¿Y, dónde nace lo mexicano?

A lo largo del siglo pasado se sentaron las bases de la educación en México, generando un paradigma educativo deficiente para las realidades sociales. La identidad, por otro lado, es algo que está en constante cambio: ¿para beneficio de quién? Esta respuesta es vital para la cohesión y el funcionamiento de la sociedad.

¿Quién no recuerda, en nuestros libros de texto, el retrato de una mujer que sostenía en una mano la bandera de México y en la otra un libro? Esa mujer que hace una excelente alegoría, sin duda, a la pareja se pretende evocar a lo largo de estas líneas: la educación y la identidad nacional. Y es que, aunque son numerosos los conceptos y sucesos que se relacionan íntimamente, ninguno es tan interesante y complejo como los presentados.

La educación, que ha estado en boca de los candidatos presidenciales (y que incluso han firmado el pacto por la primera infancia), es un tema que no ocupa, lamentablemente, un lugar preponderante en las campañas presidenciales, cuando debería ser el eje toral de todo un proyecto de nación, con miras a formar una nueva ciudadanía: plural, intercultural, consciente e identificada con los problemas de la sociedad.

Sólo sí podemos comprender que las realidades y necesidades sociales, son transversales a estos conceptos es que lograremos entender que las políticas públicas implementadas, son el resultado de un largo proceso de condicionamiento educativo que favorece a ciertos intereses (que no muchas veces corresponden a los intereses de los más desfavorecidos). La importancia y enfoque que el gobierno disponga para ciertos temas como, el apoyo económico para la ciencia y tecnología, es un claro ejemplo de lo anterior y eso es algo que nos compete a todos.

A lo largo de la historia mexicana hemos encontrado una relación tamizada entre la identidad y la educación en México, desde la doctrina de la mexicanidad y el período de la unidad nacional, hasta la educación en el marco de la globalización. Las primeras comenzadas con Manuel Ávila Camacho y Jaime Torres Bodet (Secretario de Educación Pública), en dónde se propuso que la fórmula para el crecimiento económico era la educación nacionalista más la unidad nacional —entendiendo que la educación sería el eje rector para inculcar el concepto de la unidad en México—.

Y la segunda, en la década de 1980, en donde el fracaso de las políticas públicas obligó a dar un viraje de 180 grados en la percepción económica y política del país y se instaura un paradigma que sigue vigente hasta la fecha: el libre mercado y la inserción del país a un mundo globalizado, en el que la educación será la que permita esa transición de manera adecuada y ordenada a través de la incorporación de “novedosos” diseños educativos.

Es importante destacar la evolución del sistema educativo: conforme la sociedad creció, las necesidades y desafíos fueron evolucionando y junto con ellas, las políticas públicas se fueron perfeccionando; navegando y sorteando los obstáculos que el siglo pasado le fue presentando. Se debe recordar que la educación tuvo varios episodios memorables que perfeccionaron la dinámica social, como el caso de los refugiados españoles, las protestas de los sesenta, los refugiados centroamericanos y los convenios educativos de fines de los noventa. Por esta diversidad será necesario valorar cada uno de estos sucesos para otorgarles el mérito que se merecen y rescatar lo positivo que aportaron al desarrollo del sistema.

A nivel internacional, la educación también se ha modificado, resolviendo y atravesando los duros desafíos que el enfrentamiento ideológico del siglo pasado le impuso. El triunfo del bloque occidental modificó las estructuras del Sistema Internacional, imponiendo su agenda acorde a sus intereses, objetivos y valores. De este modo, México, perteneciente a la esfera de influencia vencedora, ha tenido que incorporar —con más ahínco incluso durante los noventa, cuando se pensaba que (haciendo alusión a Fukuyama) la historia había terminado y la imposición de una sola visión era algo inevitable— directrices políticamente “correctas”, de acuerdo a los objetivos del sistema.

Es evidente que entre ambos periodos (el desarrollo y fin de la Guerra Fría) hubo reformas y revalorizaciones de las políticas educativas en México, estas modificaciones serán abordadas, en el entendido que cada una de ellas favoreció y contribuyó al desarrollo de la educación en México: favoreciendo y encaminando al Sistema Educativo hacia el giro radical que se experimentó a finales del siglo, luego de la transición de México al mundo globalizado.

Las diferencias entre ambos modelos, son evidentes, no obstante debe revisarse con detenimiento para poder determinar si uno de ellos es el camino adecuado: profundizar o retroceder. O, incluso, una propuesta intermedia: reconocer las realidades sociales de México y proponer un esquema educativo que permita la incorporación de elementos característicos de ambas perspectivas; para, por un lado, potencializar las fortalezas de nuestra sistema educativo y, por el otro, subsanar las deficiencias que se generaron por la mala implementación de políticas educativas internacionales (al tratar de adecuarlas al entorno mexicano).

Ahora bien, el objetivo de la educación ha sido diferente para cada presidente, habiendo naturales coincidencias entre varios de ellos —de acuerdo al periodo histórico y las necesidades que, tanto los gobernantes, como el país poseían—. Para algunos la educación fue el motor del desarrollo nacional, para otros, fue el generador de la industria nacional y para los últimos, ha sido la manera de ingresar a México en el marco de la globalización.

La identidad es algo que hasta este punto no se ha puntualizado de manera concreta, sin embargo, es algo que está presente en cada período mencionado, con todo y los episodios educativos más concretos. Es posible que la fórmula propuesta por Manuel Ávila Camacho haya influido notablemente en esta correlación: si pretendemos saber hacia dónde se necesita avanzar, es necesario saber qué, quién se es y qué se pretende obtener.

Para poder resolver estas cuestiones la obra de Paz fue un excelente comienzo (hasta la fecha vigente) y otros grandes literatos abonaron con sus obras respectivas (Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Monsiváis, Mariano Azuela, Jorge Ibargüengoitia, José Agustín, etc.), sin embargo, falta un largo trayecto por avanzar, ya que muchos de ellos, si bien abordaron el tema de la identidad —ya sea veladamente o explícitamente—, les faltaron ciertas conexiones con el sistema educativo [probablemente por la orientación de su formación, más que críticos e investigadores “puros”, lo abordaban desde una perspectiva más literaria].

Debemos ser conscientes que la consciencia identitaria es algo que se construye en todo momento y en todo lugar. Las ideas, valores, normas de conducta, moralidades y cosmovisión, se adquieren y se reproducen, modificando y creando necesidades que determinan el comportamiento de las sociedades. Por ello, la familia, la escuela (o trabajo) y los amigos (y el medio en el que se desenvuelvan) ayudan a implantar este conjunto de construcciones sociales que, de acuerdo al interés gubernamental, será el modo en qué se fomentará.

Lamentablemente, estos tres actores se encuentran desconectados y se suele relegar al sistema educativo la responsabilidad de generar la consciencia identitaria, y es ahí, precisamente, donde se presenta el problema: si entendemos que la política educativa se modifica de acuerdo a las necesidades del gobierno en turno y no con las de la sociedad, es que podremos dimensionar el fracaso las políticas educativas y de los estudiosos de lo social, al no abordar esta problemática con el rigor debido.

Finalmente el revisionismo histórico que se propondrá se realizará bajo el amparo de las posturas críticas, por la necesidad de brindar propuestas que no sean paralelas a los estudios anteriores. Hoy, más que nunca, se necesita revisar con detenimiento los procesos sociales históricos para determinar con más exactitud el origen del problema o del fenómeno. Los estudios tradicionales merman su capacidad de análisis, al momento de coincidir en que el proceso y desarrollo histórico es algo ajeno a los intereses y convicciones de cierto momento histórico y bajo condiciones determinadas.

A lo largo de la serie se habrán de resolver viejos cuestionamientos e inquietudes, tales como: ¿la educación en México debe ser la que resuelva los problemas de cohesión social? ¿Existe una relación concreta entre el Sistema Educativo y la identidad nacional? ¿La educación obedece a los objetivos de las elites políticas y empresariales? ¿Cómo deberá ser modificada la educación en México para generar un sentido de pertenencia nacional? ¿Existe una identidad nacional en México o coexisten diferentes identidades? ¿Ha mejorado o ha empeorado el nivel educativo en México? ¿Cuál es el futuro de la educación y la identidad en México?

  *Este artículo es el primero de una serie que pretende analizar la relación existente entre el Sistema Educativo y la conformación de la identidad nacional; describiendo, en este primer texto, un panorama general y estableciendo las premisas sobre las que se ha de partir para el desarrollo de la serie.

*Rodríguez, Mijael. Mural, “La Patria” Jorge González Camarena  (2016).

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