El Tratado de Tlatelolco como una limitante de la política exterior mexicana en materia de seguridad nacional

Una de las formas en las cuales puede resolverse de fondo el tema de la relación de subordinación frente al vecino del Norte es convirtiendo a México en un país miembro del club nuclear; logrando con esto que en las negociaciones en cualquier tema frente al hegemón norteño, si bien es cierto se volverían ríspidas, también es cierto que se tomarían con mayor seriedad y delicadeza aun a sabiendas de que la opción nuclear nunca es opción.

La década de 1960, aun cuando estuvo marcada por ser uno de los periodos de mayor tensión durante la Guerra Fría, también quedó marcada por ser una época en la cual la política exterior de Latinoamérica, y en especial de México, lograba, tal vez por vez primera, ganarse la completa simpatía, apoyo y reconocimiento del gobierno estadounidense y de las potencias occidentales ya que, aun sin pedirlo de manera directa, se ponía, a través del mejor conocido como Tratado de Tlatelolco, en bandeja de plata una zona libre de armas nucleares que pudieran, si bien no competir directamente con su poderío, si servir como un contrapeso específico en la región.

Así, aunque las acciones llevadas a cabo en la región dieron como resultado el reconocimiento de gran parte del mundo a Latinoamérica como la primera zona poblada libre de armas nucleares, y algunos años después le significaron el Premio Nobel de la Paz al mexicano Alfonso García Robles, también significó lapidar el derecho que corresponde a toda nación soberana de formular y conducir su política exterior de manera libre según su interés nacional; ya que, al asumirse desde ese momento como una región sin el peso militar que la época exigía a aquellos Estados que querían ser parte de la nueva reconfiguración mundial, solo quedó en pie la posibilidad de vincular su destino a las decisiones y condiciones impuestas por la potencia hegemónica resultante al final del enfrentamiento ideológico.

Hoy, a más de 50 años de la ratificación y entrada en vigor de dicho instrumento del derecho internacional, y aun con las cada vez mayores evidencias de la forma en la cual Estados Unidos actúa en el concierto de naciones con aquellas que poseen y con aquellas que no poseen armamento nuclear, se sigue tratando el tema como un tópico tabú dentro del pensamiento latinoamericano en el que, lejos de cuestionarse la utilidad de dicho tratado, se festeja cada aniversario del mismo como si este hubiera traído verdadera paz, desarrollo y libertad a la región.

En este contexto, aunque la región latinoamericana se encuentra inmersa en una escalada de violencia interna surgida en gran medida gracias a los lineamientos impuestos por Estados Unidos para que cada vez más Estados se vean en la necesidad de comprarles armamento, el tema de las armas nucleares como elemento de disuasión se sigue abordando desde una óptica por demás moderada, llegando, incluso, a dejar el tema completamente de lado, más allá de las declaraciones oficiales acerca de la bondad de una zona desnuclearizada haciendo parecer, con esto, que no importan las muertes causadas por las armas estadounidenses siempre y cuando estas sean armas convencionales.

Es claro que la seguridad nacional de un país como México no puede abordarse exclusivamente desde un punto de vista endógeno o exógeno, ya que, si se analiza el mayor problema de violencia del país surgido a raíz del enfrentamiento de las fuerzas federales en contra del crimen organizado, puede apreciarse que influyen factores exteriores como la demanda de drogas en suelo estadounidense y la entrada de armas desde la frontera Norte de México. Es así que, aunque el origen de los problemas ha sido identificado desde hace tiempo, la forma en la cual Estados Unidos negocia y coopera con México es desde una posición de completa superioridad al saberse con la completa libertad de dictar las condiciones por medio de las cuales se actuará. Una de las formas en las cuales puede resolverse de fondo el tema de la relación de subordinación frente al vecino del Norte es convirtiendo a México en un país miembro del club nuclear; logrando con esto que en las negociaciones en cualquier tema frente al hegemón norteño, si bien es cierto se volverían ríspidas, también es cierto que se tomarían con mayor seriedad y delicadeza aun a sabiendas de que la opción nuclear nunca es opción.

Tener en mente la posibilidad de entrar al club nuclear como una acción concreta de política exterior no solo debe responder a cuestiones coyunturales como pueden ser gobiernos hostiles a México en tanto Estado ni, potro lado, dejarse de lado cuando las relaciones exteriores parezcan desarrollarse sin mayores contratiempos. Una política exterior basada en la posesión de armamento nuclear, por mínimo que este sea, debe responder al mantenimiento de la seguridad nacional y al aumento del peso específico del país en el tablero internacional logrando, gracias a esto, que la voz de México comience a ser escuchada en temas que parecen reservados solo para aquellos que, incluso con una economía mucho más débil que la mexicana, se saben poseedores del recurso nuclear.

México cuenta con un territorio cuya relevancia geoestratégica ha sido evidente a lo largo de la historia (y que vino a ser reforzada desde el surgimiento de Estados Unidos como país hegemón) al compartir una frontera de más de 3,000 kilómetros. Es por ello que, además de factores internos como la posesión de una de las mayores reservas de uranio en el mundo, México debe aprovechar su posición geográfica para convertirse en un socio indispensable e invaluable para los Estados que se encuentran en la nueva balanza del poder internacional y, así, comenzar a tratar el tema de la política internacional como algo que va mucho más allá de las cuestiones comerciales y económicas alrededor de las cuales se ha centrado el actuar exterior mexicano desde la década de los noventa; y comenzar a hacerlo desde ámbitos tan importantes para la sobrevivencia y el desarrollo de un Estado como es la seguridad nacional, a través de la cooperación con potencias nucleares con claros intereses geoestratégicos y militares en la región de América del Norte, a la cual, no debemos olvidar, pertenecemos.

El tema de la adhesión al club nuclear es un tema que debe abordarse con cuidado, con responsabilidad y ser tomado como una política de Estado a largo plazo que si bien es cierto puede tener como punto de partida el declive del liderazgo de Estados Unidos alrededor del mundo y el pronunciamiento de Europa, encabezada por Alemania, acerca de la necesidad de contar con fuerza propia para la defensa nacional y dejar de confiarle la misma a los Estados Unidos; también es cierto que no debe descuidarse ni abandonarse más allá de coyunturas o gobiernos federales mexicanos.

Ejemplo de la viabilidad de obtener una membresía para el club nuclear es el ingreso de Francia al mismo, que bajo el liderazgo del General Charles de Gaulle y aun con la desaprobación de las potencias nucleares clásicas, al desarrollar armas nucleares además de velar por la propia seguridad alcanzó un estrato superior dentro del concierto de las naciones ya que, en esencia, parece ser que solo algunos Estados cuentan con las suficientes capacidades morales y éticas para poseer este tipo de armamento mientras que otros, como Irán o India, son incapaces de hacerlo.

Es en este contexto que podemos darnos cuenta que la proliferación nuclear no es lo que se condena en el mundo, sino aquellos intentos de desarrollo nuclear con fines militares que son diferentes al aceptado e incluso normalizado rearmamento nuclear vertical, caracterizado por el aumento o modernización de los arsenales de las potencias clásicas. Pero el no reconocimiento de los nuevos Estados nucleares no significa, por más que quiera presentarse esta imagen al mundo, que estos no existan y que no puedan mantener un arsenal nuclear sin desencadenar un escenario apocalíptico.

El mayor problema al que se enfrentan aquellos Estados que se atreven a desafiar lo impuesto por las potencias nucleares clásicas, son las sanciones económicas que éstas aplican sobre ellos, por lo cual, si México diera el paso para convertirse en una potencia nuclear, debería darlo de una forma inteligente y conciliadora principalmente frente al vecino del Norte, ya que como la historia lo ha demostrado, Estados Unidos, al tiempo que es el principal juez y verdugo en contra de aquellos nuevos Estados nucleares, también ha quedado manifiesto que esto solo es con mayor fuerza sobre aquellos que se manifiestan abiertamente en contra de su actuar internacional.

Así, para que la estrategia de convertir a México en un Estado con poderío nuclear no conlleve a graves crisis económicas e incluso bélicas en el proceso, debe hacerse desde una posición de cooperación Norte-Norte (y por primera vez ya no de sumisión) en busca de la defensa no solo nacional sino continental y mundial que pueda ser avalada por las potencias nucleares, al tiempo que se busca que las potencias sudamericanas vuelvan a ver a México como el líder regional sumando apoyo y capital políticos tanto al Norte como al Sur del globo.

Y aunque es cierto que esa posibilidad se presenta como algo poco menos que imposible, los estudiosos de las ciencias sociales, en general; y de las Relaciones Internacionales, en particular; no deberíamos dar por hecho que esto es algo inalterable ya que, aunque se defiende la idea de no proliferación nuclear bajo los supuestos de que esto da como resultado la paz regional y mundial, estas nunca podrán darse de manera justa al ser, por su estado de potencias nucleares, solo unos pocos los que decidirán las condiciones y la duración de esa paz.

Hoy el mundo enfrenta problemas terribles y difíciles de resolver por sus características. Tal es el caso del terrorismo, fenómeno que debe analizarse tomando en cuenta que estos grupos pueden llegar a hacerse de este tipo de armas sin tomar en consideración por un solo instante los instrumentos jurídicos internacionales que prohíben su tenencia y que las reservan solo para algunos Estados superiores. Así, es conveniente que países como México, que por cuestiones de ubicación y vecindad pueden sufrir ataques de este tipo de enemigos, tengan la capacidad individual de disuasión sin atenerse a las directrices o decisiones de aquellos que no hayan sido atacados directamente.

Debemos entender que el tema de las armas nucleares no es sinónimo de enfrentamiento y que, por el contrario, sí lo es de disuasión y seguridad. Debemos entender que el realismo político no es algo que se haya ido solo porque se fueron los enfrentamientos entre potencias. Debemos comenzar a tomar enserio nuestro papel como actor relevante en el tablero internacional y debemos darnos cuenta que si logramos definir de manera soberana nuestra política externa de seguridad, lo podremos hacer también con la interna logrando, con esto, construir verdaderas estrategias para terminar con la violencia interior sin estar atenidos a las normas estadounidenses. Debemos comenzar a hablar sin miedo de temas que se nos ha enseñado a temer para no entender.

 

*Foto: Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe, 2016.

  1. ¡Excelente artículo! Digerible, de calidad y de mucho interés.

    Me gusta

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s