¿La nueva era?

Fue un escenario que sorprendió a muchos, no por el resultado, sino por las formas. La votación fue histórica y no por el candidato ganador, si no por las condiciones en las que accede al triunfo: sus contendientes admitieron su derrota habiendo siendo computadas menos del uno por cierto de las actas. Nos permite asegurar que incluso ellos, a diferencia de sus bases, ya esperaban estos resultados.

Quizá sea demasiado pronto para escribir un análisis completo respecto a la jornada electoral que vivimos hace unas horas, sin embargo, vale la pena rescatar algunas reflexiones que en torno a ella han surgido y deben tomarse en cuenta para los futuros escenarios  que habrán de elaborarse. Éstas, debo advertir, han sido escritas bajo el calor de los sucesos, desde una perspectiva particular y con una visión optimista sobre nuestro futuro.

Bien podría empezar estás líneas haciendo alusión, refutando o incluso realizando mofa sobre los comentarios que vertían en redes sociales sobre la derrota de los otros tres candidatos: que si se irán del país todos aquellos que lo prometieron, que si seremos Venezuela del Norte, que si el dólar se encarecerá, que si habrá fraude electoral, que si el cambio está en uno mismo o que Andrés Manuel habrá de perder nuevamente. Pero éste no debe ser, jamás, el objetivo de alguien que pretenda ser llamado ciudadana o ciudadano. El debate, la crítica y la reflexión deben imperar, en todo momento, la agenda pública y el quehacer de la ciudadanía —en el marco del respeto y la suma de esfuerzos.

El elemento central de las campañas (las figuras presidenciales, las que llegaron al final) son dignas de reconocerse, cada una posee cualidades que todo líder tendría que tener. Muchos de nosotros se alineó de acuerdo a propias creencias, ideas, construcciones, esperanzas y expectativas sobre lo que México tendría que ser; creo que ese cúmulo de conceptos no debe desaparecer aún cuando la elección emitida no fue la ganadora.

José Antonio Meade, jamás lo he negado, es el que mejor representaba la idea de servidor público. Lamentablemente, para él y sus seguidores, perdió de vista que el partido que decidió representar, simboliza todo aquello que millones de mexicanos repudian y pretenden modificar. No es objetivo de esta primera entrega determinar si el PRI es o no el gran lastre que se dice o si, por el contrario, es la salvación y la institución nacional por excelencia. Lo único que es cierto es que se perdió de vista el sentir nacional y las expectativas de la mayoría de los mexicanos. Su vida pública está llegando a su ocaso, habrá que observar cómo lo manejará; solo puedo afirmar que él, más que Anaya o el Bronco, estaba esperando que concluyera este traga amargo para retomar su vida.

Ricardo Anaya, el chico maravilla, ha logrado y en tan poco tiempo lo que pocos políticos. Su error más grave, posiblemente, fue adelantarse a su tiempo —lo que acarreó una serie de eventos y sucesos que solo entorpecieron su candidatura: sus pactos políticos, los daños colaterales y sus descuidos personales— lo equivalió a perder de vista el objetivo de su campaña: la trasformación nacional (lo que quiera que signifique para él y los que lo apoyaban). Auguro, a esta temprana etapa, que su vida política quedará desarticulada: si eres el rey, se te perdonan los agravios, pero  no fue el caso y esos daños colaterales habrán de regresar el golpe. Así las decisiones que tomó, así la política lo cobijará.

El Bronco, a opinión personal y aludiendo a una frase de una película de superhéroes, era el candidato que merecíamos, pero no el que necesitábamos ahora. Si bien durante la primera etapa de las campañas, y más durante el primer debate, sus ideas y propuestas eran sacadas de un manual de stand-up, conforme pasaron las semanas fue modificando su discurso, logrando representar algunas aspiraciones de millones de mexicanos. México no está preparado para las candidaturas independientes, pero estas elecciones fueron un avance en esa dirección, puedo asegurar que en años siguientes será un fenómeno en crecimiento que permitirá la madurez democrática que todos anhelamos. Puedo atreverme a decir que el Bronco no desaparecerá de la vida pública, se mimetizará, se adaptará, se reencontrará, ¿será acaso un gran referente para los independientes?

Andrés Manuel (AMLO), con todo y no saber hablar inglés o no tener el porte que muchos desean (que para nada debe relacionarse con la capacidad de gobernar), fue el que más supo leer las condiciones y necesidades nacionales, probablemente por el tiempo que estuvo en campaña (doce años) o por la red política que supo organizar, pero sin duda fue la campaña más exitosa de todos los candidatos. Aludir a la parte más sensible de la ciudadanía y prometer cumplir todas las aspiraciones, permite dominar el gran escenario que representa la vida pública, la vida en común.

Los aciertos y desaciertos de todos ellos fueron las que permitieron, en gran parte, el resultado que hasta esta hora tenemos (una diferencia de 53 puntos porcentuales hasta las 8:00 horas). Los aciertos, por un lado, de AMLO: representar las injusticias sociales y posicionarse como el candidato anti-sistema le valió para dominar la agenda pública durante seis meses. Y los errores, por el otro, de Anaya, Meade y el Bronco: la división, los grandes escándalos de corrupción y las malas decisiones políticas no permitieron una articulación eficaz de sus respectivas campañas.

Desde el inicio de la jornada electoral el clima nacional era tenso en muchos sentidos, las redes sociales nos permiten medir (no siempre de manera exacta) algunas de las inquietudes generales. Y durante las campañas fueron, en gran medida, retomadas por los candidatos, tendremos que esperar y exigir que todas sean tomadas en cuenta para la elaboración del próximo plan nacional que se elabore, es otro de nuestros objetivos como ciudadanos.

Fue un escenario que sorprendió a muchos, no por el resultado, sino por las formas. La votación fue histórica y no por el candidato ganador, si no por las condiciones en las que accede al triunfo: sus contendientes admitieron su derrota habiendo siendo computadas menos del uno por cierto de las actas. Nos permite asegurar que incluso ellos, a diferencia de sus bases, ya esperaban estos resultados.

El discurso emitido por López Obrador, por otro lado, también fue histórico en cierto sentido, pues en opinión de este ciudadano (y estoy seguro que no fui el único) remembró, desde su comienzo, a dos figuras históricas en concreto: Cárdenas y Ávila Camacho, fortalecimiento del Estado y reconciliación nacional. Se debe encaminar a México en esa dirección, solo de esta manera se podrán conjuntar las aspiraciones de todos los grupos sociales que cohabitamos en México. La figura de un Andrés Manuel como presidente, se ha presentado por primera vez.

Los temas en que trató, fueron variados, no solo pretendió empezar a cerrar la herida que todas las elecciones dejan, sino que trato de aglutinar y tranquilizar a todos aquellos que no lo respaldaron, a todos aquellos que no se han identificado con gobiernos anteriores: invitó desde los grupos indígenas, pasando por los grupos sociales que no se identificaron con él (democracia y pluralidad), hasta los grandes empresarios e instituciones internacionales. Debemos entender que el sentimiento de identidad, no hacia un grupo o estrato social en específico, sino nacional, es el que permitirá una verdadera trasformación nacional (la cuarta según López Obrador). Habrá que estar al pendiente de su cumplimiento.

Finalmente, el cambio se ha realizado, el primer candidato de izquierda ha conseguido la primera magistratura, pero ¿El triunfo de un solo individuo modificará la psique social, las identidades, las aspiraciones, los fenómenos sociales, las grandes problemáticas nacionales? No lo creo. Si bien, no muchas veces he coincidido con la frase: “el cambio está en uno mismo”; creo fervientemente que podemos ayudar a construir un futuro mejor. La crítica, el debate, la opinión y la autocrítica serán vitales de este punto en adelante, no deberemos restar sino sumar. Y si el futuro es incierto, nuestra determinación no debe serlo.

La elaboración de un análisis posterior, con la mente más serena, será una labor que sin duda asumiré, esperando que muchas de las ideas que he vertido en esta primera entrega sean retomadas. Muchas ideas, con seguridad, han quedado fuera de este primer escrito, pero como advertí al inicio de estas líneas solo es una primera etapa de reflexiones. Me permito, entonces, invitar al debate y a la crítica a todos y cada uno de mis conocidos, después de todo, un nuevo ciclo ha iniciado y la historia no puede detenerse.

Foto: Milenio, 2018.

  1. Hijo, encomiable tu análisis. Y en pocas palabras solo puedo decir: festejemos hoy porque el “día después de ” hay que trabajar duro para que el “juntos haremos historia” sea una realidad.

    Abrazos querido hijo!

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