Ante el acecho, un Gobierno de consenso

Ante las serias contradicciones que están aflorando en México y a nivel mundial por el neoliberalismo, resulta oportuno preguntarse hacia dónde se dirige el rumbo del status quo, cuáles son las condiciones existentes, cómo se mantiene el equilibrio de fuerzas y hasta dónde permiten hacer un cambio. Lo que ahora queda claro es que existen nuevamente, como antes de la implementación del neoliberalismo, al menos dos posiciones contrapuestas: por un lado, la continuidad; y por el otro, la recuperación del poder estatal.

El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador  (AMLO) por la presidencia de México ha generado enormes expectativas. Se espera que su llegada a la presidencia represente y materialice un cambio que logre mejorar las alarmantes condiciones de desigualdad y de violencia que se han agravado en las últimas décadas. A lo largo de la campaña, el entonces candidato manifestó y llevó a la práctica su idea de establecer consensos para ganar las elecciones. Ahora que sólo es cuestión de tiempo para que se convierta en presidente constitucional, la continuidad de dicha estrategia de llegar a acuerdos (que sigue llevándose a cabo durante la transición) permitirá fortalecer al Estado mexicano para que éste sea nuevamente capaz de promover el desarrollo de las fuerzas productivas, así como recuperar estabilidad económica y social.

La enorme legitimidad que brindan más de 30 millones de votos (53% del total se sufragios) y una clara mayoría en ambas cámaras serán claves en dicho proceso. Sin embargo, tendrá limitaciones a la hora de llevar a cabo su gobierno. AMLO se moderó en los últimos años y fue cauto en su tercera campaña presidencial. Concretó diversas alianzas que para algunos resultaron impensables. No obstante, todo ello fue elemental para que el candidato progresista alcanzara la presidencia,  pensando que los años 2006 y 2012 le fueron escenarios sumamente adversos.

El país es muy complejo. En cuanto el presidente electo deba encargarse de la conducción del Estado, deberá ser capaz de sobreponerse a los retos que representa la heterogeneidad existente en nuestro país: en tperminos de pensamiento, intereses y de clases sociales. Esas mismas características de pluralidad en nuestra realidad social pueden ser las limitaciones, en el corto plazo, para gobernar y llevar a cabo una mejora sustancial de las condiciones materiales de la población, sobre todo la que se encuentra inmersa en la mayor marginación social. Pero si se sabe responder de manera satisfactoria, puede ser una fortaleza porque el Estado no responderá casi de manera exclusiva a unos cuantos grupos de interés, como ha venido ocurriendo en las últimas décadas-, sino a los diferentes estratos sociales que conforman la sociedad mexicana. Esto le permitirá  encontrar estabilidad para encauzar su proyecto.

Si bien AMLO está abiertamente en contra del neoliberalismo y su propuesta de programa de gobierno se contrapone en gran medida, deberá de aceptar ciertas condiciones de aquellos actores nacionales e internacionales que pugnan por la vigencia del actual modelo económico y se resisten a su caducidad. Hay que recordar que su llegada a la presidencia no sólo se debe al enojo y decepción de los mexicanos con los resultados de los últimos sexenios, sino también a las alianzas con una amplia diversidad de fuerzas que representan intereses políticos y económicos en algunos momentos antagónicos.

Las moderaciones políticas y económicas en el programa de AMLO posiblemente deberán continuar y no quedarse sólo en lo que fue la campaña y y lo que es el periodo de transición. Su gobierno tendrá que seguir negociando con el sector empresarial  y políticos que difícilmente aceptarán de buena gana (¿cuándo lo han hecho?) una mejor redistribución de la riqueza, mayor centralización política y administrativa. También será de suma importancia que entable un diálogo permanente con actores, grupos y organizaciones que aún no se sienten representados por el nuevo gobierno.

En su primer día como virtual presidente electo, en la explanada del zócalo de la Ciudad de México, trajo de nueva cuenta su eslogan de campaña de 2006: Por el bien de todos, primero los pobres; además revindicó a luchadores sociales de izquierda que le antecedieron. Pero también ha dado mensajes que llaman a la calma, confianza y reconciliación, claramente dirigidos al sector empresarial. Por eso, más allá de la retórica, las acciones deberán ser encaminadas hasta donde las condiciones del escenario nacional e internacional  lo permitan.

La historia de México, particularmente en el periodo posrevolucionario, da cuenta de cómo nuestro país conservó una relativa estabilidad frente a las dificultades internas y externas: el Estado mexicano fue un Estado de consenso que, como escribió Arnaldo Córdova en La Revolución y el Estado en México, reguló las tensiones sociales, con una imagen, para consumo de la sociedad,  “de un Estado que no se debía a ningún grupo social en especial.” Situación que le permitió un mayor margen de maniobra local y globularmente.

También las experiencias  foráneas, especialmente las procedentes de América Latina y el Caribe, pueden orientar la brújula del próximo gobierno. El contexto regional nos permite comprender qué ocurre cuando comienzan a llevarse a cabo cambios que logran cimbrar o mínimamente obstaculizar los principios básicos del actual modelo económico, el neoliberalismo. Varios gobiernos y políticos de la región están siendo hostilizados por sectores de sus propios países que no están de acuerdo en un golpe de timón, en contubernio con intereses intervencionistas, como los de Estados Unidos. La utilización de tácticas de desestabilización como las sanciones (guerras económicas), fuertes campañas mediáticas, financiamiento de agrupaciones de extrema derecha, judicialización de la política, entre otras que conforman los golpes bandos, son parte del manual a seguir contra aquellos que han buscado cambiar (a veces ni siquiera de manera radical) el orden establecido en sus países periféricos.

Ante las serias contradicciones que están aflorando en México y a nivel mundial por el neoliberalismo, resulta oportuno preguntarse hacia dónde se dirige el rumbo del status quo, cuáles son las condiciones existentes, cómo se mantiene el equilibrio de fuerzas y hasta dónde permiten hacer un cambio. Lo que ahora queda claro es que existen nuevamente, como antes de la implementación del neoliberalismo, al menos dos posiciones contrapuestas:  por un lado, la continuidad, es decir, minimizar la intervención del Estado sobre todo en la esfera económica, financiera y social; y por el otro, la recuperación del poder estatal que amortigüe los catastróficos efectos del capitalismo salvaje. De manera general, el consenso puede ser una de las formas para enfrentar un posible cambio de época que aún no es claramente perceptible a nivel mundial. De manera particular, será necesario para enfrentar los posibles conflictos que se puedan gestar durante el gobierno de AMLO.

*Foto: Ronaldo Schemidt, AFP/CNN, 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: