Mujer musulmana y mujer occidental

En ciertas ocasiones, el uso del velo musulmán ha sido adquirido con motivos totalmente ajenos a los deseos del hombre: tal es el ejemplo de las mujeres argelinas que decidieron adoptar su uso para defender su individualidad e identidad frente a los colonos extranjeros en la época de la expansión europea.

Desde el inicio de los tiempos, las civilizaciones siempre han temido a lo diferente, a aquello que atenta contra su ya conocida y explorada zona de confort. Cuando se cree que algo es incorrecto sólo porque no concuerda con lo normalmente establecido por una cultura determinada es cuando nos encontramos con aquel famoso choque de civilizaciones del que Huntington habla. Creemos imposible que civilizaciones que parecen separadas por mucho más que mar y tierra tengan aspectos en común cuando la realidad es que, tristemente, a veces comparten incluso la peor parte de sus sociedades. Tal es el caso del control de la mujer.

Hace unos meses me encontraba en el zócalo de la Ciudad de México, en la famosa Feria de las Culturas Amigas. Todo transcurría perfectamente. Decidí acercarme al pabellón de los países de Medio Oriente. Mientras esperaba formada en uno de los tantos stands no pude evitar escuchar a un par de mujeres que charlaban detrás mio.

            — ¡Dios nos libre de renacer en uno de estos lugares malditos!— decía una de ellas a su compañera mientras miraba con un disgusto nada disimulado al hombre detrás del stand.

            —Sólo hace falta ver como tratan a sus mujeres. Todas, ¡todo el día cubiertas de pies a cabeza con esos horribles trapos!— respondió su amiga.

Estos comentarios no fueron una sorpresa para mí.

En Occidente es poca la información que se obtiene sobre Medio Oriente, lo más difundido son las películas hollywoodenses, con algunas escenas de mujeres árabes danzando con atuendos ridículamente diseñados, considerando el clima desértico. Ahora, si lo que se busca es información específica sobre El Islam, ésta se reduce drásticamente; aún si se opta por recurrir a los libros, en lugar de a cine mal adaptado, lo comúnmente encontrado es lo referente al terrorismo, la violencia o, incluso, la violación a los derechos de las mujeres.

Es éste último tema el que causa escándalo en miles de mujeres occidentales, así como lo causó en las mujeres que escuché aquel día, y sobre el que centraré mi atención en el presente texto.

Gracias a la propaganda de los países de la élite occidental es que esta falsa imagen se ha difundido alrededor de todo el globo, grabándola con fuego en el subconsciente de millones de personas y causando, a su vez, ataques de discriminación, racismo y violencia. Esta mentira encapsula al Islam en la imagen de una sociedad violenta, convirtiéndolo en sinónimo de terror.

La realidad es que el Islam es mucho más complejo. La sociedad musulmana se ha formado a lo largo de la historia con principios y aspectos culturales que resultan de difícil comprensión para los occidentales —lo que no significa, necesariamente, que aquellos sean erróneos. Y si bien es cierto que existen grupos de poder en la sociedad musulmana que han buscado la manera de utilizar la sharia para oprimir y controlar a las mujeres de distintas maneras, El Corán, por principio, estipula todo lo contrario.

En el Islam (al contrario de lo que mucha gente piensa a primera impresión), la mujer es considerada más importante que el hombre, es un ser sumamente preciado. Los versículos del mismísimo Corán lo comprueban.

Un hombre se acercó al Profeta y le preguntó: ‘¿Oh Mensajero de Dios, quién es la persona que más merece mi buen trato y compañía?´. El Profeta le dijo: ‘Tu madre’. El hombre le volvió a preguntar: ‘¿Y después quién?’. Le dijo: ‘Tu madre’. Y el hombre preguntó una vez más: ‘¿Y después quién?’. Le dijo: ‘Tu madre’. Y volvió a preguntar: ‘¿Y después quién?’. Le dijo: ‘Tu padre’.

Una mujer musulmana es considerada sagrada. Tanto es así que tiene derechos que sobrepasan a los de los hombres, como es el caso de la educación. Por orden divina, el hombre tiene la obligación de brindar a sus hijas una educación de máxima calidad, incluso mejor que la de los varones; y no sólo eso, debe de ser instruida en diversas artes y poder desarrollar sus máximas habilidades —es por esto que se fomenta que las mujeres musulmanas sean instruidas en el tejido, la poesía, la literatura, el arte de la conversación, la danza, entre otros, además de su educación obligatoria.

Esto es de suma importancia, pues son las mujeres más talentosas las que logran acceder a una escala social más alta, al ser escogidas para contraer matrimonio con los hombres más adinerados y del más alto nivel social. Aquí nos encontramos con una primera gran diferencia con Occidente, pues como Fatema Mernissi lo marca en su libro El Harén en Occidente, un hombre musulmán escoge a su compañera de vida no por su belleza física, sino por su belleza intelectual, pues para ellos el erotismo recae en mucho más que una buena figura y un par de senos y glúteos; para el hombre oriental la relación con una mujer no está completa si ella no tiene la habilidad mantener una buena y culta conversación.

Es curioso el darse cuenta del cómo una cultura, considerada por muchos como incivilizada, otorga más valor a una mujer por las habilidades, preparación y educación que posee, mientras que en las ciudades avanzadas el valor de una mujer se define por el contorno de su cintura.

En el mundo occidental son los medios los que definen el cómo debe verse una mujer para ser considerada bella y atractiva. La moda, que cambia tan rápidamente, establece el cómo una mujer atractiva debe vestir; desde faldas, vestidos, pantalones y zapatos, hasta la ropa interior. En Occidente no existe una policía de la decencia encargada de vigilar el correcto uso de la ropa y maquillaje de las mujeres en público, como sí la hay en Irán; sin embargo, ¡Aquí nos encontramos con la policía de la humillación pública!, la cual recurre frecuentemente a su mejor arma: las redes sociales.

Si una mujer con un cuerpo diferente para el que cierta ropa se considera apropiada decide usar ciertas prendas, no hace falta que una autoridad le prohíba hacerlo, será la misma sociedad (hombres y mujeres por igual) quienes se encarguen de humillarla a tal grado que ellas y otras mujeres con su misma complexión se crean sin el derecho para vestir la ropa que gustan. Es típico eschuchar las siguientes frases cuando una mujer sin curvas decide usar, por ejemplo, unos shorts o una blusa corta: Cerda, esa ropa no es para ti, Haznos un favor a todos y cúbrete, Haz el ridículo en otra parte, etc. Y lo peor es que estas críticas son aún más crueles en redes sociales.

¿Por qué nos permitimos decidir sobre el cómo debe vestir alguien más, a tal grado que en su afán por lograr el cuerpo ideal miles de mujeres caen en problemas alimenticios y psicológicos, y nos escandalizamos cuando se obliga a una mujer musulmana a usar velo? ¿No son prácticas igual de crueles? ¿¡De que nos sirve tener la libertad de vestir como queramos, si la sociedad no nos deja hacerlo!?

Se ejerce una presión tan grande sobre las mujeres occidentales que en el estrés por lucir delgada se descuidan otros aspectos de la vida, produciendo efectos nocivos en el desarrollo personal de la mujer. Mernissi afirma en su libro que:

[…] hoy por hoy los códigos basados en el físico paralizan la capacidad de las mujeres occidentales de competir por el poder, por mucho que parezcan abiertas las posibilidades de acceder a la educación y a mejoras salariales. […] El sometimiento a regímenes alimenticios es el sedante político más potente de la historia de las mujeres; una población silenciosamente trastornada es una población muy fácil de manejar.

Y en efecto, la apariencia física se convierte muchas veces en la verdadera puerta para que una mujer pueda acceder a mejores ofertas de empleo, así como también es frecuente que mujeres de edad madura se sientan presionadas por su apariencia en su matrimonio, pues en Occidente es común que los matrimonios se rompan porque el esposo recurre a una compañía más joven. Este sistema obliga a las mujeres a competir unas con otras por ciertas atenciones. Si lo meditamos, no es una situación muy diferente a la que se vive en un harén, donde las mujeres compiten por ser la favorita del califa.

Al igual que esta presión social por lucir esbelta y atractiva, el uso del velo por parte de las mujeres musulmanas, algunas veces recae también en presiones de ciertos círculos sociales, y no en una norma jurídica. En ciertas sociedades musulmanas, el uso de cualquier tipo de velo no se considera obligatorio; sin embargo, las personas de mayor edad buscan que las jóvenes continúen utilizándolo pues es ya una herencia cultural. En estas sociedades es común ver a las musulmanas jóvenes utilizando la variante más ligera del velo musulmán: el hiyab, el cual cubre solamente el cabello y el cuello; resultando ya no tan agresivo como la conocida burka, que cubre completamente el cuerpo, dejando al descubierto solo una pequeña malla a la altura de los ojos para que la mujer pueda ver.

En este punto quiero recalcar el hecho de que El Corán no estipula en ningún momento que las mujeres deban de utilizar cualquier tipo de velo, así sea el más ligero. Lo único que podría considerarse ligeramente parecido a este mandato es que el Corán obliga a sus creyentes a ser pudorosos y discretos con sus vestimentas, pero esta orden recae por igual en hombres y mujeres.

Evidentemente, los hombres musulmanes han tomado este principio para motivar u obligar a las mujeres a que lo utilicen, argumentando que su belleza, tanto física como intelectual, debe ser protegida, y debe de ser exclusiva para el deleite de su esposo. Sin embargo, cabe mencionar que en ciertas ocasiones el uso del velo musulmán ha sido adquirido con motivos totalmente ajenos a los deseos del hombre: tal es el ejemplo de las mujeres argelinas que decidieron adoptar su uso para defender su individualidad e identidad frente a los colonos extranjeros en la época de la expansión europea.

Si regresamos la mirada hacia Occidente, también podemos notar que el uso de ciertas prendas y/o accesorios de vestir son inculcados con normas, que si bien no están escritas y reguladas por ley, han sido parte de la herencia cultural de su civilización, y de lo que diversas generaciones, por uno u otro motivo, han considerado como correctos.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu compara el uso del velo musulmán con el uso de los zapatos de tacón por parte de las mujeres occidentales, ya que su uso también ha sido heredado por generaciones y ha llegado a considerarse obligatorio para ciertas ocasiones como asistir a un evento de gala o a una entrevista de trabajo. Además, su uso también resulta molesto para las mujeres, al igual que un velo, ya que reduce la movilidad e incluso puede llegar a causar lesiones y dolores permanentes.

A este análisis de Bourdieu yo añadiría otra ropa que también considero igual de inútil e innecesaria, como lo es el uso del brassiere. Al igual que el uso del velo, este artefacto ha sido creado para el mero deleite de los hombres pues para la mujer no tiene ninguna utilidad real: sólo sirve para que los senos luzcan estéticos. Hay que preguntarnos ¿estéticos a ojos de quién? Restringe la caída y forma natural de los senos, causando incomodidad e incluso pequeñas heridas.

Las costumbres de vestimenta, que tristemente han sido impuestas para ejercer control sobre la población femenina, están presentes en ambas culturas; simplemente éstas se han desarrollado de manera diferente debido a la ideología y principios con los que ambas se han identificado a lo largo de la historia.

Lo importante, y alarmante, es reconocer que aunque las sociedades occidentales parcen situarse en medio del Edén, existen métodos con los que se ejerce control sobre el actuar de las mujeres, y que llegan a ser, incluso, más maquiavélicos que los utilizados en la sociedad oriental. No se trata de ver quién controla mediante una evidente restricción como el uso del velo musulmán o quién te seduce con aparentes libertades, sino el admitir que ambas lo hacen a su manera. Mientras que las mujeres musulmanas tienen que cubrir parte o la totalidad de su cuerpo, en occidente las mujeres libres posan semidesnudas en obscenos anuncios de lencería.

Dos caras de la misma moneda.

*Foto: Shepard Fairey, Dezeen, 2017

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