Sociedad dividida y manipulación en el proceso electoral

La gente se ha dejado absorber por la sucia competencia entre candidatos; se ha dejado absorber por la demagogia, la manipulación, las campañas de miedo y de odio, que escuchamos y vemos a diario, y las ha convertido en una cuestión personal.

La parafernalia electoral está acercándose a su punto álgido. Con el tercer debate presidencial en puerta y el día de las elecciones a escasos días posteriores, es natural pensar que la pasión política de los mexicanos se presente en su mayor intensidad. No obstante, estas elecciones distan bastante de ser una confrontación entre distintas posiciones ideológicas y proyectos para el país, y más bien es una contienda nefasta entre candidatos ineptos que no parecen ofrecer ninguna solución real a los gravísimos problemas del país. Pero lo que es peor, es que la barbárica disputa se ha trasladado e impregnado en la población.

La gente se ha dejado absorber por la sucia competencia entre candidatos; se ha dejado absorber por la demagogia, la manipulación, las campañas de miedo y de odio, que escuchamos y vemos a diario, y las ha convertido en una cuestión personal.

Este escenario deplorable ha encontrado su principal nicho en las redes sociales, donde, sin mayor esfuerzo, tan solo abriendo nuestra página de Inicio de Facebook o de Twitter podemos toparnos con gente discutiendo irasciblemente por defender a su candidato, compartiendo noticias falsas, imágenes y videos manipuladores, valiéndose de una amplia gama de falacias en sus argumentos, etcétera.

El problema es que esto no se queda sólo en discusiones cotidianas de internet, está envolviendo a la gente en su vida diaria. Debe ser ya común para muchos de nosotros presenciar en ciertas ocasiones en nuestro día a día el surgimiento de una discusión sobre el tema de las elecciones, cuyo origen es un meme o alguna información equívoca, falsa o de corte manipulador, y las réplicas tienen por base lo mismo.

A lo anterior se suma una radicalización de las posturas, un maniqueísmo absoluto perfectamente reducible a dos posturas: Si apoyas a este candidato quieres que destruyan a México, y, Si no a poyas a este candidato, es porque odias a México, o en su defecto, menos agresivo, eres un bot, un vendepatrias, un cometortas, entre otras expresiones despectivas. El protagonismo de la batalla se lo llevan el fanatismo por el candidato más izquierdista, y el respectivo desprecio por el mismo. No se puede buscar debate sin que en automático te conviertas en un enemigo mortal del otro; resulta absurdo enterarse de peleas a golpes y relaciones personales perdidas por diferencias políticas. Es cierto, estos fenómenos pueden considerarse naturales, pero en esta particular elección, se están alcanzando niveles de división en la sociedad impresionantes.

¡Que distinta es aquella sociedad que hace unos meses estaba unida y se ayudaba ante el desastre de los sismos, de aquella que hoy en día participa del torbellino del proceso electoral! Son las mismas personas, pero sociedades muy distantes entre sí, diametralmente diferentes. Ahora vemos a esos mismos mexicanos, que hace unos meses se apoyaban, llamarse entre sí traidores, refiriéndose despectivamente al otro como chairo, prianista, facho, derechairo, etc. Incluso afirmando que el otro es un enemigo del país, alguien que odia a México… se lo dicen a alguien que mostró su grandiosa solidaridad el año pasado.

Hace 12 años, las redes sociales estaban en su etapa primitiva, y era raro escuchar llamados al voto útil, o encontrar posturas terciarias; sin embargo, vimos al país envuelto en una vorágine electoral, que dividió a México. Todo sector se vio forzado a defender a cualquiera de los dos bandos: sindicatos, grupos empresariales, la Iglesia Católica, organizaciones populares, etc. La intolerancia era fácilmente perceptible, una persona podía colocar en su negocio propaganda de su candidato e inmediatamente perder clientes o directamente ser insultada, por poner un ejemplo entonces cotidiano. El país cayó en una separación que rebasó las posturas políticas y económicas, y llegó hasta el plano geográfico en una marcada división Norte-Sur.

Sí, la falta de información, de educación, de criterio, son, por parte de la población, los motores de estas actitudes hostiles, pero esto es aprovechado por la clase política para difundir el odio, para manipular, para dividir, para que las fuerzas de la sociedad se concentren en atacarse entre sí, y no en cuestionar y criticar al gobernante, al legislador, al candidato.

Empero, no podemos prestarnos a ello, debemos procurar no caer en un enfrentamiento irracional y ayudar a evitar que otros caigan, evitar ser manipulados, evitar menospreciar al otro mexicano por lo que cree.

Ya en Estados Unidos vemos manifestarse está fragmentación social cada vez mayor, desde hace dos años, con la campaña de Donald Trump. Otro ejemplo se puede encontrar en la controversia acerca de los nacionalismos en España, donde el español debe escoger entre ser un separatista o un fascista. Las terceras posturas en estos casos y en los que se asemejen serán siempre ignoradas o se les encajaría, de una manera u otra, en cualquiera de las dos opciones dominantes. A la postre de una sociedad fragmentada, quienes se llevan los beneficios serán los grupos con poder, y en especial la clase política.

Ahí hay cuatro personas disputando con vileza la silla presidencial: los candidatos. Y el candidato es solo un personaje, tú eres un individuo, no eres un personaje, eres algo REAL, como los mexicanos que te rodean. Más allá de las propuestas y/o de la ideología, no vale la pena defender a ningún candidato, ni a ningún partido.

 

*Foto: Brújula, 2014.

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