Tras la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear con Irán, ¿cuáles son las implicaciones regionales?

Después de la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán, son distintas las implicaciones para Medio Oriente. Desde el escenario interno iraní hasta el panorama del Consejo de Cooperación del Golfo.

A pesar de los esfuerzos del presidente de Francia, Emmanuel Macron, por persuadir a Donald J. Trump de construir un “nuevo trato” en el que Estados Unidos y Europa abordarían las preocupaciones pendientes sobre Irán más allá de la cuestión nuclear (como su programa de misiles balísticos); la semana pasada, Trump anunció la salida de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) y prometió restablecer las sanciones económicas de Washington contra Teherán.

Son distintas las implicaciones regionales que lo anterior desencadenó. En primer lugar, por ahora, el gobierno de Hassan Rouhaní (con la aprobación del Líder Supremo, el Ayatolá Ali Jamenei), buscará permanecer en el acuerdo y trabajar con los otros cinco signatarios (Alemania, China, Francia, Gran Bretaña y Rusia) para minimizar el impacto de las sanciones estadounidenses mediante el mantenimiento de las relaciones económicas. Para Rouhaní, la supervivencia del PAIC es sustancial ya que definirá su legado presidencial y determinará sus futuras ambiciones políticas. Sin embargo, conservar a Irán comprometido con el acuerdo no es una tarea sencilla para el presidente iraní porque se enfrenta al Cuerpo de la Guardia Revolucionara Islámica (CGRI), que exige la anulación del acuerdo.

Lo anterior conduce al panorama interno de Irán. Tras la salida de Estados Unidos del PAIC, se intensificó el debate entre dos campos: los defensores del acuerdo histórico y de la diplomacia en general, contra los conservadores acérrimos que exigen una respuesta dura a la medida, como el reinicio inmediato del enriquecimiento de uranio. Las luchas entre las facciones políticas de Irán tuvieron lugar en el parlamento (donde los legisladores prendieron fuego tanto al texto del acuerdo como a la bandera estadounidense), en las redes sociales y en la prensa.

En segundo, se amplía el nivel de confrontación Washington-Teherán al tiempo que se evapora el espacio para la diplomacia entre ambos antagonistas. Si bien la posibilidad de un enfrentamiento militar directo es mínima, Irán no descarta ir en contra de los socios estadounidenses en la región, como lo demuestra el lanzamiento de veinte proyectiles, en su mayoría cohetes, contra posiciones israelíes en los Altos del Golán, a lo que el Estado sionista respondió bombardeando docenas de objetivos iraníes en Siria (entre ellos, centros de inteligencia, bases militares y misiles balísticos). Al atacar posiciones israelíes, la República Islámica intenta enviar un mensaje a Israel y Estados Unidos: Irán tiene opciones militares que pueden dañar a sus adversarios.

En tercero, Arabia Saudita recibió con agrado la decisión de su aliado estadounidense. Desde 2015, el Estado wahhabíta desalentó a la administración de Barack Obama de buscar el acuerdo nuclear con Irán por considerarlo defectuoso. Tras la victoria de Trump en enero de 2017, que durante su campaña atacó el trato con la República Islámica, la Política Exterior estadounidense adquirió un mayor tinte pro-saudí y una particular agenda anti-iraní. La visita de Trump a Riad en mayo de 2017 hizo eco de la visión saudí sobre la seguridad regional y sobre la amenaza que supone Irán, el culpable de todos los problemas de la región. A nivel regional, el abandono del acuerdo nuclear de Irán se entiende como un cambio coordinado entre Washington, el Estado sionista y Riad para aislar, contener y enfrentar a Teherán.

En cuarto, las variadas respuestas del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) ante el anuncio de Trump, reflejaron las animosidades dentro del Consejo sobre los desafíos regionales. Mientras Arabia Saudita, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos emergieron como los defensores más elocuentes de la retirada estadounidense, los otros tres Estados miembros (Kuwait, Omán y Qatar) se mantuvieron en silencio o reaccionaron con cautela.

Finalmente, la salida de Estados Unidos del PAIC aconteció en un mal momento para Irak, que recuperándose de la lucha contra el Estado Islámico y ocupándose de las enormes tareas de estabilización y reconstrucción, no puede permitirse quedarse estancado en medio de una confrontación Washington-Teherán. Bajo el mandato de Haider al-Abadi, Bagdad ha sostenido una postura neutral con respecto a los dos países. La toma de Mosul por ISIS en 2014 obligó a Teherán a acceder a un retorno militar estadounidense a territorio irakí. Ahora que la lucha contra el autoproclamado califato ha terminado de manera oficial, los representantes pro-iraníes en Irak demandan la salida de las fuerzas estadounidenses. Abadi se ha resistido a tales llamadas, bajo el argumento de que las fuerzas estadounidenses son necesarias para asesorar, entrenar y equipar las fuerzas de seguridad de Irak.

Desde que asumió su cargo en septiembre de 2014, Abadi ha trabajado para reconstruir la relación entre Irak y Estados Unidos. Ha adoptado, también, una política de acercamiento con sus vecinos del Golfo. A medida que aumentan las tensiones entre Washington y Teherán, al próximo Primer Ministro irakí le resultará muy complicado mantener el rumbo. Quizá se vea presionado para que ponga fin a la presencia militar de Estados Unidos y opte por apoyar a Irán, lo que repercutiría en que las fuerzas pro-iraníes (como las llamadas Fuerzas Populares de Movilización) detenten mayor influencia sobre los asuntos políticos del país.

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