Más allá de la conservación y del desarrollo sustentable.

No es posible que no estemos destinados a cumplir, de manera fundamental, una función en el Cosmos. No es posible que no tengamos un papel que cumplir en el planeta.

Cintillo3

Después de muchos años de haberse planteado la necesidad de la conservación del capital natural, y prácticamente treinta años de haberse formulado el concepto de Desarrollo Sustentable, pero ante la evidencia de que seguimos utilizando los recursos naturales más allá de su capacidad de regeneración, es momento de revisar este propósito y paradigma para ubicar las limitaciones teóricas y metodológicas que parecen tener y que presumiblemente no le han permitido la efectiva conciliación entre sociedad y naturaleza, medio ambiente y desarrollo o economía y ecología.

Aparentemente no han evidenciado en forma debida la magnífica oportunidad que representa atender al medio ambiente para que así la sociedad global dedique suficiente inversión de recursos financieros, científicos, tecnológicos y humanos al tema ambiental.

En primer lugar, parece que debemos de volver los ojos a la manera en cómo nos auto entendemos.

Si la naturaleza en la Tierra y el universo han transitado de los fenómenos físicos a los químicos, de estos a los biológicos y finalmente a los antropológicos, podemos afirmar que hay una continuidad y un sentido en esta transformación. No es posible que no estemos destinados a cumplir de manera fundamental una función en el Cosmos. No es posible que no tengamos un papel que cumplir en el planeta.

Si somos parte de un conjunto somos necesariamente un componente de su funcionamiento. Aquí entonces es importante señalar que, bajo esta lógica, el ser humano, su vida, sus hechos y su conciencia son cualidades de la naturaleza pues él existe y piensa entre otras muchas otras cosas gracias a las interacciones gravitacionales y electromagnéticas, gracias a una estabilidad térmica, a la presencia de elementos, compuestos y reacciones químicas y a la existencia de la vida y de una muy amplia biodiversidad.

Pero no solo eso. Además, como ya se apuntaba más arriba, somos el resultado de la historia natural del planeta y de la historia del universo, de ahí que nuestra pertenencia al mismo sea absoluta y no superficial o coyuntural.

La peculiaridad, entonces, de nuestra especie, la ciencia, la técnica, el arte y los valores espirituales, no niega su integridad e identidad al todo, pues en sí mismo, nuestro ser, cada uno de nosotros, somos una unidad física-química-bio-antropológica.

Lo anterior determina también que el conjunto de problemas y contradicciones sociales son problemas tan ecológicos como la deforestación, la polución o el cambio climático. Si el hambre, la desigualdad, la discriminación, la iniquidad de género, la inseguridad, la violencia, el genocidio etc., afectan a la parte humana de la naturaleza, son problemas ecológicos y no puramente sociales. Parece así indispensable señalar que debemos partir de una unidimensionalidad de lo natural para desagregar las especificidades que la componen y de ahí derivar que la ecología es entonces la ciencia de ciencias, que toda forma de conocimiento es conciencia de la naturaleza, y que la filosofía es amor al conocimiento del Ser y la Conciencia Universal.

De aquí parece indispensable revisar también la historia de nuestras creencias (Linn White Jr.), pues todo parece indicar que esta conciencia, la conciencia ecológica, es algo nuevo, inédito en el devenir de nuestra cultura. Las religiones nos han dicho otra cosa y el humanismo racionalista ateo (Enrique Leff) también. Pensar, por un lado, que somos cúspide de la creación; y por otro, la cúspide de la evolución; nos ha situado en lugar aparentemente privilegiado y de excepción donde además parecería que somos una singularidad tan excepcional que todo habría de estar a nuestra disposición, ser servidos sin servir.

Creo así que podemos deducir que estas creencias son las que explican una inclinación narcisista o egocéntrica que denotan un estado de conciencia infantil y adolescente, un anclaje en el pensamiento mágico y de intensa autoafirmación que impiden, hasta el presente, un vínculo equitativo y funcional con el entorno (sí recibir pero también dar). El comportamiento instintivo y primario de un novato o principiante.

Todavía en la declaración final de la cumbre de Estocolmo, sobre el medio ambiente humano, se llega a afirmar. “De todas las cosas del mundo, los seres humanos son lo más valioso” ¿Qué puede valer más, el todo o una parte? La especie humana en este sentido demuestra su juventud, por otro lado su inmadurez y la natural dependencia ecológica propia de un proceso formativo hacia la conciencia ecológica; y en la práctica, hacia la autosuficiencia y rentabilidad en este sentido (producir más capital natural del que se consume).

Creo que es fácil constatar que la recolección, caza y pesca propia de las sociedades nómadas, la producción agropecuaria y, por último, la era industrial, se han conducido predominantemente bajo una relación de intercambio desigual con la naturaleza y que las crisis y devastación ecológicas no han sido un evento exclusivo de la “modernidad” (Jared Diamond y Raymond F. Dasmann).

No se trata de minimizar o equiparar en este aspecto presente y pasado. Por supuesto que la era industrial ha sido la más devastadora y la que ha rebasado por mucho la capacidad de regeneración planetaria, pero sí parece importante señalar la continuidad y misma esencia de las sociedades antiguas con las presentes.

En cuanto diferencia, es importante resaltar que las sociedades y culturas politeístas y contemplativas como el budismo, el taoísmo y el yoga muestran una mayor proclividad a una cercanía con la naturaleza. De ahí que veamos cómo las culturas indígenas y del lejano oriente defienden y enaltecen con destacado ahínco al ambiente (Víctor M. Toledo y Narciso Barrera-Bassols en México y Guayasén Carballo Hernández).

En este punto parece procedente afirmar que, por todo lo expuesto, se ve evidente que la relación de intercambio desigual entre la sociedad y la naturaleza se reproduce en las relaciones sociales, no al revés, como han sugerido varios autores, y que por tanto la solución de las contradicciones sociales depende en última instancia del logro de un comportamiento funcional con el entorno.

Aquí es necesario cuestionar, consecuentemente, los propósitos de la conservación o preservación del capital natural y el paradigma del desarrollo sustentable. En primer lugar porque vivimos en un universo en expansión. Después, porque ninguna especie vegetal o animal se reproduce uno a uno. Todas tienden al crecimiento y al desarrollo de sus poblaciones por tanto se ve como contradictorio que un capital, el natural en este caso, simplemente se conserve.

Ya más arriba se hizo mención de la rentabilidad ecológica, producir más capital natural del que consumimos. Lógico es pensar, en este sentido, en el ahorro, en la producción y productividad ecológica de los seres humanos, en una razón de costo-beneficio ambiental y una economía de los ecosistemas. Que la economía y la sociedad incrementen permanentemente la cantidad y calidad de los bienes y servicios ambientales. No solo conservar, proteger y restaurar sino enriquecer, fortalecer y acumular constantemente el capital natural.

Establecer verdaderamente un equilibrio ecológico entre nuestra especie y el entorno, adecuando el consumo a la reproducción natural e inducida del capital natural, materializar por otro lado una utilidad ecológica del ser humano, de la ciencia y la tecnología y de la propia economía. Integrar sí a la economía la valoración de los ecosistemas pero sobre todo desarrollar y darle un valor ecológico a la economía y los procesos productivos. En otras palabras hacer de las actividades productivas un componente funcional de los ecosistemas.

Solo así, bajo estos criterios, se ve la magnífica oportunidad de invertir en la naturaleza. La mera conservación no es opción, la mera conservación se revela opuesta al desarrollo.

El desarrollo sustentable (DS) se refiere, parece tautológico, a la sustentabilidad del desarrollo, a la continuidad del soporte ecológico de las actividades productivas y de consumo del ser humano, otra vez el beneficio social por antonomasia, la naturaleza en función de nuestra especie. Por el contrario, un desarrollo ecológicamente útil y ecológicamente rentable invierte los términos. Dar por encima del recibir, o en el dar está el recibir. La cortesía por encima de la egolatría.

No se trata por supuesto de desechar esta fórmula, únicamente adecuarla a un fin funcional. (El yo funcional de Freud en juego del ello impulsivo y el súper yo represivo). Ni la explotación de la fuerza de trabajo, ni la pobreza, ni el hambre o la desigualdad han frustrado el éxito reproductivo de nuestra especie. Por otro lado, tampoco la inequidad de género o la discriminación, las guerras o el genocidio no nos ha llevado a la autodestrucción. Pero el desastre ecológico sí nos pone en riesgo y pone en riego que es lo más importante todo el proceso evolutivo en el planeta. Por eso se puede firmar que el mayor problema y la peor injusticia es la ambiental.

*Imagen: YouTube, 2018

El proyecto ‘Op-ed’ del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional tiene el objetivo de ampliar y potenciar el rango de opiniones que circulan en el debate público nacional e internacional.

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