¿Quo vadis Europa?

A pesar del Brexit, la UE no se detuvo como tanto se temía en su momento, ha seguido avanzando bajo el impulso de un sexto escenario que luego de uno de los episodios más oscuros de la integración europea, pretende un relanzamiento del proyecto europeo bajo varias propuestas y medidas que implican los planteamientos federalistas, como lo son principalmente el proyecto de completar la UEM y la PESCO.

“El viento vuelve a henchir las velas de Europa. Pero no avanzaremos si no aprovechamos ese viento. (…) Debemos trazar el rumbo de cara al futuro. Como escribió Mark Twain, dentro de unos años lamentaremos más las cosas que no hicimos que las que hicimos. Ahora es el momento de construir una Europa más unida, más fuerte y más democrática para 2025”.

Jean Claude Juncker, discurso sobre el estado de la Unión, septiembre 2017

Es innegable que la Unión Europea (UE), el proceso de integración regional más acabado de las relaciones internacionales ha venido atravesando por una serie de crisis sucesivas desde la década pasada, cuya manifestación más evidente ha sido la salida en curso del Reino Unido de este bloque regional. En realidad, el triunfo del Brexit en el Reino Unido a mediados de 2016, no fue más que la culminación de una serie de problemas experimentados por el proyecto de integración europeo, que parecían llegar a un punto culminante en ese momento.

Estas turbulencias pueden rastrearse desde la crisis económica mundial de 2008, o incluso antes.[i] Los efectos de esta crisis, de carácter global, fueron especialmente notorios en varios países miembros de la UE, aumentando la brecha de la desigualdad existente entre los Estados ricos y pobres, y afectando la calidad de vida de millones de ciudadanos europeos. Por otra parte, los conflictos fuera de Europa, como la guerra civil siria o las guerras y el hambre en África, han arrojado a millones de personas en busca de una vida mejor en el viejo continente, causando una crisis migratoria que ha puesto en cuestión no solo la cohesión de la Unión, sino la crisis de los valores que dice encarnar.

 Por si fuera poco, ante el debilitamiento del Estado de bienestar europeo y las presiones migratorias, el panorama político ha atestiguado la fuerza adquirida por los partidos de extrema derecha y con ellos, el resurgimiento de los nacionalismos, que en varios casos, rechazan abiertamente la integración europea. Esta marea populista se nutre a su vez de posiciones xenófobas y excluyentes, justo lo opuesto a lo que dio origen a la integración europea.

En medio de esta tempestad, por primera vez en la historia, un país miembro manifestaba su voluntad de salir de la UE, sentado con ello no sólo una honda fractura en la integración europea, sino probablemente, la peor crisis por la que había atravesado. Se vislumbraba la posibilidad de que Europa se desintegrara política, social y económicamente, tan es así que Jean Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, llego a declarar que la UE pasaba por una crisis existencial.

En este escenario surgieron, como era de esperarse profundos cuestionamientos sobre cuál podría ser el futuro de la UE, cuál sería el rumbo que adoptaría una Europa de 27 miembros que perderá a un actor fundamental del proceso de integración, a pesar de que nunca se trató de un europeísta convencido.[ii] Dentro de este debate sobre el futuro de la Unión, uno de los documentos más importantes ha sido sin duda el Libro Blanco de la Comisión Europea, presentado en marzo de 2017 por el presidente de la Comisión (Comisión Europea, 2017).

El Libro Blanco presentó cinco posibles escenarios que delinearían el futuro de la UE. Algunos de estos escenarios vislumbraban un futuro marcado por el pesimismo debido al momento histórico en el que fueron concebidos. Es el caso del primer escenario que llamaba simplemente a “seguir como hasta ahora”, es decir, sin cambios, por lo cual, de acuerdo al propio Jucker, sería la opción más incómoda pues es evidente que son necesarios varios cambios para salir de las crisis que solo han ido acumulando sus efectos. Entre estos cambios, se ha hablado de una posible reforma de los tratados para poder seguir adelante.

En una tesitura similar, el segundo escenario plantea “solo el mercado único”, es decir, limitar la UE a la libre circulación de bienes y servicios, pero no de personas. Ello supone centrarse en la economía y renunciar a políticas comunes en cuestiones como defensa, refugiados, inmigración o seguridad, temas en los que tradicionalmente ha sido difícil avanzar debido a la renuencia de los Estados miembros a ceder competencias en estas materias.

Por otro lado, el tercer escenario es la llamada “Europa a distintas velocidades”, un concepto acuñado hace décadas y que se refiere básicamente al avance de la integración en diferentes bloques, lo que supone la existencia de coaliciones o grupos de países que tienen la voluntad y capacidad para profundizar en cualquier aspecto de la integración (fiscalidad, seguridad, medio ambiente), pero dejando atrás a los países que no puedan o decidan no profundizar la integración. Este fue identificado por Juncker como el escenario más realista, pues es lo más parecido a lo que existe hoy en día, y quizá el ejemplo más evidente de ello es la existencia en los tratados de las cláusulas opt-out y opt-in, que permiten a los Estados miembros quedar al margen de aspectos concretos.[iii]

El cuarto escenario propuesto por el Libro Blanco es “hacer menos pero hacerlo mejor”, es decir, federalizar todo lo que es federalizable y devolver todo lo demás a los Estados miembros. Esta opción, al igual que el escenario 2 también supone un retroceso, pues sería como reconocer que no hay fuerza o voluntad suficiente para seguir profundizando la integración.

El sueño federal ante el resurgimiento del nacionalismo

El último escenario del Libro Blanco contrasta por completo con las opciones 2 y 4, al ser el escenario más idealista, pues llama a perseguir el sueño federal. El horizonte federal o federalizante, ha estado implícito en el proceso de construcción e integración europea desde sus inicios en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. El propósito más añejo y más complicado de la conformación de las Comunidades Europeas en los años cincuenta, y luego de la actual Unión Europea ha sido llegar a ser algo más que una mera asociación de Estados para convertirse en una federación de Estados, o en un Estado federal.

El horizonte federal ha sido parte activa del desarrollo del proceso de construcción europea, aun cuando las Comunidades Europeas comenzaran siendo una alianza intergubernamental abierta al desarrollo de mayores fórmulas de integración supraestatal. Uno de los artífices del proceso, Jean Monnet, lo tenía claro incluso desde mucho antes de su puesta en marcha. En 1943, en plena guerra mundial Monnet escribía: “No habrá paz en Europa si los Estados se reconstruyen sobre la base de la soberanía nacional. (…) Son demasiado pequeños para garantizar a sus pueblos la necesaria prosperidad y el desarrollo social. Los Estados europeos deben constituir una federación” (Unión Europea-Padres fundadores).

A pesar de la inspiración de la que el federalismo ha dotado al proyecto europeo, tradicionalmente han existido importantes reticencias de los Estados miembros a ceder mayores atribuciones a la UE. La soberanía nacional, muy ligada a la independencia política de los Estados siempre ha influido de manera importante en el ánimo de los Estados miembros. Sin embargo, el federalismo siempre ha tenido adeptos: entre los Estados miembros, el eje franco-alemán como artífice de una mayor profundización de la integración, y entre las instituciones: la Comisión como defensora de los intereses de la Unión en su conjunto, así como el Parlamento Europeo.

En la actualidad importantes líderes políticos como Gay Verhofstadt, líder desde 2009 del Partido de la Alianza de los Liberales y los Demócratas (ALDE) han tomado una posición cada vez más favorable hacia el federalismo, siguiendo la premisa de que una Europa dividida es una Europa débil. En términos generales, una reforma federal de la UE implicaría crear una unión fiscal, monetaria y política entre todos los Estados miembros. Esto conllevaría la centralización de varios aspectos de la organización política que actualmente están en manos de los Estados miembros. El poder que estos tienen para ejercer su soberanía nacional tiene como costo una falta de coherencia en las políticas europeas.

A eso se refiere Verhofstad cuando ha declarado que «el problema es que no hay suficiente Europa» (Verhofstad, 2011). El federalismo europeo implicaría la reforma de los procesos de toma de decisiones, cambiando, por ejemplo, el sistema de voto del Consejo de la Unión Europea de voto unánime a mayoría simple. Actualmente, ciertas decisiones que afectan a toda la Unión (política exterior y de seguridad, ciudadanía, finanzas) solo pueden ser tomadas si los aún 28 miembros están de acuerdo. Los federalistas sostienen que eliminar este requisito puede acortar el periodo de deliberación y habilitar a la rama ejecutiva para tomar decisiones manera más rápida y eficaz.

Pese a estos argumentos, al ser invocada en uno de los momentos más oscuros de la integración europea, la opción federalista fue considerada demasiado ilusoria, más lejana que nunca, sobre todo ante el resurgimiento de la ultra derecha nacionalista. Esto fue especialmente evidente durante el año pasado, cuando el discurso euroescéptico y ultraderechista de algunos partidos políticos gano terreno en países clave de la UE como Francia, donde el Frente Nacional encabezado por Marine Le Pen,[iv] incluso llego a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Además, en otros países donde se han celebrado elecciones, como Holanda, Alemania, o recientemente, Italia, los partidos ultraderechistas también han ganado importantes espacios en los parlamentos nacionales.

Sin embargo, cabe hacer hincapié en que el resurgimiento de reivindicaciones nacionalistas no ha sido un fenómeno exclusivamente europeo. Así lo demuestra el ascenso y posterior llegada de Donald Trump a la presidencia de EE UU, donde los planteamientos nacionalistas han sido acompañados por el proteccionismo económico, el aislacionismo en determinados asuntos de política exterior y una fuerte presencia de la xenofobia, reforzada por amplios sectores de la sociedad.

El auge de los partidos de ultra derecha con planteamientos populistas se ha extendido por el continente europeo en los últimos años. En 2005, estos partidos estaban presentes en los parlamentos de 13 países miembros de la UE, mientras que hoy en día se han hecho presentes en 25 de los aún 28 miembros de la UE.[v] En ese sentido, una de las causas principales para esta creciente presencia han sido los efectos de la crisis económica de finales de la década pasada.

De hecho, los puntos de inflexión en la crisis de confianza de los ciudadanos hacia la UE han surgido con las grandes recesiones económicas en 1992 y 2008. El descenso del apoyo europeo ha coincidido con las crisis o recesiones económicas, correlacionada también con un descenso de confianza en las instituciones de gobierno nacionales. Los países más afectados por la crisis económica reaccionaron de forma más crítica con las instituciones europeas por las medidas de austeridad impuestas.[vi]

Los partidos de ultra derecha se han valido del descontento generado en la ciudadanía por estas medidas, responsabilizando directamente a la UE. Además otros aspectos problemáticos de la política europea, como la crisis migratoria, también han servido a la ultra derecha para posicionarse en el espectro político europeo. De hecho, partidos de varios países miembros, como Movimiento por una Hungría Mejor (JOBBIK) y Unión Cívica Húngara (FIDESZ) en Hungría, Ley y Justicia (PiS) en Polonia o Alternativa por Alemania (AFD) en el país germano entre otros, criticaron las políticas comunitarias de las cuotas de refugiados,[vii] convirtiendo la cuestión en una defensa nacional.

Un nuevo escenario y sus obstáculos

Pese a lo que se había pensado, el Brexit no se convirtió en el inicio del fin de la UE. Aunque la incertidumbre en torno al futuro de la integración europea continua, algunos sucesos en el panorama político europeo permitieron abrigar expectativas más alentadoras. Poco más de un año después de la consulta sobre la permanencia de Reino Unido en la UE, las elecciones en Francia y Holanda fueron considerados acontecimientos decisivos para el devenir de la UE. Pese al avance de los partidos nacionalistas en los últimos años, en ambos países estos partidos fueron derrotados.[viii] Por otra parte, los Estados miembros mostraron unidad ante el Reino Unido en torno a las negociaciones para su salida de la UE. Además, la situación económica mejoró, con un crecimiento del 2.5% (Eurostat) y con ello, también vino cierta recuperación del apoyo ciudadano al proyecto comunitario, visible en los comicios.

Estos indicios le permitieron a Jean Claude Juncker hablar del futuro de la UE en términos más optimistas en septiembre pasado, en su discurso sobre el Estado de la Unión (Comisión Europea). Pese al debate suscitado sobre los cinco escenarios del Libro Blanco, el presidente de la Comisión anuncio que ninguno de dichos escenarios le convencía del todo. En su lugar, decidió apostar por un “sexto escenario”, que tendría como objetivo crear una Europa más unida, más fuerte y más democrática, que incluya la igualdad entre ciudadanos y los valores compartidos, con un horizonte temporal doble: por un lado 2025 (pensando en la reforma de los Tratados) y por otro, 2019 (donde se aplicarían las innovaciones que permitan los Tratados actuales).

La idea detrás del “sexto escenario”, luego de un periodo de incertidumbre y pesimismo (que no se puede considerar del todo cerrado) es aprovechar la salida del Reino Unido, el país de las excepciones y del rechazo a la profundización de la integración europea, para integrar a todos los países miembros de la UE en la eurozona, la Unión Bancaria[ix] y el espacio Schengen. Además, esta Unión Europea revigorizada se extendería geográficamente recibiendo a algunos pequeños países balcánicos como Serbia y Montenegro, mientras por otra parte, la adhesión de Turquía, país candidato a la adhesión desde 2005, parece cada vez parece menos probable.

Para lograr los objetivos del sexto escenario han surgido una serie de importantes propuestas. Así, con el fin de integrar a todos los países miembros de la UE en la eurozona, el presidente de la Comisión propone la creación de un Fondo de Convergencia que proporcione ayuda técnica y financiera. En coherencia con este enfoque, Juncker se ha opuesto a crear un presupuesto separado y un Parlamento para los países de la eurozona, propuestos por Emmanuel Macron. En todo caso, Juncker defiende que se puedan destinar partidas específicas dentro del presupuesto común.

Por otra parte, entre los cambios que ha traído consigo la inminente salida de Reino Unido de la UE, está la nueva configuración Parlamento Europeo. En ese sentido, el presidente francés propuso repartir los 73 escaños que dejarán de pertenecer a Reino Unido entre el resto de los países miembros. Sin embargo, la propuesta sólo fue medianamente aceptada, ya que el Parlamento decidió reducir el total de escaños de 751 a 705 y de los 73 escaños vacantes, 46 se reservarán para futuras ampliaciones y los 27 escaños restantes se repartirán entre 14 países (Parlamento Europeo).

El avanzar hacia una mayor representatividad es una gran preocupación en un momento en el que es especialmente importante lograr una mayor legitimidad ante la ciudadanía europea. En ese sentido, Juncker ha defendido la idea de los Spitzenkandidaten (cabezas propuestos por los grupos políticos en el Parlamento Europeo) para elegir a su sucesor, como lo fue él, tras las últimas elecciones europeas con un plus de legitimidad respecto al nombramiento directo por parte el Consejo Europeo.

Otras propuestas pretenden mejorar la gobernanza y el diseño institucional de la Unión. Se ha barajeado la idea de fusionar los cargos del presidente de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, con lo cual se lograría tener una voz institucional más unificada hacia el exterior. También se menciona la creación de un puesto de ministro de Economía y Finanzas para la eurozona que presidiría el Eurogrupo y sería comisario (con el rango de vicepresidente), con lo que mejoraría la coordinación de las políticas económicas.

La eurozona está incompleta no sólo institucionalmente, también faltan piezas en su diseño económico. En particular, el marco actual de la política fiscal es insuficiente, pues permanece descoordinada en manos nacionales, sujeta a un conjunto de normas y sanciones que han ido perdiendo credibilidad. La fórmula pensada para mejorar esta situación es transformar el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo, que tenga usos más amplios y menor condicionalidad. No estaría limitado a ayudar a los países sólo en el caso de situaciones extremas y podría actuar como respaldo del Fondo de Resolución Único si éste resultase insuficiente. (Comisión Europea: culminación de la Unión Económica y Monetaria).

Evidentemente, las propuestas que se desprenden del “sexto escenario”, guardan cierta concordancia con la apuesta federalista, pues en su mayoría están enfocadas a la profundización de la integración existente, lo cual habla de la vitalidad del proceso de integración europeo. Pero aún hay obstáculos considerables para la profundización de la integración europea. Uno de ellos es que un buen número de Estados de la UE (la mayoría de Europa del Este y países como Dinamarca, Suecia) son reticentes no solo a una mayor integración de carácter federal, sino incluso a participar en políticas actualmente en vigor.

Algunos de los países que no pertenecen a la eurozona, como Polonia, se encuentran cómodos en esa situación pues es sabido que existen inconvenientes de pertenecer a la eurozona,[x] como se puso de manifiesto durante la crisis. Además, aunque en teoría todos los países de la UE (con la excepción de Dinamarca que junto con Reino Unido se autoexcluyo de este proceso) terminaran perteneciendo a la eurozona, en la práctica pueden retrasar permanentemente su entrada, como lo ha hecho Suecia.[xi]

Por otro lado, algunos Estados de Europa del Este no profesan el mismo entusiasmo respecto a los valores fundamentales de la UE, como la democracia, los Derechos humanos, el estado de Derecho y la tolerancia, lo que dificulta el avance en determinadas políticas. Esto ha sido especialmente evidente en el caso de la crisis migratoria que llego a convertirse en una crisis política.

Una crisis migratoria y de valores

La llegada descontrolada de miles de personas al continente europeo, que en 2015 llego a alcanzar la cifra de 1 200 000 personas (Organización Internacional para las Migraciones, 2016),[xii] trajo consigo el surgimiento de actitudes de racismo y xenofobia, poniendo en cuestión los principios y valores europeos que incluso están consagrados en los textos fundamentales de la Unión.[xiii] Es por ello, que al hablar de la crisis migratoria, se habla también de la crisis de valores de la UE.

Por si ello fuera poco, varios países miembros, principalmente países del Este como Hungría y Rumania, manifestaron su deseo de fortificar a Europa, construyendo muros y vallas para impedir el paso de los migrantes y solicitantes de asilo. En general, la respuesta europea ante la crisis migratoria fue tardía, descoordinada y errática. Como se ha mencionado, se propusieron soluciones como repartir, por medio de un sistema de cuotas, a los inmigrantes que llegaran a suelo europeo, sin embargo, como resultado del racismo y la marea populista que invadió el continente, varios países se opusieron a estas medidas.

Por otra parte, los atentados que en los últimos años han tenido lugar en ciudades como París, Bruselas, Londres o Barcelona, reivindicados por el Estado Islámico, también influyeron en políticas para tratar de detener el flujo de los inmigrantes, bajo el concepto de proteger la seguridad de las fronteras de Europa. En consonancia con las políticas populistas, los atentados reavivaron el discurso que intenta relacionar a los refugiados con el terrorismo, del que de hecho, huyen.

En un contexto de aumento de la xenofobia y de rechazo a los refugiados, la UE firmó, en marzo de 2016, un acuerdo con Turquía por el que este país se comprometió a contener el flujo migratorio en la ruta de los Balcanes a cambio de 6000 millones de euros para atender a los refugiados. El acuerdo firmado para sellar la ruta migratoria del mar Egeo fue muy controvertido, las organizaciones humanitarias denunciaron que la UE vulneraba el derecho de asilo al externalizar así la gestión de la crisis de los refugiados.

Dado que la crisis migratoria ha polarizado y dominado la política europea en los últimos años, el pasado 29 de junio, los Estados miembros celebraron una nueva cumbre para llegar a un acuerdo sobre este asunto clave. Pese a que esta cumbre llegó en un momento menos complicado, alcanzar un acuerdo no fue nada fácil, más aún cuando recientemente se celebraron elecciones en Italia, donde una vez más se demostró la fuerza adquirida por los partidos de ultraderecha, pues a pesar de sus derrotas el año pasado, en países clave como Francia, Holanda y Alemania, la coalición de centroderecha, encabezada por la Liga Norte, emergió como la principal fuerza política en Italia. El nuevo gobierno italiano amenazó con vetar el acuerdo si este no satisfacía sus intereses.[xiv]

En la cumbre, luego de varias horas de negociación se llegó a un acuerdo que establece la creación de centros controlados dentro de la UE para llevar a los migrantes rescatados en el mar. En estos centros se separará a los posibles refugiados de los llamados inmigrantes económicos.[xv] Estos últimos serán devueltos a sus países de origen mientras que los demandantes de asilo serán repartidos (“reubicados”, según el pacto) por los Estados que se ofrezcan a acogerlos. Cada país decidirá “de forma voluntaria” si acoge o no uno de estos establecimientos, lo que pone fin a las cuotas obligatorias de reparto, razón por la que el acuerdo fue visto con beneplácito por los Estados que se niegan a recibir a los refugiados o migrantes irregulares.

Este acuerdo, así como el anterior con Turquía y en general, la gestión europea de la crisis migratoria, tampoco ha estado exento de críticas. Un punto particularmente polémico ha sido la posibilidad de crear plataformas de desembarco en terceros países bajo la autoridad del Alto Comisario de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Hasta ahora, ningún país africano ha dado su acuerdo para recibir en su territorio esas infraestructuras, por lo que, como sucedió con el acuerdo con Turquía, al parecer será cuestión de negociación y de algún acuerdo financiero.

Por otra parte, dado que los países decidirán de manera voluntaria acoger a los solicitantes de asilo, y varios Estados miembros han rechazado abiertamente el recibir inmigrantes, el acuerdo no permite avanzar hacia una verdadera política común en la que todos los países asuman las mismas responsabilidades, la solidaridad europea brilla por su ausencia. Además, el acuerdo promueve una política de detención de las personas que llegan a las costas europeas, lo cual, una vez más, es contrario a los principios fundamentales de la UE de solidaridad y respeto a los derechos humanos.

La Cooperación estructurada permanente

Entre todas las propuestas y medidas tomadas para relanzar la integración europea, llama poderosamente la atención la decisión tomada en noviembre pasado, de poner en marcha la Cooperación Estructurada Permanente en Defensa (PESCO), una herramienta que permitirá a los Estados miembros una colaboración militar más ambiciosa, más coordinada y con más medios. La Cooperación Estructurada Permanente en Defensa es un instrumento previsto en el Tratado de Lisboa, pero no se le había invocado hasta hace muy poco. El mecanismo permite a los países que quieran avanzar más rápido en su integración en materia defensa, desarrollar capacidades militares o participar en operaciones, si una mayoría cualificada de países lo avala.

Hasta ahora 23 de los aún 28 países miembros de la UE se han sumado a este instrumento. Los países que aún no se han sumado son Dinamarca, Malta, Portugal e Irlanda, aunque podrán hacerlo si asumen los compromisos vinculantes que acepten el resto de los países miembros en la reunión de Asuntos Exteriores que se llevará a cabo el próximo 11 de diciembre, cuando está prevista la decisión formal para aprobar la Cooperación Estructurada Permanente.

El lograr una integración en materia de defensa es un viejo proyecto. De hecho, se trata de un anhelo anterior al propio inicio de la integración económica,[xvi] pero no sería hasta el inicio de la década de los noventa, con el Tratado de Maastricht o Tratado de la Unión Europea, que se empezarían a dar pasos más firmes en esta materia mediante la creación de la Política Exterior y de Seguridad Común. Sin embargo, este proceso se ha caracterizado por su lenta evolución y su carácter reactivo, en contraposición con lo ocurrido en materia de integración económica.

Luego de años de no registrar avances significativos, el proyecto de la integración en materia de defensa fue revivido recientemente debido al Brexit, la política exterior de Donald Trump, así como por la necesidad de luchar conjuntamente contra el terrorismo yihadista, potenciar la ciberseguridad y afrontar las amenazas híbridas. En el primer caso, Reino Unido siempre había puesto obstáculos a los avances en este campo, pues por razones históricas optaba por preservar a toda costa la prevalencia de la OTAN y la relación con EEUU. Por su parte, el factor Trump también ha influido decisivamente, pues el retraimiento que ha venido impulsando EEUU, iniciado con Obama, y sus dudas sobre la OTAN, han dado un nuevo valor a la defensa europea.[xvii] Trump ha venido presionando a los europeos para que hagan más por su propia defensa, incrementando el gasto que dedican a la misma.

Es verdad que para disminuir la dependencia en la OTAN las fuerzas armadas europeas necesitan de un mayor gasto, de hecho, los países europeos ya se habían comprometido a dedicar un 2% de su PIB al gasto en defensa pero más que un mayor gasto, este tiene que ser más eficiente.[xviii] Con la PESCO, los 23 países que hasta ahora se han sumado, asumen compromisos para lograr una mayor eficiencia. De hecho, antes del anuncio de la puesta en marcha de la PESCO, la Comisión lanzó el Fondo Europeo de Defensa, de 5.500 millones de euros anuales para incentivar la cooperación industrial en este terreno. (Comisión Europea, Comunicado de prensa, 7 de junio de 2017).

Conclusiones

Después del análisis presentado, podemos afirmar que a pesar del Brexit, la UE no se detuvo como tanto se temía en su momento, ha seguido avanzando bajo el impulso de un sexto escenario que luego de uno de los episodios más oscuros de la integración europea, pretende un relanzamiento del proyecto europeo bajo varias propuestas y medidas que implican los planteamientos federalistas, como lo son principalmente el proyecto de completar la UEM y la PESCO.

Las propuestas para completar la UEM, la Unión Bancaria e integrar a todos los miembros de la UE en la eurozona, pero sobre todo, la puesta en marcha de la PESCO donde se han incluido casi todos los Estados miembros de la EU, parecen indicar que la Europa a distintas velocidades o de un núcleo que vaya por delante de los demás con una mayor integración, no es la que marcara por completo el rumbo de la UE, lo cual es una gran noticia para lograr una integración europea donde todos los socios avancen juntos.

Sin embargo, debe hacerse hincapié en que en la puesta en marcha de la PESCO, así como en otras políticas comunitarias, sí ha correspondido a los grandes (es decir, Francia y Alemania, apoyados por países como España e Italia) y a las instituciones, el estar detrás de los grandes impulsos a la integración, y evitar que, una vez que se materialice la salida de Reino de la UE, prevista para marzo de 2019, sean otros países miembros quienes frenen el proceso de integración, pues como se ha mencionado varios países miembros son reticentes a una mayor integración de carácter federal. También cabe reflexionar que si algunas políticas no se hubieran planteado en un principio como una cooperación entre unos pocos, no habrían acabado por atraer a los demás.

Pero aún se ve muy lejana una verdadera integración política que es el fin último del horizonte federalista. El liderazgo político ha intentado centrarse en problemas concretos, como ha sido el caso del acuerdo migratorio pero sin gran éxito bajo la sombra de otra de las crisis que aqueja a la UE: la crisis de valores. En este como en otros terrenos, se aprecia la manera en la que el discurso nacionalista ha ganado terreno en varios países de la UE, por lo que parece que aunque lo peor de la tormenta ha pasado, el panorama aún no está despejado y el rumbo a tomar sigue sin definirse plenamente.

 


[i] De hecho, podemos establecer que las crisis sucesivas de la integración europea en lo que va del nuevo siglo inician con el fracaso de la Constitución Europea (que buscaba en otras cosas, la unificación de los Tratados en un solo texto fundacional) en el 2006, luego de no obtener respaldo en los referéndum celebrados en Francia y Holanda, lo cual, detuvo el proceso de ratificación. Este suceso llevo a la UE a una crisis política que sólo pudo ser zanjada, no sin obstáculos, con el Tratado de Lisboa, actualmente en vigor.
[ii] A pesar de que Winston Churchill es considerado uno de los padres fundadores de la integración europea, el papel de Reino Unido en la UE siempre se caracterizó por su escepticismo. En 1975, a dos años de su ingreso a las Comunidades Europeas, celebro el primer referéndum sobre su permanencia. Tradicionalmente debatió políticas como la presupuestaria y logro un estatuto particular y diferenciado, manteniéndose voluntariamente al margen de importantes políticas comunitarias como la moneda unida.
[iii] La normativa de la UE se aplica en su totalidad a todos los Estados miembros. Sin embargo, se permiten excepciones para algunos países en determinadas políticas comunitarias, con el objetivo de evitar un bloqueo de las mismas con leyes nacionales y otras normativas ya existentes. Son los llamados “optouts” o “cláusulas de exención”, que se regulan en los Protocolos adjuntos a los Tratados. Además, los países que quedan “exentos” de una ley también pueden, en ocasiones, unirse a acciones concretas si así lo desean, un proceso denominado “opt-in” o “cláusulas de inclusión”.
[iv] Uno de los eslóganes políticos de Le Pen y su part ido fue “la Unión Europea morirá porque el pueblo ya no la quiere más”. La candidata llegó a mencionar incluso, que de ganar la presidencia organizaría un referéndum similar al que tuvo lugar en Reino Unido para determinar si Francia seguiría o no en la UE.
[v] Pese a que en la mayoría de los casos esta representación parlamentaria no aglutina el 20% de los votos, hay 5 países en los que este discurso ha conseguido superar el 35%. Es el caso de Italia, Hungría, Polonia, el Reino Unido y Eslovaquia. Véase Laura Aragó, Carles Villalonga, “Así ha ganado terreno el euroescepticismo en cada uno de los países de la UE”, https://bit.ly/2Mq4Cvs
[vi] Los países europeos emplearon varias medidas de ajuste económico. En particular, los llamados PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) anunciaron severos recortes en el gasto público y aumentos de impuestos. Incluso países con menos problemas de déficit fiscal y deuda pública, como Francia y Aleman ia, llevaron a cabo también sus propios ajustes.
[vii] En septiembre de 2015, en pleno auge de la crisis migratoria, el presidente de la Comisión propuso una forma de repartir la carga permanentemente, mediante la redistribución de los solicitantes de asilo entre todos los Estados miembros de la UE, basándose para ello en unas cuotas. El mecanismo permanente no fue aprobado y los dirigentes de la UE, con pocas excepciones, aceptaron a regañadientes un mecanismo de reubicación temporal de 120.000 personas procedentes de Grecia e Italia y otras 40.000 provenientes de los campos de refugiados de Líbano y Jordania (El País Internacional, 2015).
[viii] En Holanda, Mark Rutte del Partido Popular por la Libertad y la Democracia derrotó al Partido por la Libertad, un partido político nacionalista y de derecha populista de Geert Wilders. Mientras que en Alemania se impuso el bloque de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), el partido de centro-derecha de Angela Merkel, y la Unión Social Cristiana (CSU), pero la victoria no fue sencilla pues el partido nacionalista Alternativa para Alemania (AfD) ganó sus primeros escaños en el Parlamento y se posicionó como la tercera fuerza.
[ix] La idea crear una Unión Bancaria nace en 2012 como respuesta a la crisis financiera que ha obligado a rescatar varios bancos europeos con un coste para los ciudadanos europeos. A raíz de la mala experiencia durante la crisis y con idea de limitar el impacto de futuras convulsiones en el sistema bancario, nace la Unión Bancaria. Se ha diseñado como un complemento de la Unión Económica y Monetaria (UEM) y está encargada de la supervisión, resolución y financiación de la banca en el ámbito de la Unión y obliga a las entidades de la eurozona a cumplir con unas normas comunes. Véase: “A comprehensive EU response to the financial crisis: substantial progress towards a strong financial framework for Europe and a banking union for the eurozone” Comisión Europea, marzo de 2013.
[x] Entre estos inconvenientes está, por ejemplo, la imposibilidad de los países en dificultades económicas de devaluar la moneda y con ello hacer más competitivas sus exportaciones y favorecer así una recuperación económica. Al pertenecer a la eurozona, al tratarse de una moneda común, los países pierden la autonomía sobre su política monetaria.
[xi] A pesar de cumplir con las condiciones económicas para pertenecer al euro, como unas finanzas públicas sólidas y sostenibles, es te país, rechazó, en un referéndum celebrado en 2003, la pertenencia al euro, y el gobierno ha venido aplazando una segunda consulta sobre su ingreso a la eurozona, sobre todo a raíz de la crisis mundial de 2008.
[xii] Los inmigrantes llegan al viejo continente principalmente mediante dos rutas: el Mediterráneo central y la ruta de los Balcanes, huyendo de los conflictos, la violencia y la miseria de sus países de origen. La mayoría procede de África y el Medio Oriente.
[xiii] El Tratado de Lisboa recoge en su artículo 2: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías”. Texto del Tratado disponible en: https://bit.ly/2Qlj8YJ
[xiv] Lo que preocupa no sólo a Italia sino a los países del sur de Europa como Grecia, España, Chipre y Malta es que de acuerdo a la Regulación de Dublín, que rige el proceso de asilo en la UE, los solicitantes de asilo deben solicitarlo en el país de su llegada a la UE, por lo que debido a su posición geográfica, estos países tienen una carga mucho mayor que el resto de los países de la UE. Por ello, Italia ha exigido un acuerdo en el que haya un mayor reparto de los migrantes entre los países del bloque, de no ser así, el Primer Ministro, Giuseppe Conte, amenazó con vetar el acuerdo.
[xv] De acuerdo a la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Migrantes (2003) un migrante es cualquier persona que vive en un país diferente a aquel en el que nació. Mientras que según la Convención sobre el estatuto de los refugiados de las Naciones Unidas (1951), un refugiado es una persona que se encuentra fuera del país de donde es originario, o donde reside debido a un temor fundado de persecución por razones de etnia, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas, y que no puede o no quiere reclamar la protección de su país para poder volver. Sin embargo, mientras estas personas obtienen el status de refugiados, son también migrantes irregulares, lo que ha complicado la gestión de la crisis migratoria que ha enfrentado la UE.
[xvi] En 1950, de manera casi simultanea a la puesta en marcha de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), la primera de las Comunidades Europeas, el ministro francés, René Pleven propuso la creación de la Comunidad Europea de Defensa (CED) para lograr la integración militar y defensiva de Europa. El acuerdo fue firmado el 27 de mayo de 1952 por Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, sin embargo, no llegó a ser ratificado por la Asamblea Nacional francesa, por lo que no entró en vigor.
[xvii] Desde su campaña presidencial, Donald Trump, ha declarado que los europeos deben ocuparse más de su propia seguridad. Dado que históricamente Europa ha estado cobijada por el paraguas militar de la OTAN, para el gobierno de Trump, los países europeos deben dedicar un mayor presupuesto de su PIB a esta organización. Trump incluso ha llegado a mencionar que EE UU “moderará su compromiso con la OTAN”, si los europeos no elevan su gasto militar.
[xviii] En ese sentido, los analistas de McKinsey & Company para el Munich Security Report 2017 revelan que los países miembros de la UE registran un gasto innecesario en defensa debido a una mala planificación. Mencionan por ejemplo, que Europa desplego 178 sistemas de armamento diferentes en 2016, en comparación con los 30 de Estados Unidos, por lo que los europeos podrían ahorrase cerca del 30% (220.000 millones de euros) en defensa si coordinasen de mejor manera su aprovisionamiento. Véase el Munich Security Report 2017, disponible en http://www.eventanizer.com/MSR/MSC2017

*Imagen de cabecera: AFP / Daniel Leal-Olivas, 2017.

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