Octubre del 68: memoria, política y capital

Cincuenta años no son nada fáciles de sobrevivir en este país. Son, en verdad, un inmenso abismo temporal cuya profundidad, en la actualidad, hace cada vez menos posible a cada nueva generación de mexicanos y mexicanas el dimensionar la magnitud de todo lo perdido, todo lo arrebatado y todo lo asesinado aquella noche y durante su largo y prolongado postludio, cuya sombra aún hoy nos abraza.

2 de Octubre de 2018. Hoy, hace cincuenta años, el Estado mexicano hizo gala de su vocación totalitaria y represiva ejecutando una carnicería de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco. Aquel, por supuesto, no fue el primer baño de sangre del que las instituciones y el Estado de Derecho en México se sirvieron para hacer valer su propia racionalidad, su raison d’Etat. El México profundo del que en algún momento escribió Bonfil Batalla, para el 68, ya era un espacio consagrado para ensayar el exterminio institucional y silencioso de los sectores poblacionales que se oponían, en primer lugar, al curso de la modernización del país; y en seguida, a los intereses anquilosados en su andamiaje gubernamental y su iniciativa privada. La diferencia del 2 de Octubre era, por tanto, que el asesinato no se había cometido en la oscuridad ni en el silencio, sino todo lo contrario.

Cincuenta años de historia se dicen facil. Tanto, que la nostalgia y las memorias romantizadas de los sucesos proliferan en los momentos próximos a la celebración de algún acto conmemorativo. La fuerza de arrastre del pasado, y de ese pasado en particular, es tan grande que se hace imposible el no sentir la imperiosa necesidad de regresar a sus consignas, como en una suerte de eterno retorno, en donde el imaginario colectivo nacional hallaría, por lo menos, algunas de las respuestas que hoy no tiene para salir de la situación de descomposición social en la que se encuentra. Así, aquel es un pasado glorioso no porque se lo martirice, sino porque en los resabios de memoria que aún se encarnan en las figuras de los sobrevivientes el 68, o por lo menos del periodo que va de Julio a Octubre de ese año, se recuerda como el momento clímax de un verdadero y profundo compromiso del mexicano con su propia historia, con el pasado que tanto se negaba, con el presente del que tanto huía y con el futuro que tan incierto le parecía.

Pero cincuenta años no son nada fáciles de sobrevivir en este país. Son, en verdad, un inmenso abismo temporal cuya profundidad, en la actualidad, hace cada vez menos posible a cada nueva generación de mexicanos y mexicanas el dimensionar la magnitud de todo lo perdido, todo lo arrebatado y todo lo asesinado aquella noche y durante su largo y prolongado postludio, cuya sombra aún hoy nos abraza.

Hoy, en una realidad, el 68, en general; y el 2 de Octubre, en particular; le sigue diciendo mucho a la sociedad que parió sobre los cadáveres que lo colmaron y al proyecto de nación que se edificó sobre las ruinas de su historia. El trauma es, no obstante, que a pesar de lo mucho que dice, son pocos los oídos que le prestan atención, y son menos los sectores de la población para los cuales aún significa algo que sea digno de seguir recordado, algo por lo cual siga valiendo la pena salir a protestar, más allá de si ello tiene un impacto directo en la gestión gubernamental vigente o no.

Por supuesto que los sobrevivientes, no sólo de la masacre de Tlatelolco sino del propio 68, en general, siguen siendo un asidero al cual es posible anclarse si se desea tener un referente inmediato de ese pasado. La transmisión de sus vivencias hacia las generaciones que les siguen ha sido un ejercicio fundamental para mantener con vigencia el recuerdo general de que algo sucedió en nuestro pasado común que es preciso no dejar ir, menos aun cuando los esfuerzos gubernamentales en pos de la reconstrucción de ese recuerdo han sido tan avasalladores, en términos de la construcción de un memorial del 68 por completo despolitizado y cuyas consignas ya son bandera corriente de la política social o de los institutos políticos que se autodenominan herederos exclusivos de su legado.

Sin embargo, ello no es suficiente. La transmisión oral de los sucesos del 68, de quienes lo vivieron hacia sus allegados, es una expresión marginal si se la compara con lo mucho que ha crecido la población de México y con lo mucho que se ha ensanchado el archivo de su historia. A nivel colectivo, es un hecho que sólo algunas organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles, pero sobre todo y fundamentalmente las universidades públicas (en particular las que en el 68 aún buscaban conservar cierta vocación popular: la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional, la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Autónoma de Chapingo, etc.), son hoy espacios privilegiados en los que se lleva a cabo un permanente y sistemático ejercicio de trabajo de la memoria histórica del 2 de Octubre y de sus legados.

Y ello, por supuesto, no sin el tener que lidiar con una serie de conflictos y tensiones que, como dan cuenta las actividades académicas y culturales organizadas este año por la rectoría en turno de la Universidad Nacional, o la remoción de placas con el nombre de Gustavo Díaz Ordaz en diversos puntos del espacio público urbano, por parte del Gobierno de la Ciudad de México, pretenden tanto el arrebatar la autoría intelectual y el legado de las movilizaciones a los sectores populares cuanto el ocultar y el negar la historia misma de los sucesos; y con ello, despolitizar a ese trabajo memorístico para sustituirlo por el puro acto de rendirle culto, sin actualizar sus consignas y sin pretender mantener vivo el recuerdo.

Negar que el 68 le parece cada vez más lejano a cada vez más mexicanos y mexicanas que viven su cotidianidad por fuera de esos circuitos de trabajo permanente de la memoria colectiva nacional es, por un lado, equivalente a reproducir el absurdo del discurso normativo imperante en el que los beneficios (esas pretendidas libertades, igualdades y democratizaciones, etc.,) obtenidos de la vivencia sangrienta del 2 de Octubre son la experiencia que en verdad se tiene que rescatar y salvaguardar de cualquier retroceso —haciendo de la masacre el precio justo que hubo que pagarse para gozar de nuestra condición moderna—; y por el otro, idéntico a negarse a reconocer que si esa es la realidad que impera en nuestra sociedad, ella misma se debe a que en la autocomplacencia en la que vivimos estos últimos cincuenta años permitimos que el capitalismo neoliberal se apropiaría de cada una de las consignas del movimiento.

Y es que sí, es cierto, en el 68 se buscó enfrentar a un sistema social jerárquico y centralizado, en muchos sentidos puritano de manera hipócrita y no siempre velada, excesivamente solemne y cortesano. Sin embargo, al conseguirse desmontar algunas de esas estructuras, al renunciar a la permanente construcción de un proyecto político común y siempre autocrítico, el mercado logró, asimismo, apropiarse de cada consigna para hacerla gravitar sobre la posibilidad de que cualquier individuo sea capaz de acceder a un cumulo cada vez mayor de mercancías.

Por eso hoy ya no es necesario, en el marco de una era digital comandada por la informática y la lógica voyerista de sus redes virtuales, el tener que protestar por una mayor liberación sexual del individuo, porque es el propio mercado el que se encarga de promover una imagen de la individualidad saturada de sexualidad. No es necesario protestar por entornos laborales con mayores facilidades y comodidades para las masas trabajadoras, pues, con salvedad de los sectores más pauperizados de la fuerza de trabajo nacional, las clases medias disfrutan de la libertad que les ofrece el mercado de saberse empresarios de sí mismos. No es necesario, tampoco, protestar contra el endurecimiento de los aparatos represivos del Estado, pues es el mercado el que se encarga de dispersar, atomizar y anular a las resistencias sociales con concesiones materiales. Y no es necesario, en fin, protestar en contra de la carencia absoluta de todo cuanto disfrutaron los trabajadores de mediados del siglo XX, pues basta con vivir el momento disfrutando de los placeres que el mercado provea.

He ahí la importancia de trabajar de forma reiterativa no la conmemoración de un suceso en y por sí mismo —como se pretende que sea a partir de su despolitización—, sino de la memoria que se construye y (re)construye en torno de la historia de esta sociedad, pues es sólo en ese reducido espacio de acción en el que es posible formular potencialidades que sean capaces de romper con la inercia y la dinámica propias de la lógica del mercado neoliberal. Poco importa si con la movilización social que se realiza cada 2 de Octubre el gobierno en turno o los intereses privados que controlan a la economía nacional le realizan alguna concesión a las masas (como un incremento salarial, una extensión de la política de desarrollo, o similares y derivados), pues el objetivo practico de la propia movilización no es de carácter utilitarista: su finalidad última es la memoria misma y las posibilidades que por medio de ella se abren para construir imaginarios colectivos nacionales, para construir identidad y comunidad.

Mantener vivo el recuerdo no es sólo un acto necesario para no repetir la historia y para no perder el rumbo de la autocrítica en la estructuración de nuestro organización política colectiva; es, antes bien, un imperativo para sabernos a nosotros mismos como los sujetos de nuestra historia: sujetos que, de renunciar a sus responsabilidades con la misma, corren el riesgo de que ésta les sea expropiada por el mercado. ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!

*Imagen: Redes Sociales, 2018

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