La Nación: su construcción como concepto y entidad (Parte I)

Toda la imaginería en rededor de la nación, su fundación, desarrollo y defensa, persigue la legitimación. El discurso nacionalista es revisado y renovado en las distintas etapas históricas de un territorio ya organizado jurídica y culturalmente, pero es proyecto inacabado porque el curso de la historia sigue. Los añadidos al discurso de integración dependen de las exigencias de cada momento. Se agregan u omiten explicaciones que si bien se sustentan en la historia, se transforman y ajustan en cada momento que sea relevante para el presente nacional.

En la construcción de la nación, como concepto y entidad, se involucran varios procesos históricos e innumerables pensadores —tanto de la antigüedad como contemporáneos. A través de los siglos, la concepción ha cambiado. Durante la Edad Media, las nociones de patria y nación no existían como tales. Aunque en el sistema feudal las comunas y las repúblicas formaban unidades geográficas, aquellas eran independientes y sólo se relacionaban, en algunos casos, en el aspecto religioso, a través del cristianismo. Las ideas de unión local germinaron con el tiempo. Algunos territorios europeos, naciones incipientes, se vincularon, en el siglo XVI, en términos políticos para generar centros de poder representados por príncipes. Sin embargo, estos principados eran pequeñas regiones que dependían de la metrópoli medieval. Desde entonces, a la nación se la fue relacionando con fines políticos y territoriales, pero desde una concepción bastante alejada de lo que ahora conocemos como Estado-nación, pues la postura de aquella época desdeñaba la validez de la colectividad.

El pensamiento fue transformándose a través del tiempo, y al arribo del siglo XVIII, el optimismo se depositaba en la organización de la sociedad a partir de principios racionales. Los ideales de la Ilustración desataron consecuencias innegables en este aspecto, aunque por momentos el despotismo ilustrado contradecía aquellos fundamentos. Una derivación de aquella situación a finales de siglo, por ejemplo, se manifestó en el descontento del denominado Estado llano, de Francia. Los no privilegiados exigieron a la autoridad el reconocimiento de un valor social, conformaron una Asamblea Nacional Constituyente y la Revolución francesa, como proceso determinante para la historia mundial, triunfó.

La pirámide social y política del viejo régimen se derrumbó con el triunfo de la Revolución. La colectividad se legitimó frente al rey y ahora la nación era una organización jurídico-política que, incluso, superaba la legitimidad religiosa. El Estado moderno, fundado en la soberanía, se concebía ya como Estado-nación. Acerca de ello, el historiador Ernts Lavisse, con solemnidad, el 16 de julio de 1790, reconoció: «Provinciales de todas las provincias, olvidando las diferencias geográficas, etnográficas, históricas, han creado, por un acto deliberado de su voluntad, la Nación Moderna». Con el triunfo de la Revolución francesa surgió, también, la idea de la democratización nacional, por lo que la participación del ciudadano en los procesos y decisiones colectivas se comienza a estimar como un derecho y, sin duda, como un deber en términos de ética y moral.

Conforme el siglo XVIII se extinguía, la tradición romántica, inspirada en gran medida en las ideas de Rousseau, se manifestaba contra la postura universalista y racional de la Ilustración. En el siglo XIX, con mayor precisión y formalidad, se comenzó entonces a conceptualizar el término nación y a considerársele una categoría histórica. Fue en este contexto que se le designó un valor de identificación y hasta cierto punto de nostalgia. Por un lado, se añoraba el pasado (medieval); y por el otro, se creía con fervor en la libertad por medio de los principios éticos y racionales. En este periodo, como dice Ángeles Pérez Leiva:

Casi todos los románticos cantan a la patria y a la libertad, a los héroes y heroínas que dieron sus vidas en sus aras, pues están de acuerdo en que es preferible morir libres que morir siendo esclavos. […] Romántico es el hombre con que su patria designa la dicha, la vida y el amor. […] busca el color local, es decir lo característico o folklórico de un lugar o de un pueblo. […] es un ser inconforme por lo que desea evadirse en el tiempo o en el espacio; se refugia en el mundo del recuerdo […] porque siente desprenderse de sus ruinas el ensueño amoroso o el recuerdo caballeresco del nacimiento de la nacionalidad.

La nación, como colectividad, afirma al interior su validez ante la autoridad, y hacia el exterior, se afirma frente a las demás naciones. Dichas entidades se fortalecen por medio de su organización social y política, pero también por medio del orgullo local en términos culturales. La defensa de tradiciones y costumbres es posible en un sistema político e ideológico bien organizado y, de manera inversa, un sistema bien afianzado es posible en un ámbito donde las tradiciones y costumbres favorecen la cohesión social.

El fundamento que vincula a la nación con la colectividad es, sobre todo, un aspecto intangible que a través de convicciones se vuelve tangible. Ernst Renan por ejemplo, es vehemente al explicar a la nación como un alma o un principio espiritual, a partir de la voluntad de convivencia de los nacionales. El filósofo e historiador aduce:

Una nación es un alma, un principio espiritual. Es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios hechos y por hacer; supone un pasado; en el presente se resuelve con un hecho tangible: la expresión clara de un acuerdo, de una voluntad de seguir viviendo juntos. La existencia de una nación representa en plebiscito de todos los días, de la misma forma que la existencia el individuo significa una afirmación perpetua de vida.

Historia y sentimiento, la integración nacional

Nación, por su etimología, deriva del latín natio, -onis, que hace referencia al nacimiento, o bien, al origen geográfico. Nación funge en este sentido como un locativo. En diversas fuentes, por lo general, se define como una comunidad histórica a la que se le atribuye la pertenencia de un territorio, cultura, lengua y costumbres comunes. Además, se hace referencia a la conciencia colectiva de formar parte de dicha entidad. En este aspecto, es de notar que nación es un concepto inherente al término cultura.

Como sinónimos de nación son empleadas las palabras patria, país, Estado, territorio nacional y, con menor frecuencia, la palabra origen. El Diccionario de la Lengua Española en sus acepciones más comunes la define como el «conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno», y como el «territorio de ese mismo país». El Diccionario UNESCO de Ciencias Sociales considera que quienes componen alguna nación son parte de ella por descender de padres que pertenecen a la misma, además de haber nacido en el territorio que ocupa. Lo anterior, convierte a la nación en la patria o pater, tomando así el significado de la tierra de los padres.

Es en aquél territorio donde el origen, el nacimiento y la permanencia de los individuos se unen y estructuran la relación nacional, cuya integración forma grupos territoriales estables. Estos grupos concretos responden a una configuración peculiar, por ello resultan un producto histórico que genera un sentimiento de identidad. Entre los connacionales se genera un vínculo, entendido como un tipo de parentesco que exhorta a la unión y resalta diferencias ante el extranjero y oposición ante el invasor (UNESCO).

Los nacionales se asumen como responsables de su territorio, y su propia existencia se llega a justificar en función de su defensa. Es verdad, con los filósofos Shelling, Hegel y Fitche «el nacionalismo se convierte en una religión seglar, dogma de fe, altar de exaltación y sacrificio» (Torres). Por ello, en ciertas concepciones, el acto patriótico se proyecta como heroico, e incluso, la patria es considerada un designio divino, y los soldados que la defienden, un instrumento celestial. La gloria nacional es divina y terrenal. De esta manera, para honrarla, se escriben historias nacionales, se crean símbolos, se erigen monumentos, se cantan himnos o se tocan marchas que rememoran sucesos históricos y gloriosos en su conjunto. El Himno Nacional mexicano, por ejemplo, expresa en su primera estrofa:

 Ciña ¡Oh Patria! tus sienes de oliva

de la paz del arcángel divino,

que en el cielo tu eterno destino

por el dedo de Dios se escribió.

Más si osare un extraño enemigo

profanar con su planta tu suelo,

piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo

un soldado en cada hijo te dio.

La construcción de la nación mexicana

 La influencia ideológica de la Ilustración y del Siglo de las Luces sobre América se puso de manifiesto en el siglo XIX. Sin embargo, en Nueva España, los principales beneficios eran obtenidos por los mismos españoles, que aumentaban su poder y riqueza, así como la aristocracia criolla aumentaba sus bienes. De la misma manera que la Revolución francesa, la Independencia de las trece colonias de Inglaterra y la independencia estadounidense, fueron algunas de las causas que desde el exterior contribuyeron al ideal de la Independencia en México. Al interior, los privilegios otorgados a los europeos, impensables para los indios, los mestizos y para las castas, fueron causas del crecimiento del ideal independentista, en respuesta al mito de la inferioridad de aquellos grupos. Otro sector beneficiado, pero en el aspecto cultural, fue el de los criollos comunes, que se vislumbraba ya como la clase media e impulsaba tal ideario. En ellos, como lo expresa el historiador Luis González, es notorio un «acendrado mexicanismo»:

Hacia 1760 los jesuitas jóvenes de la Nueva España le perdieron el cariño y el respeto a la vieja España y le cobraron amor e interés a México. Dejan de sentirse vástagos de una raza y comienzan a considerarse hijos de una tierra. Se apartan sentimentalmente de sus coterráneos. Les niegan el título de padres y hermanos a los descoloridos españoles y se lo dan a los oscuros nahuas. Se dicen descendientes del imperio azteca y proclaman su parentesco con los indios. […] el incipiente patriotismo de aquellos hombres fue telúrico. Les brotó un amor desmesurado por la geografía de México. Sintieron que su país era un paraíso, una fuente de la eterna juventud, un cuerno de la abundancia; en suma, “el mejor país de cuantos circundan el sol”.

Estos humanistas abogaban por el mestizaje entre españoles e indígenas, ya que para lograr una fusión, no sólo física, sino espiritual, de ambas razas, y para forjar una sola nación, esto se consideró esencial. De esta manera, el pasado histórico y los rasgos culturales que subyacen a siglos de dominación —ahora entendido como lo mexicano—, cobraron interés en ellos para lograr exaltar el valor de su territorio y su historia. Por ello, en palabras de Méndez Panclarte:

Lamentan la irreparable destrucción de muchos códigos y monumentos que de ella daban testimonio, pues en los humanistas se presenta otra característica: su alta estima de las culturas indígenas y su actitud hondamente comprensiva para todas las expresiones de la vida prehispánica […] Lo mexicano, todo lo mexicano, paréceles digno de amorosa investigación.

Antes de la independencia mexicana, el discurso de integración nacional fue utilizado para persuadir a las clases inferiores de la necesidad de unirse a la lucha por conseguir la emancipación. Sin embargo, a decir de Stanley y Bárbara Stain, este discurso «se convirtió en un acto de manipulación utilizado por la elite defensora de lo colonial». El interés se dirigió a la homogenización —sobre todo en términos ideológicos— de las clases sociales, aunque ninguna de ellas tenía las mismas oportunidades de mejorar —en términos de derechos y libertades. Por ello, podemos aducir que la integración respondía más al interés de dominio que al de la exaltación del espíritu colectivo.

A través de la historia nacional, el espíritu de los grupos evoca el recuerdo de guerras patrióticas, héroes y sucesos que, al generar costumbres, refuerzan la imagen nacional. En ésta, a partir de símbolos como himnos, banderas o monumentos se originan y refuerzan sentimientos de identificación y orgullo, colectivos e individuales. Aflora el orgullo, la identidad, la necesidad de pertenencia y la convicción de la defensa, a cualquier costo, de la nación. Ésta no sólo se dignifica o glorifica, se sacraliza. Acerca de la fundación, parte mítica y parte histórica de las naciones, Carlos Monsiváis señala: «En la iconografía latinoamericana del siglo XIX no escasean los ángeles que acompañan luctuosamente a los próceres los cadáveres que resplandecen en el campo de batalla, los retratos de los obstinados que espada o martillo en mano, presiden la inauguración formal de las naciones».

Toda la imaginería en rededor de la nación, su fundación, desarrollo y defensa, persigue la legitimación. El discurso nacionalista es revisado y renovado en las distintas etapas históricas de un territorio ya organizado jurídica y culturalmente, pero es proyecto inacabado porque el curso de la historia sigue. Los añadidos al discurso de integración dependen de las exigencias de cada momento. Se agregan u omiten explicaciones que si bien se sustentan en la historia, se transforman y ajustan en cada momento que sea relevante para el presente nacional. El futuro sólo es hipotético, pero está colmado de esperanza o entusiasmo, porque una buena porción de nacionales proyecta confianza en el sistema al que pertenece (en el siglo XXI, esta idea ya no es aplicable).

No está de más recordar el Himno Nacional Mexicano, que si en principio fue un reconocimiento a los méritos patrióticos de López de Santana, hoy generaliza los logros de un pueblo que se arrojó a la defensa de una nación que enfrentó adversidades en todo momento histórico. Ya no se alude a personajes ni episodios históricos de modo específico, pero en cambio deja claro que «de mil héroes la patria aquí fue». El himno es constancia atemporal de un pueblo que luchó para buscar la patria o la muerte, o bien, la dignidad, porque se da la idea de que no existen soldados ni naciones vencidas, sino héroes, sucesos y pueblos dignificados. Las estrofas II y VI dicen:

 En sangrientos combates los viste

por tu amor palpitando sus senos,

arrostrar la metralla serenos,

y la muerte o la gloria buscar.

Si el recuerdo de antiguas hazañas,

de tus hijos inflama la mente,

los laureles del triunfo, tu frente,

volverán inmortales a ornar.

 Antes, Patria, que inerme tus hijos

bajo el yugo su cuello dobleguen,

tus campiñas con sangre se rieguen,

sobre sangre se estampe su pie.

Y tus templos, palacios y torres

se derrumben con hórrido estruendo

y sus ruinas existan diciendo:

de mil héroes la patria aquí fue.

 

*Imagen: Eugène Delacroix, La Libertad guiando al pueblo, 1830.

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