christchurch, lo primero que hay que observar es la manera en la que el conservadurismo occidental, a través de sus voceros, no ha dejado de insistir en que hay que securitizar a la totalidad de la vida en colectivo, por un lado; y, por el otro, de incrementar la presencia del Estado. Y es que, sin importar las divisiones ideológicas, en la intelección que hace Occidente del terrorismo, desde la derecha hasta la izquierda, el consenso dominante en el diagnóstico es que éste es un fenómeno inherentemente externo a las características de la sociedad occidental a la se pertenezca.

En México, por ejemplo, no han faltado los conservadurismos que ven en la actual situación migratoria del país, en la diversidad de religiones profesadas, y en los conflictos que están surgiendo a raíz de las reformas estructurales que está llevando a cabo el gobierno de López Obrador, la principal amenaza a la seguridad nacional del Estado, en el entendido de que cada uno de esos fenómenos lleva en sí el germen de una posible catástrofe terrorista para el país. La consecuencia lógica inmediata en esta manera de proceder, para combatir al fenómeno en cuanto tal es, por consecuencia, que hay que procurar realizar una suerte de purificación de la sociedad, acompañada de una mayor presencia de las instituciones del Estado (con especial énfasis de las fuerzas armadas) y de una estrategia de combate que sea capaz de eliminar a la amenaza en cuanto se presente.

El problema con esta visión, además de la evidente incomprensión que se tiene y se reproduce del Islam y del carácter cultural de otras poblaciones, es que no se termina de entender que no es ningún vació de poder ni un abandono o ausencia del Estado lo que facilita el surgimiento del terrorismo dentro de una sociedad. Por lo contrario, si algo ha mostrado la historia de este fenómeno, con casos paradigmáticos como los de Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski —Secretario de Estado de Nixon y Ford, y Consejero de Seguridad Nacional de Carter, respectivamente—; en la formación grupos paramilitares, ejércitos y milicias en Oriente Medio, en África, en Asia y América para balcanizar a sociedades completas, es que el terrorismo, para operar, requiere de la presencia del Estado y del gran capital: ambos son su condición de posibilidad, y no la solución que los elimina.

Christchurch, de nueva cuenta, es un caso paradigmático (al igual que el resto de los casos citados, y todos aquellos que por extensión de esta reflexión no alcanzaron a integrarse), para poner en cuestión ese supremacismo cultural de Occidente que, de tanto en tanto, se manifiesta en expresiones radicalizadas de sí mismo, como el supremacismo racial, el étnico, el religioso, el clasista, etc., pero que, en definitiva, no son estos una antítesis o una negación de aquel. Habría que comenzar a pensar, en este sentido, en todos esos espacios y tiempos que, en la cotidianidad, muestran los rasgos ya de esos comportamientos que en coyunturas específicas estallan en masacres como las aquí referenciadas.

Pero no solo, pues, además, individualizar a la violencia, por la vía de la construcción psiquiátrica de los lobos solitarios que perpetran masacres en contra de su propia sociedad o de otras poblaciones, no únicamente coadyuva a invisibilizar el trato diferencial que se da cuando el acto lo comete un supremacista blanco o por un individuo negro, un musulmán, un latino, etc.; sino que, aunado a ello, exculpa a la sociedad misma, a los regímenes políticos de los que se sirve y al modelo de producción, de circulación y de acumulación de capital que los determina, de la responsabilidad que tienen en la reproducción de la violencia social, colectiva.

Foto: Janek Skarzynski / AFP/Getty Images, 2017.

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  2. FRANCIA OLIVA BONILLA OSORIO 26 marzo, 2019 en 9:42 am

    Información importante de política internacional

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