Sectarismo y la “Nueva Guerra Fría” entre Arabia Saudita e Irán

La dimensión sectaria es la más popular para describir la “Nueva Guerra Fría” entre el Reino de Arabia Saudita y la República Islámica de Irán. Pese a que no es el principal motor que impulsa a los dos Estados a la confrontación, la instrumentalización del sectarismo es un elemento clave para compresión de la crisis regional actual y la rivalidad saudí-iraní.

La rivalidad saudí-iraní constituye un factor determinante en la configuración geopolítica de Medio Oriente. Después de los levantamientos árabes iniciados en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, en diciembre de 2010, las ya tensas relaciones entre Arabia Saudita e Irán aumentaron su nivel de hostilidad, al tiempo que se involucraron en lo que es denominado una “Nueva Guerra Fría”. La enemistad entre el Reino del Golfo y la República Islámica a menudo se presenta como una lucha sectaria producto de la dicotomía sunnísmo-chiísmo, en donde ambos Estados se sitúan en lados opuestos de una grieta islámica que se remonta a los debates sobre la sucesión, después del fallecimiento del Profeta Mahoma en el siglo VII.

El sectarismo, entendido como la politización de las diferencias entre sectas de una religión, que con frecuencia conduce a expresiones de discriminación, violencia, odio y tensión; constituye un factor importante en la dinámica actual de Medio Oriente y en la rivalidad saudí-iraní;  pese a que no es el principal determinante que conduce a los dos Estados a la confrontación. No obstante lo anterior, la instrumentalización del sectarismo posee un atractivo para la dinastía Al-Saud y el régimen de los Ayatolás: a través de las identidades sectarias, los líderes saudíes e iraníes movilizan combatientes y dividen a las poblaciones; además, el uso de narrativas sectarias funciona como una herramienta efectiva para proteger aliados geopolíticos, fortalecer su posición en el espectro islámico y regional y desacreditar la legitimidad de su oponente.

A raíz de la invasión de Irak, liderada por Estados Unidos en 2003, la caída de Saddam Hussein, la fragmentación del Estado irakí y el desmantelamiento de la infraestructura del Partido Ba’ath, Arabia Saudita e Irán aumentaron su influencia en Irak, ofreciendo apoyo a distintos actores, por lo general a lo largo de líneas sectarias. Desde los levantamientos árabes y la fractura de las relaciones Estado-sociedad, que crearon el espacio para la manipulación de los asuntos internos por parte de actores externos, Riad y Teherán exacerban los sentimientos sectarios en Medio Oriente, en un intento de aumentar su influencia geopolítica, y participan en una serie de conflictos indirectos, calificados como la “Nueva Guerra Fría”.

Dicha descripción de las tensiones saudí-iraníes no emana de una comparación directa de la competencia entre Estados Unidos y la exUnión Soviética: se refiere a las luchas regionales árabes de la década de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, que consistieron en una serie de conflictos entre los Estados “progresistas” bajo el liderazgo del ex militar y político egipcio, Gamal Abdel Nasser; y las monarquías conservadoras o “reaccionarias”, lideradas por el Rey Faisal bin Abdulaziz, de Arabia Saudita.

Esta “Nueva Guerra Fría” de Medio Oriente no es una confrontación militar directa entre los principales antagonistas, sino que se desarrolla al interior de los Estados árabes débiles. De modo que Arabia Saudita e Irán se involucran en guerras por el poder (o proxy wars) en distintos Estados: Irak, Líbano, Siria y Yemen. Por un lado, la posición de Irán se encuentra consolidada para aprovechar la debilidad en Bagdad, Beirut, Damasco y Saná. Irán es la potencia externa dominante en Irak. La fuerte alianza Estado-Estado con el régimen alauita de Bashar Al-Assad, le ha permitido sostener a su aliado sirio en medio de una guerra civil. Su aliado regional más cercano, el Hezbolá libanés, es el actor político dominante en Líbano. En Yemen, los Houthi, un grupo insurgente en su mayoría zaidí chiíta, aunque no tienen una relación estrecha con el país persa, controlan la mayor parte del Norte de Yemen.

Aunado a ello, la República Islámica posee recursos financieros, aliados leales comprometidos con ella por razones ideológicas e institucionales (como Hezbolá, que sirve no sólo en Líbano y contra Israel, sino también en Irak, Siria y Yemen); conexiones chiítas y fuerzas militares propias (por ejemplo, la élite del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la Fuerza Quds) con la capacidad de ser desplegadas en cualquier momento para entrenar y apoyar a sus aliados regionales. Además, se encuentra el “Eje de Resistencia” (la alianza Irán-Hezbolá-Siria).

En el otro extremo, Arabia Saudita tiene más dinero que su adversario chiíta, aunque no dispone de tropas propias para desplegar fuera de sus fronteras. La dinastía Al-Saud no tiene aliados regionales confiables (no cuenta con un Hezbolá), los saudíes alquilan aliados (no los compran) como jeques tribales y figuras políticas sunnítas; sin embargo, éstos no se comprometen ideológicamente con el Estado saudí. Por otra parte, la dinastía Al-Saud no pudo frenar el poder iraní en Siria y evitar que el territorio sirio constituya un puente clave para la distribución armamentística de suministros a Hezbolá. En Yemen, a pesar de la campaña aérea y terrestre que el Reino del Golfo libra desde marzo de 2015, los Houthi controlan Saná, gran parte del Norte del territorio yemení y el puerto clave de Al Hudayda en la costa del Mar Rojo.

La rivalidad saudí-iraní es un factor que moldea la dinámica interna de distintos Estados en la región. Tanto Arabia Saudita como Irán recurren al sectarismo para forjar alianzas y ejes de poder, dado que constituye un marcador de identidad importante en Iraq, Líbano, Siria y en menor medida, pero significativo, Yemen. El sectarismo es un elemento fundamental en la crisis actual regional. Su importancia proviene del debilitamiento o la ruptura de la autoridad del Estado. A medida que la autoridad estatal se descompone, las personas encuentran protección y sustento en las comunidades que definen sus identidades políticas y personales.

No obstante, leer los conflictos en Medio Oriente desde una perspectiva sectaria asumiría, por ejemplo, que los sunnítas se congregarían en una causa común, pero es el caso contrario. Los saudíes, la Hermandad Musulmana, los yihadistas salafistas de Al-Qaeda y otros grupos sunnítas están enzarzados en un conflicto sobre cuál debe ser el papel político apropiado del islam en el sunnísmo. La hostilidad, la crisis regional y la rivalidad saudí-iraní se entienden no como un conflicto sectario, porque el sectarismo sólo es una variable, sino como un juego de equilibrio de poder, una contienda geopolítica por el control del espacio y el dominio regional.

 

*Foto: Reuters (2016).

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