Fanatismo y despolitización

Cuando se trata del uso político del soccer, las disputas y las victorias simbólicas sustituyen a las disputas y las victorias reales. Que exista una visible y mayor unidad nacional en términos deportivos que en términos de justicia social, de propuestas políticas y proyectos económicos —o sin ir tan lejos, frente a la violencia que azota al país— no es un dato menor.

Aunque el desarrollo de elecciones federales en México sólo coincide cada doce años con la celebración del mundial de soccer, no es un fenómeno extraño a la cotidianidad de la vida política nacional que, en los momentos de mayor tensión —o desencuentro— entre el proyecto de gobierno en turno y la ciudadanía, aquel recurra al espectáculo y al ocio (para actualizar la añeja formula romana de pan y circo) como instrumento de mediación, distención o relajamiento del descontento social. Esta historia de uso político del ocio y el espectáculo para favorecer una agenda política particular, si bien en su parte medular no tiene mucho que ver con la fiesta mundialista, si remite a eventos domésticos más específicos, y que aunque por su magnitud es evidente que son casos menores, no por ello dejan de repetirse sistemáticamente.

Ahora bien, el actual proceso electoral en México —uno de los países con mayor número de aficionados a nivel global, con poco más de sesenta millones— coincidió con el festejo del mundial de Rusia, y lo hace justo en los días previos a la fecha de sufragio, cuando las definiciones partidistas e ideológicas se definen con mayor precisión. Ello, por sí mismo, ya ha planteado un problema en los términos en los que la discusión pública sobre el rumbo que la política en el país debería de estar tomando, de cara a la que es la mayor elección en el país, tanto por el número de funcionarios a elegir como por la cantidad de elecciones concurrentes —estatales y municipales— con la contienda federal; así como por el número de votantes y el tamaño del financiamiento de los comicios.

En un sentido amplio, tal discusión ha tendido a polarizarse cada vez más, en la misma proporción en la que avanzan tanto las campañas como los partidos del mundial, en dos argumentos que se saben antagónicos, sin un punto en el cual sean capaces de congeniar. El primero de ellos es que eventos como la gesta mundialista no representan ningún peligro o problemática alguna al desarrollo corriente y normal de la vida política nacional. El segundo, por lo contrario, apela al reconocimiento de que eventos en masa como éste no son neutrales ante las problemáticas y las conflictividades que ya existen en una sociedad, y que situaciones como la celebración de unos comicios sólo profundizan y radicalizan.

Planteada en estos términos, la discusión gira mucho en torno de lo que el soccer significa en sí mismo, por cuanto deporte; de tal suerte que los argumentos que se esgrimen por una u otra posición discuten sobre la naturaleza de una gesta cualquiera dentro de los marcos que se inscriben en el propio partido, en el goce y disfrute de los noventa minutos de juego y la relación que los jugadores establecen con sus aficiones. Sin embargo, agotar en ese plano tan reducido y simplista las repercusiones sociológicas que tal deporte tiene en una determinada sociedad deja intocados puntos más hondos; mismos que tienen que ver con prácticas de socialización y de politización más amplias, que escapan por completo a los marcos temporales y espaciales de un partido cualquiera.

En este sentido, de entrada, por ejemplo, para aterrizar el análisis de las repercusiones políticas del soccer en una sociedad es necesario visibilizar que si bien es cierto que no es el único deporte en masa ni en México ni en el mundo, también lo es que pocos deportes tienen un uso político tan particular como lo tiene éste. El soccer no es cualquier deporte, gran parte de su historia de éxito no depende de un desarrollo orgánico de la relación entre el juego y su afición, sino en un deliberado impulso por parte de grandes conglomerados a nivel nacional e internacional. El soccer, después de todo, en un producto que se ofrece para ser consumido, y la cadena de producción y consumo que mueve es infinitamente más rentable que lo que se percibe en el momento del partido. Existen deportes que también mueven grandes sumas de capital en rededor suyo, como ocurre con el futbol americano (en particular en el marco de la NFL), el béisbol, el basquetbol, el golf, etcétera. Sin embargo, la articulación que existe entre las ligas nacionales en su proyección global no es tan amplia como lo es la del soccer: en términos medios, e partido de la final de la copa FIFA alcanza una audiencia de alrededor de novecientos (900) millones de televidentes, mientras que el partido final de la NFL alcanza, a nivel global, poco menos de ciento veinte (120) millones de espectadores. Las contiendas finales de béisbol y basquetbol, en contraste, no pasan de una media de veinticinco (25) y quince (15) millones de espectadores, respectivamente.

En términos del número de practicantes de cada deporte, la natación se sitúa como el deporte más practicado a nivel global, con poco más de mil quinientos (1,500) millones de practicantes en algún grado de profesionalismo, y no sólo como actividad recreativa. Sin embargo, el soccer se encuentra en la segunda posición, con alrededor de mil (1,000) millones de practicantes. Y si se trata de rentabilidad neta por evento deportivo, aunque algunas contiendas en el marco de los Juegos Olímpicos se llevan los primeros lugares (llegando hasta los USD $348 millones), entre el mundial de soccer y los partidos finales de la Copa europea se coronan con las primeras cuatro posiciones de la métrica (de hasta USD $147 millones), sólo por detrás, en la mayor parte de las ocasiones, de las finales de la NFL (promediado USD $350 millones).

Por supuesto, la desagregación de todos estos datos por país mostrará variaciones importantes tanto en el número de practicantes como en el de rentabilidad y de audiencias, hecho que se debe a particularidades culturales de cada sociedad que hacen de un deporte y de un evento y otros más o menos famosos dentro de un imaginario colectivo nacional específico. Sin embargo, lo que queda claro es que, a nivel global, la popularidad del soccer es, por distintos motivos, varias veces mayor que el éxito de otras competencias deportivas —no es azaroso que la FIFA reconozca más ligas nacionales dentro de su estructura que el número de Estados reconocidos por Naciones Unidas. En América Latina, en particular, la afición a este deporte se encuentra entre las mayores, con todo y que sus ligas no se encuentren entre las primeras del mundo.

Así pues, de los rasgos importantes que es preciso considerar para el presente análisis es que es justo esta popularidad el aspecto en el cual se edifica la instrumentación política de este deporte, con un sesgo propio, diferenciado del resto de los deportes. A menudo, este rasgo se ha invisibilizado en el debate público apelando a un supuesto reconocimiento de que el éxito de los eventos mundialistas del soccer se debe a que éstos representan una ventana de escape a la agobiante cotidianidad a la que las sociedades industriales modernas someten a los individuos que las componen, por la vía del desgaste físico e intelectual de carácter laboral; es decir, se anula el reconocimiento de un uso político específico de los eventos de soccer defendiendo que los noventa minutos de ocio y diversión que ofrece un partido son condición necesaria para sobrevivir a la explotación y al tedio cotidianos.

Parte de este argumento tiene razón. Las actividades recreativas, lúdicas, de ocio y esparcimiento o contemplativas, dentro del marco de desarrollo de las sociedades industriales contemporáneas, son vías de escape a los dispositivos de explotación laboral que cada vez consumen más tiempo y más fuerzas de los trabajadores. Ya desde finales de la década de los años cincuenta, tras finalizarse la Segunda Guerra Mundial y emprender el imperativo intelectual de descifrar las causas que llevaron a la sociedad europea a tal grado de descomposición, la Escuela de Frankfurt evidenció justo este aspecto, y señaló que gran parte del éxito que se tuvo en la despolitización de las masas, sometiéndolas a estrictos controles disciplinarios, normativos e ideológicos, se debió al hecho de que el conflicto, el descenso y la resistencia a los proyectos políticos en turno se dio por la vía de la integración de esa conflictividad, de ese disenso y de esa resistencia al consumo masivo de un tipo específico —no cualquiera— de ocio y de espectáculo.

Es este el aspecto que exige observar que la discusión actual en México, en torno de la defensa y el desprecio de los eventos de soccer vis a vis el proceso electoral federal, no se reduce a una simple oposición entre corrección política e incorrección política. Y es que tal argumento, que de manera simplista se remite a colocar, por un lado, a la afición a dicho deporte del lado de lo popular; y por el otro, a sus detractores como parte de una pretendida intelectualidad por encima del vulgo; no alcanza a observar que masificación y popularidad no son sinónimos de socialidad, de creación y reproducción de contenidos sociales y culturales que ofrezcan cohesión a la sociedad consumidora de los eventos deportivos en cuestión.

Un claro ejemplo de lo anterior, aunque no en el terreno deportivo, es que las redes informáticas (Facebook, Twitter, Instagram, y similares o derivados), a pesar de que se presentan como vías de escape (espacios de ocio) frente al agotamiento laboral cotidiano, la lógica bajo la cual funcionan no fomenta la socialización, sino que, por lo contrario, se sustentan sobre el afianzamiento cada vez mayor de la individualidad del usuario, en donde su experiencia virtual se define por la capacidad que la informática tiene para suplir el contacto humano con un cumulo enorme de mercancías potenciando su hedonismo intrínseco.

Algo similar ocurre con el uso político del soccer. Y es que si bien es cierto que los encuentros deportivos son pretexto para que grupos de personas se unan a compartir un espacio y un tiempo común, unidos por el sentimiento de pertenencia a una causa y una identidad común, también lo es que esa conglomeración y ese fomento a la unidad identitaria tiene repercusiones en el ámbito estrictamente de la actividad política directa del individuo. Reivindicar los gustos mundanos del vulgo, del pueblo, como cultura popular sólo porque la practica en cuestión tiene una carga histórica añeja y porque los eventos que la movilizan sirven para reunir conglomerados de personas no implica que en ello se esté socializando algo cultural si se observa que ese intercambio está regulado cada vez más por la recepción y manipulación de bienes y servicios convertidos en mercancías.

Pero más aún, una gran proporción del ejercicio de tal defensa argumentativa parte del supuesto de que los contenidos de la vida política nacional no deberían ser pretexto para contaminar una actividad deportiva que se encuentra al margen de la misma y de su conflictividad. Y es que si bien algunas posiciones llegan a ser tan osadas como para reconocer que con el futbol también se hace política (y basta observar las disputas y los acercamientos diplomáticos que han tenido por la organización rusa de la Copa), apelando a la unidad nacional en el deporte, desconoce el uso que desde las estructuras de poder de los intereses políticos dominantes se hace del soccer para neutralizar ciertas conflictividades domésticas.

Es el típico recurso de la unidad nacional ante el enemigo extranjero a pesar y al margen, obviando, las diferencias interiores. Unirse por la camiseta del equipo de soccer, unirse en contra del rival en el campo de juego, exaltar la identidad propia por encima de la del contrincante, e incluso pretender desquitar disputas históricas de carácter militar, diplomático, comercial, político, etc., a partir del resultado del marcador en un partido no únicamente cae en la ilusoria creencia de que ello hace alguna diferencia en la realidad material de las sociedades representadas por sus equipos, sino que, además, se arroja a la defensa intransigente de que cualquier disenso con tal grado de afición es sinónimo de rechazo a la identidad.

Basta observar como las redes informáticas se inundaron de mofas a la sociedad alemana cuando la escuadra mexicana venció en un partido a su par germana. Las profundas desigualdades que separan a México de Alemania de inmediato quedaron obviadas y excluidas del debate, porque lo que importaba era que en un evento hasta cierto punto aislado, particular y para nada trascendente en términos materiales, México había demostrado su superioridad deportiva. Y el caso aquí es que dicha superioridad deportiva no alcanza para corregir la asimetría en el trato comercial, en la imposición de agendas políticas desde mecanismos como el G20; así como tampoco invierte o nivela la transferencia de capitales y la extracción de rentas entre ambos Estados. Las consecuencias de la victoria deportiva son más simbólicas que materiales, más de moral propia ante el otro extranjero que de cambio cualitativo en la realidad de los participantes.

Aquí, claro está, no se trata de que al colocarse en la posición del detractor se defienda la idea de que la gesta deportiva no debe interesar y no debe festejarse cuando se da. De nuevo, el problema no tiene que ver con el evento en cuestión. Más bien, lo que se debe señalar es que esa manera de proceder, en estricto sentido aficionada, por su carácter simbólico, sustituye por entero la acción real, la intervención directa del individuo en las condiciones de su realidad. Y es que, aunque los hinchas del soccer se han esmerado en hacer notar a sus detractores que el mundial es sólo por un mes cada cuatro años, lo que pasan por alto es que en el terreno doméstico, el de las ligas locales, nacionales y regionales, que cubren prácticamente todo el calendario gregoriano, la misma dinámica se repite, aunque sea en una escala menor.

Es esa sistematicidad en el uso político del soccer la que representa un problema para el desarrollo de la vida política nacional, no el mundial y sus partidos. Que exista una visible y mayor unidad nacional en términos deportivos que en términos de justicia social, de propuestas políticas y proyectos económicos —o sin ir tan lejos, frente a la violencia que azota al país— no es un dato menor; todo lo contrario, es representativo de la manera en que el núcleo duro de la identidad y del compromiso cultural de los ciudadanos se canaliza a eventos que son más accesibles, en los que la derrota y la decepción son más digeribles, y en donde la sensación de estar haciendo historia, de estar marcando un cambio en el rumbo de una sociedad son más inmediatos y menos costosos y peligrosos que, por ejemplo, unirse comunitariamente frente a un cartel del crimen organizado, o frente al cacique local que trabaja a sueldo de algún partido. Las disputas y las victorias simbólicas sustituyen a las disputas y las victorias reales.

Por ello la problemática a atajar no es si el soccer se inscribe en el marco de la cultura de una sociedad, es claro que lo hace, a pesar de que la mercantilización en la que se encuentra no hace que ese contenido cultural se traduzca en socialización (por las razones ya expuestas). El problema a atajar, más bien, tiene que ver con mostrar qué tipo de sociedades son éstas en las que el conflicto, el disenso y la resistencia a proyectos políticos se diluyen en eventos que ya ni siquiera sirven como espacios de ocio fuera de la dinámica del capital, porque son grandes carteles deportivos los que controlan su lógica de operación y esparcimiento. Y es que en las sociedades industriales como México, deportes como el soccer son actividades complementarias que potencian una cultura de la competitividad individual (por mucho que se jueguen en equipo) y de activación física (en términos biopolíticos), lo cual da cuenta de cómo hasta esa actividad supuestamente neutral también se encuentra dominada por la lógica voraz de la competencia laboral que mantiene activo al neoliberalismo en curso.

Pero más aún, en esas mismas sociedades, la supervivencia y el éxito del régimen político y los intereses comerciales que lo determinan dependen de la eficacia y la efectividad con la que determinadas actividades por fuera de la vida laboral produzcan satisfacción personal a los individuos que componen a esa sociedad, y todavía más, que dichas actividades sirvan de coraza —ni demasiado rígida ni demasiado laxa— para favorecer un determinado (y no cualquiera) autocontrol individual. Es este el aspecto que ya a mediados del siglo XX, en su análisis sobre El Proceso de la Civilización, Norbert Elías hacía notar, en lo relativo a lo fundamental que es para un régimen político determinado contener las fuerzas conflictivas en su interior, por medio de actividades en las que el individuo se siente autónomo, ajeno a cualquier estructura y ejercicio de poder.

Por eso entre los aspectos que menos importan en el debate actual en México es si eventos como el mundial de soccer son utilizados a manera de cortina de humo para aprobar Reformas Estructurales o decretos que concesionan las cuencas acuíferas del país por cincuenta años, para uso industrial. Porque la realidad de tal situación es que con o sin la gesta deportiva los grupos sociales que se movilizan contra tales medidas no son los que ya de entrada prefieren invertir sus esfuerzos en su fanatismo deportivo, sino que son los sectores cuya politización es tal que ya la crítica al uso político del deporte se vuelve inevitable.

No es ya la fórmula romana de pan y circo al pueblo lo que debe preocupar. Los dispositivos ideológicos y de poder de la sociedad contemporánea son mucho más sutiles, potentes y avasalladores que el circo romano. Tanto, que incluso hoy esos dispositivos son experimentados como espacios de libertad, de autonomía y de disfrute por parte de quienes los viven. El deporte y el ocio son, sin duda, actividades cada vez más necesarias dentro de sociedades que se han empeñado en restringir el tiempo libre del individuo a mínimos históricos, sometiendo a cada persona a agotadoras jornadas laborales después de las cuales queda poco margen de maniobra para involucrarse en la actividad y la intervención política directa sobre los asuntos colectivos. El problema no es ese, no es el deporte: es el uso que las estructuras de poder vigentes la confieren y la sustitución de las actividades de socialización por las actividades mercantiles.

 

*Imagen: Antonio Berni, Club Atlético Nueva Chicago, 1937.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: